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Entre miedos y fobias, la letra

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Dijo un día una hoja blanca de papel: Me he formado blanca, nítida, inmaculada y pura, y así seré hasta la eternidad. Prefiero quemarme y volverme ceniza blanca antes de permitir que me mancille la negrura y me macule la suciedad.

Oyó un tintero aquellas razones y se rió en su negro corazón, pero no se atrevió a tocar aquella hoja blanca de papel.

La oyeron también las plumas y tampoco la tocaron. Y así permaneció la hoja de papel blanca, nítida, cual la nieve… pero vacía.

Kahlil Gibrán

 

¿Cuántas hojas se han quedado blancas bajo la mirada? o ¿Cuántas veces se ha quedado la mirada como la hoja, blanca o vacía? Por no decir que el pensamiento.

 

Las razones por las cuales un individuo escribe son realmente diversas y difíciles de categorizar, sin embargo es posible generalizar que, cubrir una necesidad de comunicar u organizarse socialmente, es el fundamento –escritura primitiva cuneiforme hace 3000 años o el código de Hammurabi escrito en 1500 A.C.– ahora bien, los medios para generar un escrito han transitado desde la ocupación de una piedra hasta materiales menos usuales, imagínalo, escritos en un pequeño arroz.

 

Actualmente escribir con un objetivo diferente, a solo subsanar una mera necesidad integrativa, tiene otra connotación o eso pude deducir al momento de cuestionarme por qué escribo, el punto al cual quiero llegar es que, independientemente de la motivación para plasmar letras o la diversidad de los medios, en un proceso tan personal y de introspección, surge el síndrome de la hoja en blanco, ¡ah! ¡A quién no le ha pasado!, ¿Acaso será la hoja que refería Gibrán?

 

Una opción para salvar la situación sería reconocerse en la dificultad que representa escribir en la hoja blanca y después escribir sobre el miedo que da hacerlo, entonces ya no se está tan en blanco ­–¡Eureka! se tienen un tema–, inclusive se puede uno apoyar en las diversas herramientas tecnológicas, como las redes sociales, dado que independientemente de la falsedad o verdad relativa de lo que se escriba, la práctica refuerza el mundo de significaciones de quien lo realiza generando, en muchos de los casos, la posibilidad de autoanálisis.

 

Ánimo, escribir es una tarea en solitario –las palabras propias delante de sus conceptos e ideas–, que conlleva tiempo y destreza con la experiencia… y del miedo… hagamos los motivos.