Ética profesional en la labor docente

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¿Qué mueve a las generaciones a ser maestro? En este siglo ser profesor tiene más contratiempos para ejercer la docencia de manera favorable. No somos la misma figura pública que se consumía en otros tiempos históricos. Sin embargo a pesar de que las redes sociales, medios de comunicación y reformas educativas no han sido amables en emitir sus opiniones respecto de nuestra labor docente, una parte de la población joven tiene el valor de educar[1].

Cuando era adolescente las razones por las que decidí ser maestra estaban en proporción a intereses personales y profesionales encaminados a la imagen que se tenía del maestro en aquellos momentos. Hace treinta años palabras como ética, vocación, mística educativa revoloteaban alrededor de la labor que el profesor desempeñaba. El respeto que se profesaba ante esta figura formativa se revelaba en las actitudes de los alumnos y padres de familia al dejar en manos del maestro a sus hijos incluso, concediéndoles abiertamente la autoridad moral necesaria en la formación de los mismos para hacer “personas de bien” y buenos ciudadanos.

La Historia de México ha sido construida a través de muchas adversidades y está hermanada a la historia de la educación y el nacimiento de las escuelas normales en el país. Desde la  consumación de la independencia, la importancia y trascendencia de formar profesores que estuvieran al frente de los ciudadanos para ofrecerles una instrucción pública –que desarrollara la conciencia política, social y cultural de la nación– ya era señalada valiosa en la cimentación educativa de los docentes y futuros ciudadanos de la nación.

En este sentido, hay que considerar que el tiempo y el espacio cambian los contextos y con ello las formas sociales que tienen que ver con el desempeño profesional de los maestros: “los códigos de ética o códigos de conducta también se conocen como credo, guías de conducta, reglas específicas o definiciones. El contenido de los códigos varía según las necesidades e intereses sociales” (Ibarra Rosales, 2007: 63)

Desde esta perspectiva, la educación en el país –procurada desde el nacimiento de las escuelas normales–, su labor ha tenido que nadar contra  corriente ante las consecuencias connaturales heredadas de los diferentes hechos históricos que han dado rumbo a la situación actual que se vive en la educación en México. Considerando este panorama ¿Qué motivaba a una parte de la población a ser maestro?

Egresé de la Escuela Normal No. 2 de Toluca; institución formadora de docentes con más de cien años de tradición. Esta institución nace a finales del porfiriato y recuerdo que, para mil novecientos ochenta y cuatro, esta escuela normal todavía contaba con internado para las jóvenes aspirantes a ser profesoras que venían de los municipios lejanos a la ciudad. La formación que recibíamos en  esa generación, fue muy distinta a la que se imparte en otras escuelas formadoras de docentes y también diferente a la que nuestros jóvenes normalistas. Los hechos históricos que institucionalizan la formación de profesores se veían reflejados en las maneras de la enseñanza y la mística educativa en la que se mostraba una ética profesional en el desempeño de los profesores, impartían clases y dirigían la Escuela Normal.

Lo anteriormente pronunciado, me llevó a cuestionar ¿Qué es lo que ha conducido el pensamiento de los maestros a expresarse de esta manera? ¿Se puede abandonar el compromiso de educar? ¿Los valores que predominan en los maestros ya no tienen la misma jerarquía? ¿La ética profesional es un término que ha quedado obsoleto en esta nueva axología del siglo XXl?

Recuerdo que los profesores que me formaron como docente conservaban un pensamiento entregado a su labor educativa expresado en sus discursos dentro de la cátedra, un compromiso y una responsabilidad que se reflejaba en las clases, en sus palabras y en sus formas de conducta basadas en el respeto y en la responsabilidad hacia nuestras jóvenes esperanzas de ser maestros dentro y fuera del salón de clase.

