Exiliados

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Eran los años treinta, como exiliados de la Guerra Civil Española, llegaron a México don Luciano Mendoza y su joven esposa doña Amada Hernández. México recibió con los brazos abiertos a científicos y académicos. Don Luciano, maestro de música, tocaba la guitarra, el piano y el violín  proveniente de una familia de músicos y compositores, era un hombre muy inteligente con grandes ambiciones. En la repartición de tierras del Gobierno Mexicano, consiguió una gran extensión de hectáreas en el  Estado de San Luis Potosí, en medio de la nada. El silencio les dio la bienvenida a su nueva casa, el paisaje desolado y la vegetación desértica, donde predominaban los cactus que de lejos parecían fantasmas, unos altos, otros a ras de suelo, alguno que otro mezquite sobresalía en el terreno.

Con un cuarto de adobe como vivienda se establecieron en su nuevo hogar.  No les gustó mucho, pero cómo negarse a lo que les habían dado sin que les costara nada. Doña Amada fue la que más resintió el cambio. Por el gran amor que tenía a su marido, acató sus decisiones. Lejos estaba ese cuartucho de ser un buen lugar para vivir como se debe, como gente decente, pensaba. Le ponía de malas  el clima de más de cuarenta grados y  una barriga de  seis meses. Extrañaba la buena vida en su casa paterna en España.

El poblado más cercano era Matehuala. Quedaba a una hora a caballo o media hora en tren, existían pequeñas rancherías más cercanas. En esos meses de verano calor era insoportable. Doña Amada sólo quería huir de ese lugar seco y sin porvenir. La nostalgia por su país y sus seres queridos la tenían consumida en una gran tristeza, nada la hacía estar contenta, todo carecía de belleza. Bien sabía que no tuvieron otra salida. El golpe de Estado los expuso a la muerte y el caos que se vivía; llevó a miles de personas a huir de esa situación. Buscaron exilio en otros países. Fueron testigos de cómo cada día eran más los desaparecidos en manos del gobierno.

Doña Amada era una mujer sencilla y humilde. Aceptaba resignada esa vida en soledad y  silencios cuando su esposo salía a las rancherías a dar clases de música.  Cantaba tan alto como podía,  para oír su propia voz, canciones que solía cantar en las tardes de tertulias llenas de alegría rodeada de familiares y amigos. Sólo así conseguía pasar esos días de espera. Conservaba esas imágenes de sus seres queridos de los que no sabía nada. La guerra se los había llevado con ella, la distancia y el aislamiento. Guardaba esas vivencias en familia que sabía no se volverían a repetir, se sentía desamparada y triste con las ausencias de tan sola su esposo. En esas ocasiones en que se sabía que estaba sola, más de una vez se sintió observada, pero nunca vio a nadie. Concluyó  que era su imaginación.

Sus compatriotas, compañeros de viaje, se dispersaron por todo México, perdieron  contacto con todos ellos. Su vida era en medio de ese paisaje plano, café y poco verde. En ese territorio de pocas lluvias, las gotas que llegaban sólo eran para aplacar el polvo que levantaba el viento que venía del sur.

Llegó el día del alumbramiento. Doña Amada sintió los dolores a media noche. Don Luciano apresurado corrió a la ranchería más cercana por la comadrona, cada vez eran más insoportables esas punzadas que le llegaban de pronto, queriéndola partir en dos. Entre lágrimas y gritos sintió una mano en su frente, eran una mujer joven, blanca y alta. No pudo distinguirla bien, en medio del dolor que la cegaba. Pensó que era la partera. La ayudó a traer él bebé al mundo. Le preguntó por su esposo, ella nunca le contestó. No supo cómo era su voz, se limitaba a realizar las labores de limpieza y envolver con cuidado al niño en una manta. Al escuchar ruidos provenientes de afuera, de pronto, en medio del cuarto, desapareció, dejándole al niño en sus brazos, mientras éste lloraba a grito abierto. Don Luciano irrumpió en el cuarto, abrió la puerta acompañado de una anciana para que la atendiera. No supieron cómo ella sola pudo tener a su hijo sin ayuda. Doña Amada se quedó dormida. Después de tanto esfuerzo, la dejaron descansar.

Él bebé era un niño precioso al que nombraron como el padre. Con su llegada la vida de Doña Amada en ese apartado lugar sin vida social, se hizo un poco más llevadera. Pudo admirar cómo en el invierno los cactus florecieron y pintaron los campos de un rosa fuerte, de rojos intensos, de blancos como la nieve, de amarillos luminosos, salteados aquí y allá. Todos los días debajo de un mezquite se sentaban a la sombra. Tejía dejaba que el tiempo pasará mientras el niño dormía.

Don Luciano proveía de todo lo necesario. Algunas veces, por insistencia de Doña Amada, salían a comprar cosas a la ranchería, Era difícil conseguir esas cosas que extrañaban, entonces lo convencía de ir a Matehuala. Ahí había algunos españoles con los que tenían amistad. Estos progresaban con grandes almacenes de ropa, de juguetes y restaurantes, paseaban por la plaza principal y asistían a misa en domingo.

