Hablemos sobre resiliencia

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                     “Entre los escombros,  tomé las piedras para construir un palacio”

                                                                                                                 Kristhy Colmend.

 

¿Sabías que tú eres quien elige cuál semilla siembra hoy para que crezca en su futuro?

Del latín resilio, saltar y volver asaltar, rebotar, reconectar, volver del salto.

 

Experimentar una situación realmente difícil es la prueba de fuego para determinar si una persona es resiliente.

La resiliencia ha sido definida como la capacidad del ser humano para superar las situaciones adversas, mismas que destacarán su crecimiento interior después de la adversidad. En un sendero hostil y extremadamente duro se descubren capacidades nuevas que anteriormente eran desconocidas y que a su vez empoderan las acciones subsecuentes, mismas que llevan a la persona resiliente  a un cambio integral con una nueva y mejorada visión acerca de la vida, desechando la “tradición del dolor” que por costumbre nos lleva a vivir en una actitud lastimera ante acontecimientos que nos hacen padecer lo que en realidad es una oportunidad para nuestro fortalecimiento.

La victimización ante la fragmentación de lo inesperado o de lo que a juicio de cada persona parece injusto para sí misma es la postura más cómoda para la mayor parte de los seres humanos.

Pero para aquellos que son testimonio de la resiliencia es común representar la prueba viviente de que el metal puede ser golpeado y moldeado de diferente forma en repetidas ocasiones y que a pesar de ello, no pierde la capacidad de volver a su forma original.

Un niño con buena autoestima se transformará en un adulto con buena capacidad de resiliencia, pero para el caso de quien de niño no fue “amamantado” con ésta fortaleza interior, hay alternativas que en su vida presente lo pueden transformar en una persona resiliente.

En la dualidad alma-cuerpo donde ambas se retroalimentan y expresan la respuesta a una situación estresante, desafortunada o incluso traumática, las personas resilientes no son afectadas psicológicamente por éstas situaciones y su grado de resiliencia lo determinará la forma en que conserva la calma ante dichos eventos.

El sufrimiento psicológico provoca modificaciones bioquímicas que son perceptibles en un análisis clínico, como el cortisol, hormona que se libera como respuesta al estrés y se vincula a un estado de híper alerta o vigilancia. Este aumento de cortisol implica un déficit en el desarrollo y respuestas inmunes adecuadas, lo que explica la reducción en el pensamiento asertivo, la actitud proactiva, la repetición de patrones e incluso las disfunciones sexuales, lo que trae como conclusión que el cortisol pone en riesgo la resiliencia, pero que al fortalecer ésta misma es el precursor para la buena salud física.

 

Y con las mordidas que me dieron, labraron la mejor escultura”

                                                                                                Kristhy  Colmend.

 

Mucho se habla de las características de la persona resiliente: La buena autoestima, actitud optimista, flexible, autónoma, empática, positiva, tolerante, entre otras cualidades que permanecen ausentes en quien tiene poca capacidad de resiliencia, como derivado de este círculo vicioso que genera un estado de alerta detonando un aumento de cortisol, que como se mencionó anteriormente merma la buena función física y por añadidura la depresión o la ansiedad crean un conflicto mente, cuerpo y espíritu.

 

¿Cómo lograr el equilibrio para ser una persona resiliente?

Crear un puente que enlace armoniosamente mente, cuerpo y espíritu, borrando memorias equivocadas e implementadas por la costumbre y el temor a la responsabilidad de que nosotros mismos somos quienes creamos nuestro futuro desde las acciones presentes, tomando como código de vida que el pasado se ha ido, que el futuro es opcional, que el poder radica en el presente  y que si nos encadenamos al recuerdo no es posible avanzar, afianzando todo esto con el diálogo interno usando prácticas como la meditación, técnicas de respiración consciente, con las que paulatinamente se irá fortaleciendo nuestra autoestima y el reconocimiento de nuestro ser interior, logrando la liberación de nuestros miedos y recuerdos de situaciones traumáticas, tomando conciencia que el verdadero poder se encuentra dentro de nosotros mismos, que lo más valioso es lo que no se ve, es intangible y perdura eternamente y que desde nuestra propia vibración positiva, tenemos a la “adversidad” como la mejor oportunidad para subir paso a paso un peldaño más en la escalera de nuestra evolución  y que con paciencia y constancia la siembra de hoy, dará como resultado un ser humano resiliente que manifieste todas sus capacidades y cualidades en mérito de una humanidad mejor.