Griselda

Views: 191

 

Griselda sabía mover el trasero con malas intenciones. Desear era el padre nuestro de cada día.

Su cielo estaba enfocado en llegar a la cuota. Venderse cada día. Desde el momento en que alguien entraba, inmediatamente dejaba de hacer lo que estuviera haciendo para correr a atenderle. Era como si su asiento tuviera un detector que la impulsaba a levarse y exclamar: -¡buenos días!-; para vomitar la verborrea de las ventas.

Había días en que acaparaba todo. Por tres meses la dejamos hacer lo que le viniera en gana. Hasta que después de seis meses nos dimos cuenta que nos estaba dejando sin pesos y sin empleo.

Era famosa en la plaza, su nombre sonaba junto con sus altas expectativas. Además de que tenía el vicio de enredarse con los gerentes.

Su reino se gobernaba por los billetes de a quinientos y a un metro se olía la urgencia que le producía quemarlos cuando los traía en su cartera.

Era experta en joder. El mundo podía hundirse bajo sus pies y ella fresca. La única indulgencia que poseía era para el dinero: lo acariciaba, lo ocultaba y cuidaba cada céntimo.

En menos de tres meses tenía su bolsa de marca, el último smartphone, ropa de diseñador.

-Dicen que encontró a un señor de esos millonarios.

Sabíamos que tenía mal gusto, que hombres de todas las edades desfilaban por sus sábanas, que le daba lo mismo ir al motel que a un hotel de cinco estrellas. Cualquiera era bienvenido a su tierra.

Al principio era clásica, mojigata, recatada, mosca muerta. Falda abajo de la rodilla, pero entró rápidamente en confianza y de pronto casi y la veíamos en cueros.

Por los locales de la plaza circulaba el rumorcillo que era de esas que decían: “otra vez”.

Y así succionaba los de a quinientos, porque en esa época no había de a mil. Mientras nosotros nos extinguíamos. Hasta el grado que, por poco, nos deja sin chamba.

Entonces hartos, raptamos su agenda, citamos a sus amantes un jueves, sabíamos que le encantaba pasearse ese día en el corporativo.

Entonces un mes antes hicimos la reservación, Anita citó a los involucrados;  piso siete, habitación setecientos diez, a las cinco#

Dicen que se armaron los trancazos, que en la recepción notaron que algo andaba mal. Muchos huéspedes para una misma habitación.

Entonces los dejaron en el lobby, dicen que se reconocieron, se saludaron… y se fueron.

Otros, que se armó la trifulca y hasta heridos de bala hubo.

Al día siguiente, Griselda, no se presentó a laborar y así sucesivamente.

Después de nueve meses la vimos paseando en la plaza, miraba vitrinas con un bebé en brazos.