Historia y lenguaje

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Es importante comprender que los historiadores que son serio resultado de la conciencia que tiene el investigador, en su tarea de aportar la verdad más cercana a sucesos o ciclos de estudio —al revisar el pasado—, en sus resultados es que valoramos sus contemporáneos el que nos den luz sobre esas oscuras sombras de lo pretérito. Escribe Miguel León-Portilla: Las investigaciones realizadas con adecuado método desde hace ya varias décadas, han permitido establecer una secuencia que abarca varios milenios de cultura en Mesoamérica. Otro tanto puede decirse de los estudios que comienzan a revelar lo más sobresaliente del legado espiritual de estos pueblos, manifiesto en el arte, simbología, visión del mundo y literatura. Los conocimientos alcanzados han permitido a su vez descubrir nuevos problemas antes ni siquiera sospechados. De continuo se abren así otros caminos a la investigación, lo que implícitamente confirma la riqueza de sentidos inherentes a este ámbito donde de hecho llegó a florecer la alta cultura y civilización.

 

Son las palabras del doctor León-Portilla, muestra de que como estudioso de la historia en general, y en particular de la historia de nuestras culturas prehispánicas, le habían llevado a ese alto nivel que es el término de estudios que se vuelven clásicos para los que leemos o estudiamos sus trabajos al respecto. Cuando el individuo se quita sus prendas personales, las de teórico, para atender el tema desde un punto de vista de conciencia colectiva, es que alcanza el nivel de estudioso en el mundo de los temas que se vuelven por la riqueza de información y de amor a lo tratado, lo que le vuelve un clásico, y por lo mismo, se vuelve un ser respetado y admirado en todos los sentidos del respeto que se le tiene a los científicos de las diversas áreas de estudio humano.

 

Él llegó en las últimas décadas de su vida a estos niveles. Por eso sus apariciones eran un acontecimiento, cosa que sucedía cuando presentaba libros propios o de otros autores. Cuando daba charlas en Ferias del Libro o en recintos académicos. Por eso su fallecimiento, aunque esperado por las dolencias que le venían sucediendo en los últimos años, dolía a todos por la riqueza mental y su humanismo ante lo que el México de este siglo XXI le daba como rostro, muy diverso del que él estaba enamorado.

 

Al entrar a las profundas guerras ideológicas, en particular en la valoración que México y el Perú tienen frente a las Grandes Culturas que vienen de Asia y Europa, León-Portilla señala: Al plantearnos ahora el tema de la significación que cabe adjudicar al México antiguo en términos de la historia universal, reconocemos que, no obstante la abundancia de testimonios y fuentes, son muchos los peligros y los obstáculos capaces de desviar nuestra búsqueda. Y no me refiero ya a las eventuales críticas de estudiosos para quienes las civilizaciones del Nuevo Mundo —la mesoamericana y la del área andina— sólo merecen, a la luz de la historia universal, fugaz consideración dentro de los capítulos dedicados a los viajes y descubrimientos de fines de siglo XV y principios del XVI. No es poco lo que se discute en este tema, pues para los que acostumbran, haciéndole un grave mal a los estudios de historia humana, pues al reducir a pequeños acontecimientos o grandes si se quiere, de un plumazo, se desvía la atención al desarrollo que cada cultura ha tenido en las diversas regiones del planeta.

 

Por eso escribe: Semejante actitud, manifiestamente etnocéntrica, implica en realidad que la única posible significación del México y Perú prehispánicos debe derivarse del hecho de que los europeos los hayan descubierto y a continuación conquistado. Son los mismos ‘estudiosos’ que en el siglo XX decían que para comprender o estudiar la filosofía sólo era necesario estudiar a Carlos Marx, ´pues él, teórico del proletariado, era el mayor sabio que resumía en sus estudios y lectura toda la filosofía de todos los tiempos. Sabemos ahora que tales posturas sólo llevaron al fracaso de esta propuesta. Pues precisamente con toda la sabiduría con que contaba Marx, a lo que llamaba era a estudiar toda corriente filosófica que pudiera aportar nuevas experiencias y propuestas que derribaran dogmas y formaciones sociales que esclavizaban a la humanidad.

