Homenaje a Miguel León-Portilla

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Para el día de hoy se había planeado un homenaje a don Miguel León-Portilla, en el marco del homenaje nacional que realiza la Secretaría de Cultura federal y como parte de las actividades de la Feria Internacional del Libro del Estado de México (Filem) 2019, con la presencia de su hija María Luisa, su editor Juan José Salazar Embarcadero y quien esto escribe, con una breve reseña sobre su vasta y erudita obra. Era un homenaje en vida. Desafortunadamente ya no lo será. Como sabemos, don Miguel, el gran tlamatini mexicano, murió la noche del pasado martes 1 de octubre. Nuestro homenaje será póstumo.

 

Lo cierto es que a partir de ese momento comenzaron las semblanzas con su vida y obra, y por supuesto, más homenajes. Por lo tanto, el que se había planeado en la Filem se realiza sólo con uno de los participantes originales, quien esto escribe, y con apoyo de algunos historiadores e investigadores mexiquenses. A continuación dejo a los interesados las palabras que expreso, en tiempo presente, en el homenaje.

 

Homenaje a Miguel León-Portilla

jueves 3 de octubre de 2019

 

Al doctor Miguel León-Portilla se le puede calificar con algunos de los términos en náhuatl que él mismo ha estudiado. Es un tlamatini, un hombre que busca cosas y que sabe algo, un hombre sabio. Es también un hombre que practica la tlacahuapahualiztli, el arte de criar y educar a las personas, el arte de dar rostro y corazón a los educandos. Y podemos considerar su extensa y vasta obra, reunida en diversos textos e investigaciones, como huehuehtlahtolli o testimonios de la palabra antigua, discursos de los sabios ancianos.

 

Bien dice León-Portilla que la cultura náhuatl no ha muerto y él ha sido factor fundamental para evitarlo y para preservar la cosmovisión antigua. En ese aspecto, nuestro autor es un conservador, en sentido etimológico, del arte, la filosofía, los símbolos y la estética de los antiguos mexicanos. Por ello es que también podemos denominarlo:

 

  • Un toltécatl, una persona culta, un artista abundante, múltiple, inquieto, que dialoga con su corazón y encuentra cosas con su mente, obra con deleite y habilidad, compone cosas, crea, hace que las cosas se arreglen, se ajusten.
  • Es un tlacuilo, un pintor de tinta negra y roja, un artista, creador de cosas con el agua negra. Es un entendido. Dios en su corazón.
  • Es un zuquichiuhqui, el buen alfarero que pone esmero en las cosas, enseña al barro de las letras a mentir, todo lo conoce como si fuera un tolteca.
  • Y es un cuicapicqui, el poeta ladrón de cantares y flores que ha hecho estallar en plenitud las palabras de los antiguos mexicanos.

 

Todo eso es don Miguel León-Portilla. Pero además, su biografía es extensa, espectacular, asombrosa. Imposible de resumirla en unas cuantas líneas, he de hacerlo dado que el tiempo es escaso. Nació en la Ciudad de México, antigua Tenochtitlán, el 22 de febrero de 1926. Murió a los 93 años.

 

Por cierto que, desde su origen, León-Portilla tiene vínculos con la ciudad de Toluca pues su abuela paterna, doña Úrsula Ortiz Quirós, era oriunda de esta ciudad. Ella nació en 1848, en el México convulso e invadido por los norteamericanos. Se casó en 1870 con don Gil Mariano León Elizondo, quien fue Notario número 1 de la ciudad de México, conocido también por ser uno de los notarios a los que más recurría el presidente Porfirio Díaz. La pareja tuvo ocho hijos, el segundo de ellos, Miguel León Ortiz, nació en 1874 y se casó con María Luisa Portilla Nájera. Estos son los padres de Miguel.

 

Nuestro autor realizó estudios profesionales en Guadalajara y en Los Ángeles, California. En la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM obtuvo el doctorado en Filosofía bajo la dirección de un ilustre mexiquense, otro toluqueño, para más señas: el padre Ángel María Garibay Kintana, gran filósofo, historiador, filólogo y nahutlato mexicano, de quién adquirió el amor por la cultura náhuatl. Su tesis de doctorado es también su primer libro, un clásico de las letras nacionales: La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, el cual ha cumplido ya 50 años y es el primer tratado que analiza el pensamiento de los antiguos mexicanos en su propia lengua y no con categorías occidentales. Dicha obra ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el ruso, inglés, francés, alemán y checo.

