Juegos pirotécnicos

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Hace mucho tiempo me animé a saltar. Tenía varios días mirándola desde lejos, sin hablarle. Su nombre era desconocido para mí; mi chinita le llamaba en mis adentros. Un buen día di ese brinco al vacío que se da en las cosas del amor. Y qué más sería sino amor, ese sudor en las manos, el tambor machacante en el pecho, la sangre como río en la cara, la lengua y los labios de piedra, la incapacidad de mover correctamente las extremidades.

Recuerdo que en la noche del 15 de septiembre la invité a cenar al centro. En medio de la multitud veíamos, abrazados, elevarse la pirotecnia y romperse sus colores en el cielo. Nos dimos el primer beso y sentí alzarme en el aire como los crisantemos y explotar igual en mi interior, mientras los castillos pintaban en lo alto las caras de Hidalgo, Morelos y doña Josefa. Yo los amaba y la amaba a ella y lo amaba todo alrededor.

Después de cenar pambazos y tostadas la acompañé a su casa, pero se arrepintió y no quiso entrar, entonces regresamos al bullicio y ya llegada la mañana fue a dormir. Nos vimos por la tarde y dos días consecutivos más. Íbamos al parque y a caminar por ahí, a tomar las calles oscuras para besarnos a nuestro gusto. El jueves vendría a cenar a mi casa, pero ese jueves fue terrible. Un estrepitoso salto nos sorprendió por la mañana. La ciudad, al igual que el crisantemo, se desvaneció en el aire y ya nadie supo nada.