Evocaciones: 50 años del Museo Nacional de San Carlos

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Nunca he viajado a Rusia, pero no descarto ir algún día a San Petersburgo a conocer el Museo Hermitage, recinto que aún guarda el estilo de los museos y galerías que sobrevivió hasta entrado el siglo XX: estancias con paredes altas donde se colgaban innumerables pinturas de todos tamaños, colores y autores, en filas o en alguna disposición que permitiera el espacio, así como grandes mesas y gabinetes con varias esculturas u otras obras de valor artístico.

En México así eran también los antiguos museos. Pero en la década de 1960 llegó a la CDMX la modernidad museística con la inauguración de los recintos de Antropología, Arte Moderno, de la Ciudad de México y Virreinal de Tepotzotlán en 1964, así como el Museo Nacional de San Carlos (MNSC) en 1968, el cual precisamente celebra su 50 aniversario este año y para hacerlo presenta la exposición Evocaciones.

 

Se trata de una exposición con arte pictórico y escultórico del mismo MNSC, así como el traído de los museos Franz Mayer, Soumaya, Nacional de Historia, Nacional de Arte, Casa de la Bola, Casa Diego Rivera, de Acuarela Alfredo Guati Rojo y Nacional de la Estampa de la CDMX; Regional de Guadalajara; de Aguascalientes; José María Velasco y Felipe Santiago Gutiérrez de Toluca; Patrimonio Artístico Banamex; así como de diversas instancias de la UNAM.

Las Evocaciones de las que habla el título se refieren a la disposición del espacio: emula la tradición europea de exhibir tesoros artísticos en elegantes galerías que muestran gran cantidad de piezas sin dejar prácticamente espacios libres, y en este caso, el MNSC reproduce la Galería de Cuadros Europeos de la antigua Escuela Nacional de Bellas Artes, sugiriendo la monumentalidad y magnificencia de aquellas galerías decimonónicas pensadas para el total disfrute y la contemplación estética de los visitantes.

 

Es una bella muestra, sin duda, pero la impresión inmediata provoca un poco de desconcierto pues, además de que las paredes (descontando ventanas, puertas y explicaciones escritas) están repletas de cuadros de todos tamaños, no hay referencia que indique lo que se observa. Estamos muy acostumbrados a ver la pintura y de inmediato bajar la mirada para buscar la curaduría (autor, título, año, técnica, procedencia de la obra); y a veces ni siquiera nos fijamos en ella por desidia, flojera o desinterés (esto de no observar las curadurías es un defecto muy común en la gente que no tiene educación museística).

Así que uno debe calmarse y, en principio, admirar la disposición y ubicación de los propios cuadros, independientemente de quién los haya hecho, la fecha en que fueron elaborados o el tema de los mismos, pues nos encontramos frente a un estilo museístico que dejó de existir hace décadas. Es cuando uno cae en la cuenta de que, en medio de la sala, está colocado un gran sillón circular para poder admirar las obras desde todos los ángulos. Es entonces cuando podemos comenzar a ver la particularidad de cada una de las obras. Y ya si uno desea tener mayor información, hay que levantarse para tomar de los contenedores las tablas que indican la curaduría de los cuadros.

 

Algo similar pasa con las esculturas en altorrelieve colgadas en la pared, así como con la estatuaria dispuesta en mesas y pedestales (y no hay que olvidar las grandes estatuas colocadas en pasillos y corredores). Así que en esta ocasión lo mejor no es observar la individualidad de cada obra sino el conjunto de ellas y su disposición en el espacio para transportarnos a un tiempo ya ido.

No obstante, debo destacar la mención de dos personalidades. Por una parte se hace homenaje al ingeniero y político Alberto J. Pani, quien ocupó diversas secretarias: de Industria, Comercio y Trabajo y de Comunicaciones y Obras Públicas con el presidente Venustiano Carranza; de Hacienda y Crédito Público y de Relaciones Exteriores con Álvaro Obregón; y de Hacienda con Plutarco Elías Calles y Abelardo Rodríguez. Resulta que este funcionario excepcional, rara avis de la política mexicana, desde Hacienda y Relaciones Exteriores ordenó la compra de arte que luego donó a la antigua Escuela de San Carlos, y aún donó el arte que él mismo adquirió como coleccionista.

 

Por otro lado, se expone la grandiosa obra del catalán Pelegrín Clavé, maestro de la Academia de San Carlos, formador de varias generaciones de artistas mexicanos, cuya obra dejó una imborrable huella en el imaginario mexicano del siglo XIX. Y aquí si vale la pena hacer mención de una obra individual: la monumental La primera juventud de Isabel la Católica al lado de su enferma madre (1855), conocida también como la Demencia de doña Isabel de Portugal (hay que admirar la maestría con la que Clavé pinta los ojos de locura de la Reina Madre), pintura que sirve para promocionar estas Evocaciones.

Aún hay tiempo para verlas en el Museo de San Carlos (la muestra concluye el domingo 28 de octubre), y de paso festejar el Cincuentenario del recinto, abierto en el icónico y paradigmático año de 1968.