 

En su Alma Máter, la UNAM, ha sido profesor por más de 60 años, desde 1957, en Filosofía y Letras, e Investigador Emérito con antigüedad de 62 años. Es director del Instituto de Investigaciones Históricas y miembro de la Junta de Gobierno. Es editor de la revista Estudios de Cultura Náhuatl. También es miembro de la Academia Mexicana de la Historia, de la que fue director y ocupa el sillón 17; la Academia Mexicana de la Lengua, en la que ocupa la silla 7; del Colegio Nacional, área de Ciencias Sociales, Humanidades e Historia, y cuyo discurso de entrada, La historia y los historiadores en el México antiguo, fue contestado por otro personaje ilustre: Agustín Yáñez.

 

También es miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y del Seminario de Cultura Mexicana. Doctor Honoris Causa por una treintena de instituciones, entre ellas las Universidades de Baja California Sur, Campeche, Guadalajara, Colima, Hidalgo, San Nicolás de Hidalgo Michoacán, Iberoamericana, Metropolitana, Pontificia y, por supuesto, por la UNAM.

 

Entre los premios y distinciones que ha recibido están las Medallas Belisario Domínguez y Eduardo Neri del Congreso de la Unión; 1808 y Carlos Monsiváis, CDMX; al Mérito en Artes de la Asamblea Legislativa; Benito Juárez, Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; Fray Bernardino de Sahagún del Consejo Hidalguense de la Crónica; al Mérito de la Universidad Veracruzana; y Anáhuac en Humanidades. Los Premios Elías Sourasky y Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía del Gobierno Mexicano; Alonso de León por la Sociedad Nuevoleonesa de Historia; Aztlán de Nayarit; Alfonso Reyes de la Sociedad Alfonsina; Juan de Mairena y Francisco Tenamaxtle de la Universidad de Guadalajara; Letras de Sinaloa; Chiapas; Hugo Gutiérrez Vega de la Autónoma de Querétaro; Reconocimiento Especial Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución del Estado de México, por su Labor intelectual, modalidad Ciencia; el Federico Sescosse del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos), sección México. La Orden Caballero Águila y el Antonio García Cubas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Por cierto, por su libro Erótica Náhuatl, recientemente ganó otra vez el García Cubas, en la categoría de Arte.

 

En el extranjero, fue miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos y de la Academia Cubana de la Lengua. Ha ganado premios y ha recibido honoris causa en Estados Unidos, Italia, España, Francia, Polonia, República Checa, Israel, Bolivia, Perú, Venezuela y Cuba.

 

Es importante referir que León-Portilla ha sido autor de cabecera de estudiantes en diversas carreras de nuestra Universidad estatal. De hecho, a principios de los años 90, los alumnos en carreras de Ciencias Sociales, no podíamos avanzar de los primeros semestres sin antes haber leído dos obras fundamentales para entender la historia de México. La primera de ellas es La invención de América, libro imprescindible de Edmundo O’Gorman, publicado en 1958, con el que aprendimos que Occidente debió construir nuevos significados para el continente americano luego del llamado descubrimiento.

 

Pero la segunda obra fue, sin duda, Visión de los vencidos de León-Portilla, piedra de toque de la historiografía relativa a la civilización mexica y la Conquista española, publicada en 1959, en la que aprendimos que si bien los vencedores son quienes escriben la historia, también tenemos la posibilidad de elaborar otra historia, la historia de los otros, los derrotados, que tienen mucho que contarnos. Fue así como no sólo los estudiantes de Historia y Filosofía, también antropólogos, politólogos, comunicólogos, sociólogos, literatos y otros, comenzamos a conocer los escritos de este monstruo de las letras universales.

 

Durante buena parte del siglo XX y lo que va del XXI, León-Portilla nos abrió los ojos a ese gran mundo de la cultura náhuatl que forma parte de nuestras raíces. Un mundo que, como se desprende de las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, los conquistadores debieron destruir luego de amarlo y admirarlo. Es el mundo de los otros, los nativos de estas tierras, que el autor narró en libros como Códices: Los antiguos libros del nuevo mundo; Los antiguos mexicanos a través de crónicas y cantares; México-Tenochtitlan, su espacio y tiempos sagrados; 7 ensayos sobre cultura náhuatl; Aztecas-Mexicas: Desarrollo de una civilización originaria; Toltecáyotl, aspectos de cultura náhuatl; Los franciscanos vistos por el h. náhuatl; Huehuehtlahtolli. Testimonios de la antigua palabra. Y otros…

 

Pero León-Portilla no sólo narró la cosmovisión náhuatl, también aportó conocimientos a las diferentes culturas mesoamericanas y andinas, como en El reverso de la conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas; Tiempo y realidad en el pensamiento maya; Literaturas de Mesoamérica; Literaturas indígenas de México; La California mexicana: ensayos acerca de su historia; En torno a la historia de Mesoamérica; El destino de la palabra: de la oralidad y los códices mesoamericanos a la escritura alfabética; Antigua y nueva palabra: antología de la literatura mesoamericana, desde tiempos precolombinos hasta el presente.