 

El etnocentrismo y el reduccionismo de las teorías del pensamiento y de la acción del ser humano son dos males que están presentes de manera constante en la vida de pueblos e individuos. Estudiar a profundidad la historia es saber seguir el camino correcto para mejor comprender nuestra identidad. Volvemos a nuestro filósofo Samuel Ramos: hay que estudiarnos a nosotros mismos. Sobre esto, Dice León-Portilla: Corolario de tal postura —hoy anacrónica— ha sido la idea de considerar a la totalidad del Nuevo Mundo como tierra virgen y escenario de pueblos primitivos, en que a la postre tuvo que implantarse la cultura a imagen y semejanza de lo que habían sido las respectivas potencias colonizadoras. En nuestro siglo que vivimos es claro que tales ideas no funcionan. Pues al irse en términos de imperio los españoles, la cultura que dejaron terminó no siendo una copia de la España que habían traído, sino una mezcla que conformó el México que conocemos, con sus tesoros como Patrimonio de la Humanidad, reconocidos por la UNESCO, y lo mismo sucede con el Perú, que es un pueblo privilegiado por su riqueza cultural.

 

Esto es lo que nos hacen tomar conciencia cuando se acerca uno al ‘Historiador’ con mayúscula. Y don Miguel León-Portilla es brújula viva del porqué nos debemos sentir orgullosos del país en que hemos nacido y vivido. Regreso a las páginas del libro, en sus palabras introductorias donde explica el porqué del título Rostro y corazón de Anáhuac.

Nos dice: Rostro y corazón —ixtli, yollotl— expresión de una bella metáfora en náhuatl. Juntas, las dos palabras evocan la plenitud de la identidad personal. Hay así entre los testimonios de la tradición prehispánica expresiones dirigidas a los que gobiernan y también a otros como los maestros, en las que se les dice: Hablaré a vuestros rostros y a vuestros corazones. Y también se conservan textos en que se describe a la figura ideal del pintor y escribano, la del sabio, o la del alfarero o el orfebre, en las que se declara que, antes que otra cosa, deben ser ellos, dueños de un rostro y un corazón. Bellas palabras que vienen de los siglos, comprobando lo que hemos sabido siempre. La conciencia de nuestro mundo prehispánico tenía entre sus fortalezas una conciencia clara del papel del hombre y la mujer en sociedad.

 

Sólo se viene a este mundo a estar por un tiempo, pero no para siempre. Al saber esto, los intereses económicos o materiales dejan de ser de suma importancia, pues tales riquezas han de ser efímeras, aún para el más rico hombre de la tierra. La cosmovisión de nuestros pueblos indígenas ha sido uno de los espacios que le permitió enfrentar el genocidio, y dar por ello oportunidad a investigadores como el doctor León-Portilla, para encontrar lo que de riqueza cultural, partí del pensamiento y conciencia de aquellos que eran los dueños originarios de estas tierras. Y que México, pueblo de privilegio, en el conjunto de América, sigue a pesar de las injusticias en contra de nuestras etnias, siguen presentes contra viento y marea. Y la recuperación de historiadores como él, sirve para refrendar la presencia de una cultura vestida de muchas lenguas y culturas en todo el país, que siguen vigentes como bien lo sabemos y vivimos a diario. Dice don Miguel: Aducir luego, junto a la expresión de rostro, corazón, la palabra Anáhuac es apuntamiento a lo que pretendo abarcar en este libro. Anáhuac es el nombre con que los pueblos nahuas designaban las tierras situadas próximas al agua, bien sea el mar o los lagos. Por extensión se ha empleado la palabra Anáhuac para referirse a la región donde floreció la civilización de los nahuas, desde sus antecedentes teotihuacanos hasta los tiempos mexicas. La lectura de él es de una riqueza y sencillez impresionante, ésta nos dice quién es el mexicano que nos estudió.