INTERNET… ¿TÓXICO?

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El poder de la información y el conocimiento representa un cliché en la época contemporánea como un baluarte que en apariencia es asequible para cualquiera en la era de la información.

Internet, como se ha reiterado, ha llegado a revolucionar nuestro entorno. Esta tecnología por sí misma ha logrado replantear quiénes somos y a dónde vamos, a pesar de que su adopción se ha normalizado como parte de nuestras vidas.

Hace ya más de quince años, cuando en mi acercamiento inicial al “Derecho Informático” se hablaba de una materia de estudio propio, no se dimensionaba que en verdad resultara necesario un derecho de las nuevas tecnologías, así como del manejo de la información y los requerimientos inherentes a su seguridad.

Sin embargo, llegó internet y con su uso, una nueva serie de cuestiones que surgieron paralelamente a la forma en la cual nosotros como usuarios entendíamos y nos capacitábamos en el uso de esta nueva tecnología, que en el estadio actual de la conectividad a través de smartphones, internet de las cosas y economía colaborativa, el día de hoy nos plantea un panorama definido, así como una perspectiva vertiginosa de las nuevas aplicaciones y tendencias tecnológicas como una materia de estudio propio.

Así, las problemáticas sociales asociadas a las tecnologías han surgido como fantasmas que merodean la conciencia colectiva como tabús, denuncias anónimas o gritos desesperados en el abismo, entre las cuales destaco la toxicidad de internet, que más allá de su presencia etérea empieza a conformar una entidad quimérica con una naturaleza definida.

Como muestra reciente, el pronunciamiento de Aristóteles Núñez que en su publicación de cierre de cuenta de Twitter acusó a las redes sociales de tóxicas; así como Umberto Eco cuando refirió que las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad, pero que rápidamente podían ser silenciados, sin embargo ahora, tienen el mismo derechos a hablar que un Premio Nóbel, catalogando a ese fenómeno como “la legión de los imbéciles”.

No pretendo equipar lo dicho por el ex Jefe del SAT con el animus de Umberto Eco, precisando que ni uno, ni otro -desde mi perspectiva-, representan un desplante despectivo, discriminador ni mucho menos clasista, pero sí destacar la coincidencia de un análisis fenomenológico a raíz de sus propias experiencias con el entorno digital, que han de encontrar muchas aproximaciones por parte de quienes somos usuarios de redes sociales.

Como he referido en colaboraciones anteriores, la identidad digital se encuentra en proceso de definición, sin embargo, existen ciertos principios inherentes al desarrollo tecnológico que nos han permitido aproximarnos al deber ser de nuestra vida digital. Tal es el caso de la neutralidad en internet, que más allá de ser un discurso en pro de la libre competencia, también se ha posicionado como un requerimiento para la libertad de las personas en el ámbito digital y una sana convivencia.

Neutralidad de internet que se traduce en la neutralidad de cualquier herramienta tecnológica, siendo inclusive un principio aplicable a la noción de sistemas, en el entendido de que estas plataformas solamente son el medio para lograr un fin, y precisamente, el contenido y uso que se le aporta a estas plataformas constituirán los insumos fundamentales para la obtención de resultados de valor.

Por ello, si en apariencia las redes sociales son tóxicas, no lo es porque los algoritmos empleados por las empresas o las plataformas en sí mismas lo sean, sino porque estas plataformas lo único que arrojan es la toxicidad presente en el ámbito social, teniendo presente también que esas voces no son las únicas, como de la gran mayoría que con su identidad digital están presentes en esos medios, que en gran parte de las ocasiones prefieren quedar callados.

Por tanto, si bien es cierto que no se puede generalidad en torno a la toxicidad de dichas plataformas, también lo es que la injerencia de esos factores tóxicos comienza a envenenar las relaciones que surgen a partir de las mismas, y en ello, identificamos una serie de hechos derivados que corrompen los demás procesos que también ocurren en internet.

En esa inteligencia, a través de la democratización de las tecnologías regresamos a un estadio inicial de las relaciones naturales, en las cuales la ley del más fuerte o la mayoría prevalece sobre la legalidad, la ética o el civismo, basadas en circunstancias que nada tienen que ver con el progreso derivado de un pacto social.

Así, como en el ámbito de los derechos fundamentales y la concepción tradicional de Estado esas fuerzas han tenido que ser equilibradas de manera artificial, el entorno digital encierra diversos planteamientos para reformular un pacto, pero en esta ocasión de manera global y sustentable.

Sin embargo, mientras esa definición empieza a tomar rumbo, la defensa de la neutralidad y de la voz de todos resulta fundamental para determinar los límites y características deseables en el entorno virtual denominado ciberespacio, con la única finalidad, de velar por la defensa y representatividad de todas y todos.

Esto es así, puesto que las herramientas y su carácter neutro van mas allá de una posición dicotómica, ya que así como existen gobiernos intervencionistas que pretenden influir en las decisiones y determinaciones de los pueblos a través de la artificialización de las opiniones en medios sociales, también el procesamiento masivo de la información o Big Data, nos puede ayudar a controlar enfermedades, mejorar la calidad y bienestar de la población, e inclusive, evitar nuestra propia destrucción y extinción.

Por ello, cuando en éste o diversos espacios se pone bajo la lupa a las grandes empresas que predominan en internet, no es porque sean buenos o malos, porque los recursos o el capital deban o no estar en sus manos, sino porque esta hiper conectividad ha puesto de manifiesto nuestra dependencia de los demás por encima de nuestra fragilidad, lo que exige esa democratización tecnológica de nuestro futuro común.

En ese entendido, si a Google se le cuestiona sobre su posición frente a la libertad de expresión; a Facebook sobre la ética de las conexiones y operaciones que se realizan en dicha plataforma; a Amazon, por su responsabilidad social y medioambiental; a Twitter, por su posición ideológica y política; y, a Microsoft, por su modelo de negocio y responsabilidad; entre tantos otros casos; no es por intereses golpistas en contra de sus negocios, sino porque la conciencia colectiva he identificado que su papel va mas allá que en el de una simple empresa, y por tanto, como cualquier proceso de higiene social, ha empezado a desechar la basura.

Proceso de limpieza que llevará implícito un nuevo cúmulo de revoluciones, pero que empieza a generar de manifiesto la necesidad de erradicar este tipo de fantasmas, puesto que como se ha planteado, si dejamos que los medios digitales se llenen de basura, éstos solamente generaran efectos tóxicos.

Sin embargo, será usted apreciable lector quien tendrá la última palabra en estos medios digitales, no obstante, me sumo a las voces en las cuales esperamos que personas como Aristóteles Núñez no se callen, puesto que aportaciones valiosas como las suyas generan el equilibrio entre los diversos puntos de opinión que circulan en la red.

Hasta la próxima.