 

Parte importante de su obra versa sobre todo lo relativo al in xóchitl in cuicatl, la flor y el canto, la poesía, lo único verdadero en esta tierra. La poesía se relaciona con la educación de los antiguos mexicanos, la tlacahuapahualiztli, eje de su vida cotidiana. A partir de pláticas de viejos ó huehuetlatolli, y mediante la poesía, los sabios tlamatinime enseñaban a los individuos a desarrollar rostro y corazón, es decir, a humanizar su sabiduría y a querer, a tener libre albedrío y dominio de sí mismos, a ser rectos, a tener personalidad y dignidad. La enseñanza era obligatoria y no había niño ni adolescente que no asistiera a las escuelas, ya fuera el Calmécac o el Tepochcalli.

 

Además, los nahuas tenían un orden natural, antigua regla de vida o tlamanitiliztli, como supremo criterio para juzgar la bondad, la maldad y conducir la convivencia social o el comportamiento al hablar con los semejantes. Ello se contiene en los Coloquios recopilados por fray Bernardino de Sahagún, diálogos sostenidos por sabios sobrevivientes de la Conquista con los primeros frailes franciscanos llegados en 1524, a quienes reconocían legitimidad como representantes de la Cristiandad, pero naturalmente rechazaban su doctrina.

 

Lo anterior lo sabemos gracias a la tesis primigenia del autor: La filosofía náhuatl… Además de que en su extensa obra introduce poemas mexicanos antiguos. Son varios los libros específicos sobre este tema como Trece poetas del mundo antiguo; Quince poetas del mundo azteca; Nuestros poetas aztecas; La tinta negra y roja: antología de poesía náhuatl; y Nezahualcóyotl poesía.

 

Estos libros me recuerdan que León-Portilla también ha elaborado biografías de personajes, entre ellas destacan Bernardino de Sahagún: pionero de la Antropología y Fray Bernardino de Sahagún en Tlatelolco; La huida de Quetzalcóatl; Viajes de Francisco de Ortega: California, 1632-1636; Tonantzin-Guadalupe: Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican Mopohua”; Hernán Cortés y la Mar del Sur; Humanistas de Mesoamérica; La flecha en el blanco: Francisco Tenamaztle y Bartolomé de las Casas en lucha por los derechos indígenas; y Francisco Tenamaztle: primer guerrillero de América.

 

Hablando de Tenamaztle, debo decir que conocer su biografía me impresionó sobremanera. Antes de leer el libro, allá por el año 2008 escuché a don Miguel hablar de este personaje en una conferencia en el Colegio Nacional, con su habitual y rara combinación entre bonachón, serio y efusivo, su voz entre ronca, dulce y pícara: todo un deleite escucharlo hablar.

 

Gracias a él conocimos más a Tenamaztle, quien si bien fue guerrillero, también fue el primer gran defensor indígena de los derechos fundamentales. En sus indagaciones realizadas en Valladolid y el Archivo General de Indias, hasta ese momento nuestro autor no había podido descubrir el destino de Tenamaztle luego de ser enjuiciado por el Consejo de Indias y defendido por Bartolomé de las Casas. Gracias a otros investigadores mexicanos, a inicios de este año nos enteramos que Tenamaztle murió de enfermedad, en pleno juicio, en 1556.

 

De igual forma, he referido al Rey-Poeta de Texcoco, personaje que nos es tan caro a los mexiquenses. En el año 2015, el Fondo Editorial del Estado de México publicó, dentro de la Colección Mayor, el libro Nezahualcóyotl. Arquitecto, filósofo y poeta, joya editorial que, como hemos escuchado, estuvo al cuidado de nuestro amigo Juan José Salazar y ganó el Premio CANIEM al Arte Editorial en la categoría Biografía y Memorias. Es una singular biografía basada en testimonios de códices y escritos antiguos sobre el texcocano, que trata de la grandeza del gobernante con voz de filósofo y poeta, así como de su obra ingenieril y arquitectónica. Pero también trata de los dilemas morales y de las miserias que, como cualquier ser humano, también tuvo nuestro héroe.

