En México obtuve mucha riqueza imaginativa, dice Luisa Valenzuela

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¿Qué fue lo que le dejó a Luisa Valenzuela haber vivido algún tiempo en nuestro país?

Mucha riqueza imaginativa de todos los ángulos porque el entusiasmo intelectual que hay acá, el cariño de los intelectuales para mí, fue muy importante, me deslumbra México, en más de un sentido.

Tiene una variedad cultural, étnica, de rituales, de mundos secretos, paisajes extraordinarios, gente sorprendente, así que me siento muy feliz acá.

Ahora que coincidieron en el centenario tanto Julio Cortázar como Adolfo Bioy Casares, ¿qué recuerda del segundo para reservar el primero para después?

La última vez que vi a Bioy, lo vi junto con Carlos Fuentes, Carlos lo invitó a almorzar en Argentina, nos invitaron mutuamente en un restaurante que le gustaba mucho a Bioy, ya estaba muy viejito, pero muy encantador siempre, un hombre de gran atractivo.

Entonces Bioy dijo que el gran amor de su vida había sido Elena Garro, le contaba a Fuentes, cosa que le sorprendió mucho a él, porque Elena no lo había querido tanto a Bioy, la verdad se había dicho.

Entonces después le dije a Fuentes, quizá le cuenta a cada escritor de otros países que el gran amor de su vida ha sido una mujer destacada de cada país, porque era un gran seductor Bioy, eso le causó mucha gracia.

A Bioy no lo conocí tanto como a Jorge Luis Borges, lo conocí mucho más, por los libros de Bioy, a Bioy lo conocía más de estos encuentros literarios y demás, lo conocí mucho más a Fuentes que a Bioy.

El restaurante era la Cabaña Las Lilas, cuando éstas estaban en Recoleta, no el de Puerto Madero.

A Bioy le gustaba mucho, cuando lo vi en el restaurante, ahí he comido otras veces con Bioy.

Mi otro recuerdo lindo es que cuando leí Oliver Sacks, el libro que hizo de la experiencia el gran neurólogo que es Oliver Wolf Sacks con una nueva droga y trajo a la realidad a una gente que había estado como en un limbo mental durante 40 años, había tenido una especie de meningitis rarísima.

Pensé que éste, era un argumento de Bioy, era plan de evasión y entonces compré el libro y cuando volví a Buenos Aires, porque vivía en Nueva York, viajé a Buenos Aires y dije quiero mandarle este libro, me invitó almorzar claro, porque estaba ese restaurante y estuvimos hablando de esos temas y de las máscaras.

Cosas que me interesaban, porque él había escrito su cuento sobre Venecia.

¿Qué le aprendió Luisa Valenzuela a Luisa Mercedes Levinson?

Más que aprender es como absorber todas las cosas, éramos como muy opuestas como personalidad, y muy opuestas en nuestra posición ante la literatura.

Mi madre decía que era demasiado inteligente para ser buena escritora, lo cual no era muy halagador que digamos, a mí, me gustaba mucho la ciencia y eso la desconcertaba.

Me fascinaba lo que escribía, aprendí la pasión por la literatura de ella y recuerdo cuando era chica, del tipo de 12 años, me pidió que le hiciera un recorte con las cosas que publicaba, todavía no era tan conocida ni mucho menos, publicaba cuentos en revistas femeninas.

Compré el álbum más grande que encontré, le pegue todo, fue un desastre lo que hice, porque mi admiración era tan enorme que hice una cosa descomunal. Creo que sí.

Por otro lado, era la sensación de que yo no quería ser escritora, porque veía a todos muy pasivos, mi madre estaba metida en la cama todo el día, por la tarde salía, dejaba de ser Juan Carlos Onetti pasaba a ser una señora de mundo, de literatura, porque había muchas reuniones en la casa.

Recuerdo el cuento que escribió con Borges La hermana de Eloísa, con el seudónimo Lisa Lenson.

Lo leyó en su momento.

