Juan y la tarde

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El día anda como con un bastón, como con reuma en las piernas. Es como un viejo que carga un costal pesado en la espalda, obligado a cruzar  con su paso arrastrado este valle. De verlo, uno piensa que no llegará al otro lado.

Así se siente

Del costal cae la tarde como por un agujero pequeño, apenas visible, por el que no pueden chisparse completas las horas. Nomás van cayendo moronas de tiempo, regándose entre la hierba, hundiéndose en la tierra para volver a nacer una y mil veces.

Ese viejo bien lo sabe: voy a verte apenas su paso te delate en el lindero de las flores. Bien que sabe y por eso se hace mula, dando vueltas por aquí y por allá, frente a mi nariz desesperada. Sabe que estas ganas de verte no son de hoy ni de ayer nomás, sino de hace mucho, y por eso yo creí que jugaba. Hasta que vino una mujer cara de hueso, envuelta en aire helado y me susurró, entumiéndome la oreja, que tú ya no vendrías.