Julio, El juego y yo

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Julio Cortázar, el rebelde lingüístico, el hacedor de túneles del tiempo, aquel de la interrogación constante, se recrea en su fórmula lúdica. La dimensión del juego comienza cuando un joven accede a la literatura cortazariana, pongamos por ejemplo, el ejemplo de una preadolescente, doce años, leyendo en la soledad de su rincón preferido, las historias de Cronopios y de Famas, aprenderá con humorismo que las personas son animalejos húmedos, secos o correosos, irá por el colegio diciéndole a sus compañeras que sabe las instrucciones para dar cuerda al reloj, para subir una escalera, o del comportamiento en los velorios.

Ese sería el mejor de los casos, en otros, la misma joven se enfrentará al laberíntico magma temporal de El perseguidor y leerá repetidamente la misma frase Dedee me ha llamado por la tarde, diciéndome que Johnny no estaba bien, o el epígrafe de La noche bocarriba: Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos. Entonces esta chica, seguirá creciendo hasta donde su genética le permita la estatura y descubrirá Lugar llamado Kindberg y la temible Carta a una señorita en París con sus cientos de conejos por el departamento, momento en el cual estará irremediablemente, perdidamente, enamorada de una sintaxis que le costó  ordenar durante horas con el diccionario en mano, vivirá la vida de esos personajes atormentados, subversivos, alterados.

Si la narración se destina a la ficción, si un cuento debiera ser el principio y el fin, alfa y omega de una creación ordenada, Julio Cortázar, lo trastoca todo, el tiempo, el destino, y en el colmo de los males: el amor. Casi todo Cortázar es un agridulce devenir de lo trágico en amoroso, sujetos, personajes, ánimas que se apoderan de lo psíquico de los lectores;  Rayuela desordenada, y luego acomodada en sentido cronológico u alineada alfabéticamente, entre el De aquí y de allá. Talita siendo La Maga, Horacio muriendo de ausencia sin que nadie lo note.

A Julio, la aventura de sus textos le conformaba una carta de presentación un tanto adolescente, de infancia no concluida, como un surrealista incomprendido de múltiples capacidades, infinitos vínculos con lo singular. Esto explica por qué los jóvenes de todos los tiempos desde él, han acogido su literatura.