Infinita

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Dentro de esas cuatro estrellas,

a los ojos de ese camaleón de luz que

se embriaga en los latidos de la noche,

repta una serpiente vagabunda.

 

Con la boca a medio abrir deja entrar al tiempo,

con el pecho medio roto la recibo yo.

Se confunde el cielo con su piel de escamas

y la envuelvo con mis brazos infinitos.

 

Muerde un labio sin que yo la sienta,

muerdo el suyo y no me deja –no me quiero– ir.

A ciegas, en su madriguera descubro lo profundo

de mi herida.

 

Su veneno escurre de mi lengua y de mis dedos.

Me contento con mi sangre enamorada.

Despierto con la estela de su aroma

y me cubro el cuerpo con el velo de su ausencia.