 

En el mismo año 2015, el Fondo Editorial publicó El México antiguo en la historia universal, otra joya cuidada por Juan José Salazar y que constituye una especie de compendio y visión global que León-Portilla ha plasmado en su vasta obra sobre el México antiguo. Comienza por ubicar a la gran civilización mesoamericana en el contexto histórico en que, de manera paralela, se desarrollaron otras culturas: egipcia, mesopotámica, india, china y andina. Con ello muestra que Mesoamérica es una civilización originaria con un desarrollo autónomo en la historia universal, aislada de las civilizaciones del Viejo Mundo.

 

Incluye este libro tópicos como la conciencia histórica que tuvieron los nahuas, la existencia de la palabra escrita en códices o amoxtli, herramientas de trabajo indispensables en sus investigaciones; las escuelas y la educación entre los nahuas, de la que ya hemos hablado, sus creaciones literarias y su concepción estética del arte; así como la institución familiar prehispánica, con énfasis en las mujeres, los ancianos y los consejos de los padres a sus hijos.

 

Hay un aspecto que se desprende de este libro y me interesa resaltar. León-Portilla siempre ha agradecido lo que ha podido abrevar de sus propios tlamatinime. Con verdadera modestia menciona a sus maestros, tanto aquellos que leyó como a los que tuvo la oportunidad de escuchar en clases, aunque a casi todos los ha rebasado en importancia y conocimientos. Entre los primeros se encuentran los cronistas de Indias: Sahagún, Durán, Ixtlixóchitl, Chimlpahin, Tezozómoc, Olmos, Motolinía, Torquemada y Hernán Cortés; los novohispanos Francisco Xavier Clavijero y Lorenzo Boturini; los decimonónicos Manuel Orozco y Berra, Alfredo Chavero, Francisco del Paso y Troncoso, Eduard Seler, Antonio de León y Gama; y entre sus contemporáneos están, en primer lugar, Manuel Gamio, su tío, y Ángel María Garibay; otro son Franz Boas, Alfonso Caso, Karl Anton Novotny, Eric Thompson y Yuri Valentinovich Knorosov.

 

Pero tal vez la influencia más decisiva que ha tenido León-Portilla, más allá de las enseñanzas directas de Gamio y Garibay, es la de fray Bernardino de Sahagún, aquel franciscano que investigó y recogió la cosmovisión náhuatl en diversos testimonios con los cuales elaboró el Códice Laurentino, mejor conocido como Códice Florentino, base de su Historia General de las cosas de Nueva España. En un acto de honestidad académica, León-Portilla acepta las críticas que actualmente se llevan a cabo al método seguido por Sahagún, pero también las refuta una a una hasta probar la validez del que se constituye como el más importante tratado de la vida cotidiana mesoamericana.

 

En este sentido, sin temor a equivocarme, observo entre fray Bernardino y don Miguel una línea de continuidad intelectual, mediada por un espacio de cuatro siglos, entre los dos más grandes estudiosos de la historia antigua de México, por lo que León-Portilla se convierte así en un dignísimo sucesor de Sahagún. Decir esto no es poca cosa, ambos son los grandes tlamatinime mexicanos.

 

Insisto en que es imposible referir todos los aspectos de la obra de nuestro autor en esta sucinta revisión. A todo lo anterior debemos agregar, como mínimo, su participación con artículos en libros colectivos, como América Latina en la época colonial; decenas de escritos en revistas como Estudios de Cultura Náhuatl, Estudios de Historia Novohispana e Históricas, por solo mencionar las de la UNAM. Todo ello sin contar sus artículos en periódicos nacionales y extranjeros. Además de innumerables entrevistas en programas radio y televisión, así como conferencias dictadas en diversas instituciones de México y el extranjero, muchas de las cuales han quedado grabadas para la posteridad.

 

Y un último aspecto que quiero resaltar, es esa faceta que León-Portilla ha desplegado, cual si fuera también heredero de Tenamaztle, en la defensa de los derechos de los pueblos indígenas. Defensa que le podemos escuchar en cualquiera de sus presentaciones o leer en sus numerosos escritos, en particular en libros como Pueblos originarios y globalización, e Independencia, Reforma, Revolución, ¿y los indios qué? Tal vez no ha sido una casualidad del destino el hecho de que este 2019, Año internacional de las lenguas indígenas, también se esté llevando a cabo el homenaje nacional a Miguel León-Portilla.

 

Concluyó parafraseando un verso de los Memoriales de Culhuacán de Chimalpahin: en tanto que dure y permanezca México-Tenochtitlán, no acabará, no perecerá la gloria, la fama, de Miguel León-Portilla. Gracias.