Hablaba yo el español…

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Juárez nos lleva de la mano para que nos enteremos cómo fueron sus primeros doce años de edad. Ya está en la ciudad de Oaxaca, con sus canteras verdes, su belleza vegetal que habla de eternidad. Escribe: Hablaba yo el idioma español sin reglas y con todos los vicios con que lo hablaba el vulgo. Tanto por mis ocupaciones, como por el mal método de la enseñanza, apenas escribía, después de algún tiempo, en la 4ª escala en que estaba dividida la enseñanza de escritura en la escuela a que yo concurría. ¿Cómo era tu escuela Benito? ¿Tenía agua potable y baños limpios? ¿Era una escuela grande de organización completa? ¿O era un pequeño espacio donde los grados o escalas se amontonaban con un solo profesor? Porque al leerlo podemos ir de rápido sin pensar cómo es que había escuelas en esos años en que estaba por realizarse apenas la independencia de México ante España. Era el año de 1819, a dos años de que se firmase dicha Independencia, y él contando con 13 años de edad. En la lejanía del sur del país que por aquél entonces alcanzaba hasta la mitad de lo que ahora es Estados Unidos, y por el sur de nuestra patria iba hacia Centroamérica.

 

Así, que debemos pensar cómo iba por esos caminos de Dios un pequeño chaval que sus familiares seguramente decían: ¿A dónde quiere ir reste chamaco, si no hay para los indígenas profesión que valga, de no ser la del sacerdocio? Benito sólo como esponja que es todo genio en la humanidad absorbía a diario todo aquello que le parecía debería de ser aprendizaje, enseñanza para hacerse otro, y no quedarse como sus parientes perdidos en los marasmos del destino oscuro y cruel.

 

Sus letras y palabras son prueba de que nada le basta. Que él piensa que habla mal el Castellano, sin esperar a ver cómo sus contemporáneos le van a juzgar en su momento. No esperemos el futuro próximo o el lejano que hoy vivimos nosotros para dicho juicio. Los cargos que llega a tener nos deben bastar para saber cuál era su dominio del Castellano, del español que él hablaba como el vulgo: “Su trayectoria política es ejemplar: se desempeñó como regidor en el Ayuntamiento de Oaxaca, fue diputado de la Legislatura Local, Juez de lo Civil y de Hacienda, secretario de Gobierno, Fiscal del Tribunal Superior de Justicia, gobernador de su estado natal, miembro del gabinete del presidente Juan Álvarez y varias veces, aun en medio de un entorno extremadamente hostil, ocupó la Presidencia de la República y desempeñó el cargo con autoridad moral, probidad y un elevado compromiso con las mejores casas. También, de manera muy destacada, fue director del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca. Esto escribe el entonces rector de la Universidad Autónoma del estado de México, el dr. José Martínez Vilchis, en el libro que es coeditado junto con el gobierno estatal

 

Aprender a leer y escribir después de los doce años, aprender el idioma Castellano ante los retos cotidianos de vivir en la capital de Oaxaca, ya no en el pueblito de 20 familias que era entonces San Pablo Guelatao. Un pueblo que hoy cuenta con el carisma admirable de don Benito Pablo Juárez García, con la imponente estatua que se puso ahí al cumplirse el Bicentenario de su nacimiento en 2010. Un Juárez sentado con sus manos expresando sobre brazos del asiento enorme que le descansa. Puños de autoridad y de ternura. Rostro y cabeza que domina en la parte que mira hacia la capital Oaxaca. Y ahí, muy cerca la laguna que le sigue esperando con los brazos maternales que le vio nacer el 21 de marzo de 1806 para bien de los mexicanos que necesitaban una figura laica, un hombre que expresara el sentimiento democrático y de libertad no más intercambiable por emperadores o imperios que nos quieran colonizar.

 

Lo han de saber en Europa, cuando derrotado el ejército militar más poderoso después de largo tiempo. Víctor Hugo le pide que no fusile al emperador que vino a México creyendo que era un pueblo que le ansiaba en su gobierno. Sin saber que los imperios se ponen sobre los intereses de la mayoría, que ya no cree que faraones, reyes y autoridades trasladan la idea de venir del cielo, por lo mismo, intocables por siempre y a toda hora. Uno a uno los imperios han ido cayendo en la historia humana: romanos dejaron de ser cuando su poderosa fuerza abarcó tierras jamás imaginadas. Así, todos aquellos, que han creído que la vida no es afluente que va como el río y esas aguas jamás han de volver cuando ha pasado apenas hace un instante.

 

En pedagogía de los genios, desde la primera infancia se encuentra al niño o la niña que nada le es suficiente. No como infancia caprichosa sino como expresión de la autocrítica a la que nada le es suficiente. Son niños que tienen ya en su alma el juicio sobre sí mismos del filósofo Sócrates: Sólo sé que no se nada. Dicho contra los soberbios y banales sofistas, que cobran por sus sabidurías y solo son falacias conque engañan a la juventud en todos los tiempos de la humanidad.

 

Era un niño-adolescente que lo que aprendía le parecía poco. Lección pedagógica que deberíamos saber los educadores, para captar quién entre nuestros alumnos desea saber más y más rápido. Y no juzgarlo como el latoso que siempre está saltando porque no puede estarse en paz. En lugar de atender su fácil capacidad de aprendizaje y su ansia por saber más y más. Así era Benito el niño, el adolescente que comienza tarde su aprendizaje. Si medimos la ventaja que podían tener por su edad y vida social —con diferentes edades—, Miguel Lerdo de Tejada 1812, Melchor Ocampo en el año de 1814, Ignacio Ramírez El Nigromante en 1818, León Guzmán en el año 1821, Ignacio Manuel Altamirano en 1834; antes que Benito, debo recordar a otro hombre sabio: don José María Heredia y Heredia, nacido en el año de 1803 en Cuba. De todos ellos, quizá sólo Benito e Ignacio Manuel Altamirano supieron de la extrema pobreza. Sólo que Juárez sin padre ni madre que le protegieran.

 

Es bello recordar que Ignacio Manuel Altamirano viajó junto con su padre desde Tixtla —hoy en el estado de Guerrero—, en aquellos años era territorio del estado de México, es memoria su viaje a pie para llegar a la ciudad de Toluca: al entonces prestigiado Instituto Literario de Toluca, fundado en 1828, para solicitar una beca de estudio del niño. Hecho que le permitió a otro niño genio, tozudo en lograr estudiar más allá de las fronteras que le vio nacer. Benito y Altamirano indios puros, no mestizos en lucha contra el oscuro destino que les deparaba la pobreza extrema, miseria, hambruna, falta de higiene y de salud —es decir pocas alegrías—, y sí, mucho sufrimiento propio y para sus familias.

 

La beca para estudiantes jóvenes que instituyó don Ignacio Ramírez El Nigromante en el Instituto Literario de Toluca, permitió a Altamirano iniciar sus estudios en condiciones muy difíciles por ser apenas suficiente para salir adelante en su aprendizaje que le llevó a dominar diversos idiomas, a fundar revistas tan importantes como El Renacimiento y asistir como Embajador representado a nuestro país con gran decoro en Europa y América. Dicha beca y los esfuerzos del padre y su familia, le llevaron a ser uno de los hombres más sabios del siglo XIX junto a personajes como Melchor Ocampo, Ignacio Ramírez, Francisco Zarco, Ponciano Arriaga y todos los juristas que son nuestro orgullo en la creación de la Constitución de 1857: acta civilizatoria y definitiva para la nación que luchaba por ser país descentralizado, federalista, demócrata y republicano.