Ideario del Orador

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“Hablar en público y hablar bien es un privilegio, pero al mismo tiempo es una
responsabilidad.”

José Muñoz Cota

 

Se ha dicho incansablemente que la palabra es un don, el don sublime y sagrado que ha sido otorgado al ser humano, pero del cual pocos pueden ver su luz y hacerse de ella para refulgir como astros luminosos en medio de la obscuridad. Porque, hablar apreciable lector: es necesariamente existir con luz propia, luz que nos ha sido heredada del universo, pues; como se dice en las sagradas escrituras: “en el principio era el verbo… en Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres… y el verbo habito entre nosotros”.

 

Hablar con virtud y elegancia es el baluarte del orador, de aquel ser que roba astillas de vehemencia racional a las estrellas para convertirlas en saetas de verdad que edifican realidades, que tienden puentes y despiertan en nuestro ser la necesidad de accionar, de construir con palabras los cimientos sobre los que tiempo después, se edificaran las acciones de mejoramiento social.

 

Hablar es entonces para el virtuoso de la palabra como para el aprendiz del verbo, una actitud de entrega, de darse a los demás a través de las palabras como vehículo motor     que lleva nuestros pensamientos y más grandes anhelos. Aquel que decida dedicarse al habla como una actividad profesional, pero por sobre todo como una actividad de utilidad social, debe entender que hablar nos incita a nunca más callar, que la palabra genera compromisos, que cual saeta una vez lanzada la palabra no vuelve a su lugar de origen sin haber logrado su cometido.

 

Hoy más que nunca deseamos que quienes incursionamos en la actividad humana de expandir la palabra, tengamos la obligación de generar congruencia, de edificar nuestra propia reputación día con día, hablar melodiosamente cual embrujo de las sirenas que se postran en la mar, -pero al mismo tiempo- accionando con gallardía para defender nuestra convicción y el anhelo de la colectividad que no puede ser otro que el de su propio mejoramiento en todas las altitudes de su existencia; porque hablar es crecer en estatura moral, es existir en un mundo donde el silencio es la moneda de cambio de las necesidades sociales, hablar sin duda es ser humano, esencialmente humano como señalara ávidamente Horacio Zúñiga.

 

Por eso, es claro que debemos encontrar en nuestro torrente de ideas, la sutileza de la precisión, para acotar con pulcritud que: hablar es acción, que la palabra es verbo en acción, que pasa de la pasividad del escenario donde es bondadosamente desperdigada a la antorcha flamígera que recorre latitudes con el fin de llevar luz, fuego y acción. Porqué la palabra es acción edificadora, que transita los discursos de oropel para tomar formas propias a través de quien con la coherencia de su existencia convierten las palabras para inmortalizarlas en los hechos. Apreciable lector, tal vez coincidamos: la palabra no muere mientras sea dinámica, mientras exista quien le inyecte la sabia de la coherencia, porque la palabra es arrastrada por el viento pero los actos que procura se cincelan en el estandarte de la memoria.

 

Por eso, hombres y mujeres han cruzado el umbral de vida efímera, para tatuar sobre sus nombres el velo de la inmortalidad, pues crearon un discurso de luz que nunca se silencia, que nos sigue recordando que debemos avanzar ¡adelante! como tantas veces pregonara Ricardo Flores Magón. Palabras que aspirar a generar una identidad, porque el hombre debe identificarse con lo que dice, todo discurso antes de ser pronunciado debe ser adoptado por quien lo diserta, quien no cree en lo que dice menos va a propiciar que quién lo escuche lo tome como suyo,  sólo serán palabras mal hilvanadas que son arrastradas por el torbellino de la indiferencia.

 

Seamos conscientes entonces de la gran responsabilidad que tenemos en nuestros labios, nuestras palabras deben ayudarnos a identificarnos con las necesidades sociales, no podemos hablar de nuestro país si no le conocemos, sino lo hemos andado; la palabra como antaño, desde los huehuetratolli hasta nuestros días es un vehículo portentoso que nos permite conocernos y recrearnos, saber de dónde venimos y hacía a donde anhelamos llegar. Eminentemente México es un país que se conoce en su historia, su gente y sus colores por la palabra, porque abrazada de las cenizas de nuestros antepasados, se nos fue tatuando para continuar con la espiral infinita de la vírgula sagrada que no puede ser otra que: la palabra que nos ha sido donada.

 

Hagamos que la palabra inspire, que nos motive a emerger de las profundidades en las que nos hemos querido posar, el orador debe ser el baluarte de inspiración de las nuevas generaciones, encender la chispa que haga arder el incendio de la conciencia nacionalista, que nos ayude a entender que como atinadamente refería el maestro José Muñoz Cota: todos nacemos con un discurso a cuestas, es decir; todos tenemos algo que decir, que las palabras tal vez pueden no descifrar el cumulo de mensajes que en realidad queremos emitir, pero sin duda mucho tenemos que decir.

 

Hoy más que nunca, se necesitan voces sedientas de cultura, que inflamen la garganta con el torrente de luz que emerge desde el fondo de nuestro ser; se necesitan voces que se atrevan a hablar por su país, que sepan defender en tribuna lo que han respaldado debajo de ella, hoy más que nunca se necesitan voces comprometidas con la oratoria, con sus ideales de bien, que pasen del ánimo idealista al ánimo redentor de la verdad, que venzan la indiferencia y que exterminen la simulación, hombres y mujeres de bien que alcen la voz, levantando el índice hacia el infinito para robar el verbo divino que crea y forma, que consume la falta de valor y en su lugar siembra luceros de esperanza.