Me habían dicho, ahí estuve mala hija, porque debía haber traído algunos libros de mi madre, de los cuentos completos, ahí está La hermana de Eloísa, se reían tanto al escribirlo, causó tanto gracia, que después ya no les gustó tanto el cuento, porque era demasiado ridículo, pero no está tan mal, es lindo.

Una vez que hicimos una presentación hace unos cuantos años, cuando salió un gran volumen, lo leyó un gran actor, Horacio Peña, en Argentina, me encantó bien leído por un actor que lo interpretó a fondo, muy gracioso, tiene mucho humor.

Cuando vivió en nuestro país, en 1972 escribió El Gato eficaz que le publicó Joaquín Mortiz, ¿este texto ya lo tenía estructurado?

Yo no viví nunca en México. Cuando conocí a Joaquín Mortiz venía de Estados Unidos, lo escribí en Iowa, en un momento que están todos estos escritores neuróticos, estuvimos nueve meses encerrados bajo la nieve, literalmente, en ese encuentro de autores, que fue muy interesante, todo el mundo hablaba de la muerte y yo pensaba que no y me salió El gato eficaz, tan fuerte, Gustavo Sainz se lo recomendó a Mortiz, venía de paso hacia Argentina.

Fue mi primer encuentro con este país maravilloso; esa publicación fue extraordinaria para mí que la hicieran acá, esa una gran editorial, ahí es donde me deslumbré tanto por México.

¿Conoció a don Joaquín?

Sí claro, íbamos almorzar a esos lugares que le gustaban a él, gracias a Joaquín Mortiz, me sorprendían esos almuerzos o comidas que uno salía de noche.

Tres de la tarde y la conversación, un hombre absolutamente maravilloso, encantador y tan de la literatura.

Como decía mi madre, te di permiso de ir a comer, pero no que te vinieras hasta que te hiciera digestión.

Todos esos escritores, lo recordaba mucho Salvador Elizondo, lo entrevistó por radio, era un momento fantástico.

Al vivir en Francia y tener contacto con autores del Tel Quel, conoció a Severo Sarduy, el autor cubano que fue de los iniciadores de esta corriente, se podría decir que ahí nació lo novelista que es usted.

Puedo decir que fue muy anterior a eso, porque me casé a los 20 años y me fui a vivir a Francia, ahí nació la novelista, porque echaba de menos tanto la Argentina, que escribí mi primera novela allá, que es Hay que sonreír, después la guardé porque no tiene nada de humor, no entiendo cómo escribí algo sin humor.

Cuando lo volví a releer como seis años después, me reí a mares, no porque la novela no fuera trágica, que sí lo era, pero porque era tan arquetípicamente argentina, el ambiente, el tango, todo lo más argentino del mundo, en exagerado.

Así que sí nació en Francia, pero antes, ahí los conocí al grupo Tel Quel, ahí no conocí a Sarduy, ni siquiera sé si Sarduy ya estaba en Francia, no conocí a los latinoamericanos en ese momento.

Después me maravillé con los que había, sobre todo la gente de las artes plásticas, argentinos que había en París.

¿Qué fue lo que motivó a Luisa Valenzuela a escribir este libro de Entrecruzamientos?

Creo que el amor, el cariño que le tenía a los dos y la enorme admiración literaria, pensé que iba a escribir un libro sobre ambos, un pequeño entrecruzamiento, después fui descubriendo mucho más elementos que podíamos ver en espejo en estas cruces que se invierten, convergencias y divergencias pero paralelas.

Después se convirtió esto en una creación mucho más estimulante para mí, de lo que había pensando en un principio.

Creo que también había una cosa de retribución de lo generoso que habían sido conmigo y con todo el mundo, eran estas almas muy abiertas a la literatura universal, ajena y a los jóvenes, Borges era un hombre que jamás mencionó un actor vivo.

Estaba acostumbrada a estos seres cerrados, de golpe tanto Julio Cortázar como Carlos Fuentes tienen una enorme apertura.

¿Por qué rescata a una autora como Marta Traba?

Porque había una vinculación con México, con Colombia, vino, entró, se coló.