Al regresar de esos esporádicos paseos, doña Amada se esmeraba haciendo guisos que le gustaban a don Luciano. Él era muy estricto a la hora de sentarse a la mesa, las recetas no sabían igual y siempre peleaba con su esposa por eso. Ella lo dejaba refunfuñar, nada podía hacer para cambiar esa situación.

Un día estaba doña Amada meciéndose en una silla con él bebé en brazos se quedó dormida profundamente, soñó a una mujer joven altiva que le exigía al niño. Lo reclamaba porque lo había traído al mundo. Afirmaba que si no fuera por ella habría muerto. La mujer se transformaba llenándose de arrugas, demacrada, con el pelo tan largo que le llegaba al suelo. Se carcajeaba y le arrebataba al bebé, doña Amada le suplicaba que se lo devolviera, la veía irse sin poder moverse del lugar donde estaba. Lloraba en silencio con la cobija de su hijo en sus brazos. Abrió los ojos. Frente a ella su esposo le preguntaba:

-¡Amada, Amada!, ¿dónde tienes al niño?

¡Aquí, Luciano! Donde más lo voy a tener.

Abrió la cobija y un gato negro saltó de sus brazos, espantándolos. Él bebé no estaba, había desaparecido.

¡Dios mío, qué es esto! -gritó Doña Amada.

Buscaron  en cada rincón del cuarto, debajo de la cama, en el armario. La casa más cercana estaba desocupada, la ranchería a quince minutos a caballo. Don Luciano salió a los caminos, esperaba ver algún extraño que llevara a su hijo en brazos.

Doña Amada vuelta loca salió. Corrió alrededor de la casa, caminó por las veredas, hizo caminos en medio de los cardones que se le clavaban en sus piernas y sus pantorrillas, la sangre le escurría, nada la podía detener. Lloraba a gritos,  hablándole  a su bebé.

Don Luciano con algunos hombres continuaba su búsqueda, ya pardeaba el sol a lo lejos metiéndose cuando en medio de un nopal distinguió algo extraño: un pequeño bulto sobresalía entre las pencas. Oscurecía y no podía distinguir bien. Se acercó a ver qué era. Sorprendido, encontró al  bebé llenó de espinas en la frente. De prisa lo llevó a casa.

Doña Amada estaba desfigurada de tanto llorar. Tomó a su hijo en brazos, lo puso en su pecho. No quiso saber si estaba muerto, sólo comenzó a orar. Miró el rostro de su bebé. Escuchó una risa a lo lejos. En ese momento se reveló la imagen de esa mujer joven, sostenía en sus brazos al bebé y desaparecía. Esa imagen  se repetía una y otra vez en su mente. Entonces supo que no era un sueño. Era la misma mujer que la ayudó en el parto, había vuelto y se había llevado al bebé. Esa mujer transformada en una anciana, de cabellos tan largos que le llegaban al suelo.  Volvió a  escuchar su risa Carcajeándose, rondaba la casa.

Don Luciano puso atención escuchó una risa tan lejana, que en realidad estaba al otro lado de la puerta. Tomó su machete y quiso salir, pero Doña Amada lo detuvo, tomaron unas tijeras abriéndolas en cruz. Hincados, comenzaron a rezar la  magnífica…

 

Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de gozo al contemplar la bondad de Dios mi Salvador, porque ha puesto la morada

 

Sobre el tejado la bruja bailoteaba haciendo un ruido escabroso, ellos en coro no dejaban de rezar y rezar hasta que ésta, poco a poco, se fue.  Esperaron que amaneciera.

Don Luciano le pidió al bebé para sepultarlo, Doña  Amada se negaba. Ya no tenía lágrimas para llorar, seguía hablándole al pequeño, llamándolo por su nombre. Comenzó a cantarle, arrullándolo, mientras la observaba sentado en una silla. Después de varias horas, ella sintió un movimiento del bebé. Creyó que alucinaba, volvió a sentirlo, le gritó a su esposo.

¡Luciano, Luciano,  ven, él bebe se ha movido!

Se acercó de prisa en el momento que el bebé abría los ojos, le tomó una de sus manitas, lo  llenó de besos.

Doña Amada no quiso continuar en ese lugar por el temor de que la bruja volviera a presentarse. Ese mismo día, tomaron sus pertenencias y se marcharon a la ciudad de Matehuala. Don Luciano, sabía que perdería toda esa tierra que al final no valía nada, comparada con la vida de su hijo.

El niño siempre fue muy enfermizo a consecuencia de ese suceso. Tuvo nueve hermanos murió una mañana de invierno a causa de una pulmonía a la edad de quince años.  Dejaba a  la familia consumida en la tristeza y un hueco que jamás se llenaría con nada.

Doña Amada contaba esta historia a sus hijos, los cuales transmitieron  a sus hijos y estos a su vez a sus hijos, convirtiéndose en un cuento familiar.