El lenguaje es una proyección reveladora del mundo interior de cada individuo, por lo que las palabras se convierten en una punta de lanza sobre lo que nos interesa y la forma en que nos conducimos como maestros frente a grupo. Los profesores que contribuyeron en la formación de mi generación insistían en ser maestros con entrega constante, con compromiso, ser conscientes de la responsabilidad social que nos implicaba como formadores de generaciones, tener presente la proyección de nuestra figura pública apuntalando el rumbo de los alumnos que en ese momento teníamos en los grupos, así como mantener una preparación actualizada a los cambios continuos que viviríamos y principalmente preservar el constante hábito de la lectura.

El término ética era una palabra permanente en el vocabulario de los maestros que nos impartían clase. Considerando la raíz etimológica  ethos para significar costumbre o hábito, esta palabra de origen griego acuñó mi formación como profesora de tal forma que, dentro de mis “pininos” de reflexión, el proyecto de investigación para obtener el grado de Licenciada en Educación Primaria fue titulado Ética profesional en la labor docente.

Ese título fue la punta del icerberg de una formación acuñada por cada uno de los maestros que estaban convencidos del compromiso que se tiene al enseñar. ¿Qué nos movía a los jóvenes de mi generación a ser maestros? ¿Cuáles fueron las razones o ilusiones que se plantearon los profesores anteriores a nosotros? Muchos estudiantes venían de condiciones socio-económicas difíciles y sin embargo el sueño de transformar, de dar dirección humana y social a las jóvenes generaciones, era parte de la meta perseguida.

El estudio de las diferentes corrientes pedagógicas fueron conformando un perfil de egreso necesario para cubrir las necesidades y expectativas de la época: sin embargo, las lecturas de los grandes pensadores que amaron el arte de educar acuñaron el sentido humanístico que tiene esta labor educativa.

En una pedagogía de la crítica[2] y una pedagogía de la esperanza[3], los maestros del siglo XXl, debemos preservar un discurso que implique una verdadera profesionalización de la docencia. Los nuevos retos del milenio nos avasallan a través de todos los acontecimientos socioculturales y económicos que nos envuelven. Las nuevas generaciones de jóvenes maestros nos empujan hacia la actualización de un mundo contemporáneo que no teníamos contemplado y que, sin embargo, existimos en nuestro ser docente y hacer educativo entre todas sus vicisitudes.

¿Qué mueve a los jóvenes hoy en día a ser maestros? ¿Tienen los mismos sueños que las generaciones anteriores y la nuestra en esa pedagogía de la esperanza de ser, tener y hacer por las generaciones a  las que pertenecen y por las que vienen? ¿Es la ética profesional un baluarte fundamental para enfrentar cualquier tipo de contexto dentro de la realidad educativa que nos toca vivir?

Ante este hecho, parte de mis inquietudes se resuelven considerando lo que Juan Manuel Silva Camarena escribe sobre ¿Qué es eso de la ética profesional? “La ética profesional es fundamentalmente un compromiso con lo que ustedes hacen, con lo que yo hago, con lo que cada ser humano hace”            (2002)

“Los viejos maestros”,  los maestros en formación, los profesores que son parte de esta historia mexicana que ya dejaron los antecedentes históricos de la trascendencia de enseñar, nos necesitamos en este vertiginoso mundo de la docencia, acaecidos y supeditados a todos los factores que tenemos en el mundo contemporáneo, buscamos un nuevo discurso acerca de la educación para descubrir nuevas formas de pensamiento y maneras de ejercer la docencia (Giroux, 1997)

¿Qué predomina en la naturaleza del maestro que no cambia pese al tiempo-espacio y generación que se viva? Baruch Spinoza habla de natura naturas como  aquello que es en sí y se concibe por sí, son los atributos de la substancia que se expresan en una esencia eterna (2016). La esencia y substancia del maestro radican en la mística de educar, en lo que lo encierra en sí mismo el ser de maestro, en su propio código de ética, en la pasión por enseñar, la disciplina en el trabajo y el amor por el conocimiento.