A veces uno está escribiendo y entran asociaciones, van entrando temas, de la América Latina me encantó, la idea de Homero, como su mito que era lo que se había creado en ese momento.

En este momento hay críticos como el propio Ángel Rama o como Emir Rodríguez Monegal.

Hay buenos críticos, pero no tienen ese alcance, no están en Argentina, Piles es uno de estos nombres que uno puede reconocer, pero no tienen ese alcance, no hay posibilidad de rearmar un Boom, porque uno creería que no hay grandes figuras, posiblemente grandes figuras haya, pero todo el aparato promocional pasa por otro lado, de golpe la figura del escritor no es la figura más prominente dentro de la vida de un país, ahora son las farándulas, una gran banalización.

No quita que haya buenos autores aquí y allá, de todas partes y lo que tenemos es muy poco y es una desgracia, conocimiento de la literatura de nuestros respectivos países.

Casa de las Américas, era un lugar de convergencia, la revista de Rodríguez Monegal, cosas así; por un lado, Rodríguez Monegal por otro, todos esos mundos se convergían en toda América Latina, ahora está de nuevo atomizada la situación.

¿Podrían surgir?

De hecho deben estar, ahora que adquieran esa dimensión no creo, ya no hay un valor tan importante para el intelectual, el gran pensador o la gran pensadora también.

Tuve dos entrevistas con Rodríguez Monegal, dos con Rama, es harto difícil, necesitaba uno educar a un niño especial o a una niña.

Hay gente muy valiosa, la corriente se ha ido por otro lado, tampoco esa  erudición de Cortázar o de Fuentes, la erudición totalmente renacentista que tenían los dos o Borges o gente así.

Estaba muy distraída con otras cosas, no lo lamento.

Acabo de estar en Argentina, desayuné toda una semana en el London City y recree todo en relación a Julio Cortázar.

Hay recuerdos de él, qué cuento escribió allí.

¿De Julio Cortázar qué le aprendió y por qué su recuerdo se agigante como él, ahora cuatro años después de su centenario?

Julio Cortázar nos permitió todas las vidas y por haber.

Creo que la enorme libertad y la felicidad de la escritura, la búsqueda de esos mundos que están del otro lado, el tratar de alcanzar lo  inefable, que también lo tiene Fuentes.

Cortázar es más evidente, contar esos cuentos, estos cuentos tan breves y al mismo tiempo que vuelve sobre sí mismo, retratan la otra cara, casi lo imposible de ser dicho.

Esa grandeza, La prosa del observatorio es un libro que me encanta, porque se desliza como las anguilas, el uso del humor con enorme libertad para darle una seriedad desde el otro lugar que tiene Cortázar.

¿Qué experiencias de vida y literarias le dejó su estancia en Estados Unidos?

Me viene un nombre a la mente que es Susan Sontag, la exigencia total, somos bastante más permisivos y ahí hay una exigencia intelectual muy fuerte, interesante que llega un momento en que no la aguante más, me fui.

La retribución, en la medida en que uno iba avanzando intelectualmente y cada vez llegaban más propuestas, más posibilidades y se iban abriendo puertas, conocer a gente de primerísimo nivel para estar muy cerca por el Instituto de Humanidades, la posibilidad en ese momento que estábamos en plena dictadura, de hacer la denuncia, de abrir puertas, la izquierda norteamericana porque no es sólo en Estados Unidos, yo estaba en Nueva York, es como otro mundo, es un mundo muy particular.

Esa locura, yo adoro esa ciudad, yo adoro México como país y Nueva York como ciudad, porque está abierta a toda la imaginación, ahora quizá no tanto, en los años 80, 40 era un desborde de locura, de imaginación y de posibilidades, tipo ombligo del mundo.

A mí me encanta la posibilidad de estar siempre en contacto con México, quiero volver permanentemente, porque siempre me reserva una sorpresa, estoy esperando la sorpresa de este viaje, de los lugares, etnias, máscaras, a mí me interesan esos rituales, estos mundos, pero estoy segura que algo va a pasar en la próxima esquina.