Especias y especies

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Desde hace algunos años ya no tenemos especias en la cocina.

En la casa se extraña el olor a canela y condimento recién molido, en la estufa ya no se escucha el gorgoreo de las ollas anunciando que el agua está lista para pelar los pollos.

Todo comenzó en verano, cuando a mi madre le entró la manía de coleccionar mariposas de color azul;  de un día a otro, la alacena dejo de almacenar arroz.

Al principio no le dimos importancia, creímos que era parte del proceso, que pronto lo superaría, así como una clase de tejido. Pero pasó el tiempo y la casa adquirió una atmósfera extraña, como una especie de aura fantástica o boreal que si andabas distraído de la nada podías oler flores de cerezo mezcladas con sal de mar o podías encontrar el celular en la mesa de noche cuando estabas segura que lo traías guardado en la bolsa del abrigo.

Pensamos que todo sucedió aquella noche que mi madre atrapó esa extraña especie que desprendía una luz resplandeciente. No encontramos otra explicación;  pues, de pronto, comenzó a multiplicarse el helecho en las ventanas.

La rutina impidió darnos cuenta de aquello; además de que lo dejamos como algo normal; era julio y llovía tanto; aparte, en las noticias se pregonaba la arena del Sahara y la fertilidad mágica de la tierra, la luna de fresa y las tardes largas.

Cuando quisimos ponerle remedio al mal nos dimos cuenta que era demasiado tarde. La casa era tan fría y oscura que te helaba la sangre de tan solo pensar en entrar.

Es cierto, hicimos de todo, al principio llegamos valientes con hachas afiladas, azadones, trabajamos mañanas enteras con resultados nulos. Después contratamos a los mejores jardineros que llegaban con sus tijeras y sucedía que en un santiamén perdían el filo o en el acto se quebraban.

Desesperados utilizamos cualquier técnica habida y por haber, vino el padre Pedro a bendecir, a rezar, a exorcizar, se mandaron a hacer misas, se hicieron novenas, todas las mañanas antes de las seis se regaba agua bendita, viajamos a Cuba; comimos y bebimos tierra, nos untamos el cuerpo de sangre, nos extraviamos en el mar y nada, la casa de poco a poco perdió el brillo y nos fue consumiendo la energía.

Mi madre perdió la inspiración y  el tiempo dejó de importarle.

Un día, sin decir nada, simplemente montó una casa de campaña en el jardín y llegó a dormir hasta después de mediodía.

Sólo entraba a la casa en noches de luna llena para observar la luz azul de su mariposa favorita.

Algunos cuentan que la luz de aquella mariposa le devoró el alma y la dejó sin fuerza para seguir sus sueños.

El psiquiatra dice que fue la pérdida del amor de su vida lo que la convirtió en mujer fantasma.