Ser maestro de estudiantes normalistas, tiene una doble responsabilidad. Por un lado, es un compromiso permanente. Palabras como vocación y ética, nos dan el sentido de pertenencia en una labor que implica la entrega de nuestro ser como persona, como profesional de la educación, como formador y participante activo de la sociedad. Es por ello que, pese al paso de los años de actuar educativamente y pese a las vicisitudes que el sistema puede imponer y/o coartar de la mística de ser profesor, el “llamado” que nos llevó a serlo,  prevalece en la diaria tarea de la docencia.

Los estudiantes de este siglo que solicitan el ingreso a las escuelas normales y se convierten en parte de ellas, vienen con la expectativa de aprender a “ser maestro”, de tener una imagen que le proporcione un punto de referencia para serlo de la mejor manera y también de anclar cambios contundentes no sólo para su vida, sino para quienes les impartirán clases.

Es por ello que, la educación debe encontrarse de acuerdo con la verdadera forma humana, con el auténtico ser del hombre. La educación es una humanitas, una humanidad, en tanto es acuñación de individuos según la forma de su comunidad. Puede uno alcanzar a construirse como hombre si estimula y favorece esa edificación en otros. Entre los mayores desafíos de nosotros, los maestros, se encuentra el de convertir las facultades y conocimientos, sean estos los que sean, en instrumentos adecuados para conducir a los alumnos y a nosotros mismos a su todavía, desconocida, plenitud.

La preparación actual que tenemos los profesores va más allá de las asignaturas y sus contenidos específicos, entran en escena al impartir una sesión de clase, pues no se asiste al aula nada más para conocer una materia y formalmente aprobarla sino para vivenciar con los demás, su existencia toda.

Y si una de las búsquedas en lo educativo es impedir que la irrelevancia tome el mando (su manifestación más frecuente en las escuelas es a través de citar datos, a propósito de algún tema, en cantidades ingentes y creer se ha abordado con suficiencia cuando nada más se canceló el esfuerzo de pensar un tema para sustituirlo por información que, desde luego, no es reflexión), no es menos urgente vincular los saberes formales de la educación con las formas de vida existentes más allá de los muros de la escuela.

Pese a los rumores infundados de las políticas educativas de la desaparición de las escuelas normales y la fría opinión de la era cibernética sobre suplir a la figura del maestro, hay argumentos contundentes para que esto no ocurra.  Ante estas declaraciones –en primer lugar– la transcendencia formativa humanística del profesor, desempeñada a través de la vocación,  su ética profesional y la mística de su trabajo en la sociedad es insustituible. Por otro lado, la tecnología se ha convertido en una herramienta encaminada a ser una estrategia didáctica a favor de los procesos de conocimiento y aprendizajes esperados que el maestro direcciona en este afán de actualizarse como profesional de la educación del siglo XXl.

Los “viejos maestros” que creemos en una genética histórica insertada en nuestra labor docente nos permite prevalecer –convincentemente– en que nuestra misión educativa llamada Ética profesional en la labor docente está en la entrega, en los sueños, en las ilusiones permanentemente jóvenes que nos comparten los alumnos a través de sus aspiraciones de ser maestros pese a las circunstancias socio-políticas que acompañan esta decisión de vida profesional y en todos los tiempos y espacios que nos retan en el valor de educar.

 

 

Referencias bibliográficas

              Giroux, H. A. (1997) Los profesores como intelectuales. Hacia una pedagogía crítica del aprendizaje. Barcelona: Paidós.

Ibarra Rosales, Guadalupe (2007) Ética y valores universales,  agosto. Reencuentro, núm 49, agosto, 2007, pp. 43-50. UNAM, México

Savater, Fernando (1997) El valor de educar. Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, México.

Silva Camarena, Juan Manuel (2002) ¿Qué es eso de la ética profesional? Revista de Contaduría y Administración Núm. 205, abril, junio. México

      Spinoza, Baruch (1980) Ética demostrada según el orden geométrico. Ediciones Orbis, Madrid.

 

[1] Título de un libro de Fernando Savater

[2] Acepción de Henry A. Giroux en su artículo Repensando el lenguaje de la instrucción escolar publicado en Los profesores como intelectuales.

[3] Título de uno de los libros de  Paulo Freire.