Instituto de Ciencias y Artes

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Bienaventuradas sean las instituciones educativas que nacen para abrir los ojos a su juventud. Para darles oportunidades de ser diferentes en el mundo en que han nacido. Si queremos tener en cuenta la importancia de lo que es un centro de educación en la vida de un hombre o una mujer hay que pensar lo que el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca fue para el alumno Benito Pablo Juárez García. De no haberse fundado por las leyes que diputados y senadores aprobaron para sacar del oscurantismo a la capital oaxaqueña, seguramente no hubiera sido posible tener a un Don Benito Juárez siendo el Benemérito de las Américas. Volvamos a las palabras de Juárez en su texto biográfico Apuntes para mis hijos … a los miembros de aquel Congreso fue el establecimiento de un Colegio civil que se denominó Instituto de Ciencias y Artes, independiente de la tutela del clero y destinada para la enseñanza de la juventud en varias ramas del saber humano, que era muy difícil aprender en aquel Estado donde no había más establecimiento literario que el Colegio Seminario Conciliar, en que se enseñaba únicamente la gramática latina, filosofía, física elemental y teología; de manera que para seguir otra carrera que no fuese la eclesiástica o para perfeccionarse en algún arte u oficio era preciso poseer un caudal suficiente para ir a la Capital de la Nación o a algún país extranjero para instruirse o perfeccionarse en la ciencia o arte a que uno quisiera dedicarse. Para los pobres como yo era perdida toda esperanza.

 

Palabras duras y crueles las últimas: Para los pobres como yo era perdida toda esperanza. Juárez no se hizo en el mundo de la clase media, lo sabemos, pero no lo valoramos suficientemente, y negamos tantas luchas que tuvo que enfrentar para alcanzar nuevas metas académicas y profesionales. Escribe en sus memorias: Al abrirse el Instituto en el citado año de 1827 el doctor don José Juan Canseco, uno de los autores de la ley que creó el Establecimiento pronunció el discurso de apertura, demostrando las ventajas de la instrucción de la juventud y la facilidad con que ésta podría desde entonces abrazar la profesión literaria que quisiera elegir. Sus palabras hablan del nacimiento que abre puertas al conocimiento, a un cambio de mentalidad y a los jóvenes que les da oportunidad de iniciar nuevos rumbos en su vida más allá del Seminario.

 

Al pensar cuáles fueron en el siglo XIX las instituciones de cultura y educativas que transformaron la educación en tierras mexiquenses, me vienen a la mente sólo dos: el Instituto Literario de Toluca, que nace el 3 de marzo de 1828, es decir un año después del oaxaqueño, y la Biblioteca Pública Central. Esas dos instituciones ven pasar a los mejores alumnos e investigadores que formaron el mundo de nuestra pedagogía y de la riqueza cultural que hizo fama en el país con respecto a otras entidades que mucho más tarde despertaron y rompieron las cadenas de una vida educativa que no iba más allá de aprender a leer y escribir con fines clericales.

 

Surgidos como centros liberales de la educación fueron inmediatamente atacados por los conservadores y reaccionarios. Por eso a la llegada de los gobiernos nacionales por parte del conservadurismo: por eso es tan mal recordado en sus gobiernos Antonio López de Santa Anna, pues cada que llegaba cortaba todo tipo de apoyos a tales institutos, y se les atacaba corriendo a sus mejores educadores. El recuerdo sobre el Instituto Literario de Toluca, no nos hace olvidar que José María Heredia y Heredia, y en particular el magisterio de Ignacio Ramírez El Nigromante, viviendo en la capital del Estado de México era vista como la presencia del demonio en persona. Así se le atacaba en público.

 

Lo que le sucedió al Instituto de Ciencias y Artes en Oaxaca fue lo mismo que vivieron las escuelas que revolucionaron la educación en el país, así los institutos o preparatorias como lo fue en Zacatecas, Chihuahua y Jalisco. Todos éstos de propuesta liberal y republicana que sólo buscaban dar nuevos conocimientos a los jóvenes de aquellas épocas de inicio de libertad y búsqueda de igualdad entre los mexicanos. Nos cuenta Juárez, y en sus palabras podremos pensar que exactamente sufrían en las entidades, que he señalado, sufrimientos y persecución en verdad groseras y soberbias por aquellos que, en tales lugares, habían hecho del monopolio educativo sólo espacios del analfabetismo funcional y el sectarismo religioso.

 

Escribe Juárez: … Desde aquel día muchos estudiantes del Seminario se pasaron al Instituto. Sea por este ejemplo, sea por curiosidad, sea por la impresión que hizo en mí el discurso del doctor Canseco, sea por el fastidio que me causaba el estudio de la teología por lo incomprensible de sus principios, o sea por mi natural deseo de seguir otra carrera distinta de la eclesiástica, lo cierto es que yo no cursaba a gusto la cátedra de teología, a que había pasado después de haber concluido el curso de Filosofía… me pasé al Instituto a estudiar jurisprudencia en agosto de 1828.

 

Prosigue: El Director y catedráticos de este nuevo establecimiento eran todos del partido liberal y tomaban parte, como era natural, en todas las cuestiones políticas que se suscitaban en el Estado. Por esto y lo que es más cierto, porque el clero conoció que aquel nuevo plantel de educación, donde no se ponían trabas a la inteligencia para descubrir la verdad, sería en lo sucesivo, como lo ha sido en efecto, la ruina de su poder, basado sobre el error y las preocupaciones, le declaró una guerra sistemática y cruel, valiéndose de la influencia muy poderosa que entonces ejercía sobre la autoridad civil, sobre las familias y sobre toda la sociedad. Llamaban al Instituto Casa de prostitución y a los catedráticos y discípulos herejes y libertinos. Los padres de familia rehusaban mandar a sus hijos a aquel establecimiento y los pocos alumnos que concurríamos a las cátedras éramos mal vistos y excomulgados por la inmensa mayoría ignorante y fanática de aquella desgraciada sociedad. Muchos de mis compañeros desertaron, espantados del poderoso enemigo que nos perseguía. Unos cuantos nomás quedamos sosteniendo aquella casa con nuestra diaria concurrencia a las cátedras.

 

Tiempos aquellos de gran dificultad, contado todo ello en primera persona. Benito Juárez no es resultado del bienestar y del pago de sus estudios porque sus padres estaban presentes y con su dinero le pudieron sostener los estudios en la capital oaxaqueña, o en la ciudad de México que él vino a conocer dentro de los avatares terribles de un país que no descansó nunca hasta que no lo oprimió la bota y bayoneta del dictador Porfirio Díaz y sus jefes políticos.

 

Todas sus huellas son reflejo del país. Nada hay que se esconda a lo que la nación es. No extraña que los conservadores le nieguen méritos. El estudio de su vida comprueba los retos constantes que tuvo. Sin descanso su conciencia mantenía el barco ante la tormenta con la proa por delante, sin medrar en sus esfuerzos por lograr la victoria. Sí, Guillermo Prieto hizo bien —hecho histórico— al gritar con valor y fuerte: ¡Los valientes no asesinan! ante el pelotón, cuando estaban a punto de fusilar al Benemérito. Hubo siempre sustos en la vida del legendario mexicano. Hoy respetado en muchos países: no debemos olvidar nunca que junto a liberales y reformistas lucharon contra el imperio francés, logrando una proeza que es bandera de los pueblos que defienden lo suyo en el mundo entero: al derrotar la soberbia europea fusilando a Maximiliano, se dejó huella que los pueblos oprimidos saben tomar cono ejemplo de su libertad y defensa de su soberanía.