Indicios escribanos

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A Raúl López Camacho

Sombra y noche es el silenciodía de luz, la palabra.

Constantino Cavafis

 

 

Él, era uno de los tantos maestros que me dieron clase. En el mundo de confusiones de primaria a secundaria, no recuerdo los contenidos de su materia, sin embargo tengo presente una actividad que no esperaba.

 

En su ánimo por variar la dinámica de su cátedra, un día nos llegó con un artículo publicado en el Sol de Toluca. No tengo retentiva de cómo lo leímos; si por turnos, en voz alta o por fragmentos. Lo que sí me quedó grabado, fue el momento en que nos empezó a preguntar qué entendíamos del escrito.

 

No sé los demás, pero yo no encontraba ni pies ni manos en la comprensión del texto litigante de política que ofreció a mis ojos. De lo que cobré conciencia fue del nombre de mi maestro de Sociales y que, lo que vivimos se puede escribir. Este fue mi primer acercamiento a la noción de ser escritor y los alcances que tenía divulgar lo que pensamos.

 

La segunda ocasión que nos llevó el periódico, la experiencia lectora fue distinta a la imaginación. Recuerdo perfectamente el relato de unos quince años: me atrapó de principio a fin. Tengo presente cada uno de los momentos de la fiesta así como los colores de la narración que iba platicando.

 

Me llevó a los preparativos de la celebración, al arreglo de la imagen de la cumpleañera regordeta como al desenlace del típico padrino borracho que, además de dar un larguísimo discurso ininteligible por los efectos del alcohol, arremetía con toda torpeza sobre el pastel.

 

El haber asistido a la fiesta a través de su narrativa fue algo que, en mi mente de adolescente, me permitió el goce de la escritura.

 

En ese momento me cayó el veinte de lo que se puede hacer con lo que observamos, con lo que vivimos, con lo que sentimos.

 

Cuando llegué a casa, fui a la papelería por un cuaderno y ahí inicié un diario personal que, a la fecha, se ha convertido en un seguimiento de propia vida desde las diferentes experiencias que ésta me ofrece. Cualquier cosa que cimbra mis ojos interiores, es plasmado sobre líneas de manuscrito que me remiten a lo vívido de olores, sabores y sensaciones.

 

Tengo hojas sueltas, cuadernos acumulados en el librero, carpetas de textos iniciados, servilletas viejas y notas en el teléfono que, a veces, se han convertido en textos publicables. Yo no sé qué alcance tengan mis palabras, sé que las comparto sin esperar nada a cambio.

 

Quizá el Maestro Raúl ni me recuerde, quizá la permanente muerte conviva con él. Sé que en ese rincón de la juventud primera, el universo que obsequió a través de un Maestro, mis indicios escribanos.