JUSTICIA, UNA NECESIDAD HUMANA

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“Si la justicia existe, tiene que ser para todos; nadie puede ser excluido,

de lo contrario ya no sería justicia”

Paul Auster

 

Existe en la sociedad moderna una serie de cuestionamientos respecto a lo que es correcto, a la aplicabilidad de postulados que han pasado de ser universales e imperecederos a ilusiones pasajeras; sobre los que se ha depositado el lastre de: principios idealistas alejados de la realidad. No podemos negar que la humanidad evoluciona, pero existe algo que no cambiará sin importar el paso del tiempo o la ubicación geográfica: los valores morales del hombre, que son en esencia, la causa de subsistencia armónica en sociedad.

 

En efecto, la consecuencia al incumplimiento de las normas de conducta moral no puede ser otra más que el descredito social, y esto tiene una influencia mayúscula en la sociedad, pues es a través de estas normas de carácter moral; que el ser humano se auto limita y se conduce por el camino de lo ético, de lo políticamente correcto e incluso va gestando su propia ciudadanía, como un carácter cívico que nos da civilidad, lo que evidencia una muestra palpable de la importancia que tiene la cultura en la humanidad; entendida esta como el legado de nuestro paso por el mundo y adoptando la civilización como fruto del esfuerzo en el ser humano por lograr su propio engrandecimiento.

 

En el entramado de las nuevas concepciones ideológicas de la humanidad se habla de igualdad, equidad y paridad de género; se habla del lenguaje incluyente, de otorgar una lucha más férrea al acortamiento de las barreras que limitan el desarrollo humano en la sociedad; se menciona constantemente que debemos propiciar condiciones para lograr que el ser humano se desarrolle en el orbe de todas sus potencias, pero ya no se educa en las escuelas sobre los valores elementales de la humanidad, incluso se aperturan debates sobre si el rol protagónico de la educación corresponde a la familia o la institución educativa.

 

En suma, se habla de roles dinámicos que permiten abonar una nueva concepción humana; en donde no existen más limitantes que las auto aplicadas por el ser humano, pero estamos cayendo en el oscurantismo de los principios elementales de la convivencia humana. Las nuevas generaciones han aplicado una desvalorización a los dogmas de la convivencia social: la religión que en su momento fue síntesis de educación para el mejoramiento en el ser humano ahora está cayendo en la banca rota del descredito, sin importar su denominación religiosa, el ser humano pretende romper las cadenas que supuestamente lo subyugan para adentrarse en el fantástico mundo del empoderamiento.

 

Justo en el motor de nuestros frenos morales se encuentran los valores universalmente válidos, que no admiten contraposición por ser reconocidos como normas de conducta moral y socialmente aceptadas. Dentro de estos tópicos encontramos a la “Justicia” como una aspiración humana, que persigue la consecución de una sociedad más armónica, en donde haya un reparto equitativo de derechos y obligaciones; Justicia, una palabra muy empleada por los abogados y los operadores del Derecho, pero que no se encuentra supeditada a la práctica forense del derecho; sino que va más allá, en nuestra vida cotidiana constantemente se emplea esta palabra para referenciar la consecuencia y defensa de lo que la sociedad considera es legítimo en los intenciones del ser humano.

 

Sin embargo, el término justicia tiene una connotación eminentemente subjetiva, en donde los juicios de valor toman relevancia mayúscula, pues lo que para alguien es justo, pero para otra persona puede no serlo, y esto se debe a que estos valores son adaptados de acuerdo a nuestra propia conveniencia e intereses, lo cierto es que lo mismo que la verdad, la justicia es la misma en México que en China. La gran diferencia está en que tan dispuestos estamos a aceptar las consecuencias de su aplicación en nuestra propia vida.

 

Ante ello, recordamos con el jurista Ulpiano el apotegma con que referenciaba a la justicia: “Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi; «La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar (conceder) a cada uno su derecho»; ante ello surgen las interrogantes en el estudioso del Derecho, respecto a ¿Quién determina el derecho de cada cual?, ¿Quién es el encargado de hacer que se cumpla con la justicia? y así, nos topamos con una realidad latente, el Derecho procura la justicia entre la sociedad, pero hay ocasiones en que la voluntad en el hombre se corrompe.

 

Lo mismo pasa en la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles, donde define que la justicia es: “dar trato igual a los iguales y trato desigual a los desiguales”, ante lo cual estaríamos atentos a la descripción que en el plano de igualdad se pone al ser humano. Sin embargo; el ser humano a lo largo de su historia siempre ha buscado el alcanzar y aplicar la justicia, luchar por que las virtudes del hombre tengan síntesis en su humanidad. Por ello, surge un paradigma de nuestra modernidad, regresar al humanismo, rescatar la esencia de lo humano, preponderar el valor de nuestra dignidad humana. Esto es así: el humano debe dejar de ser “el lobo del hombre”, para convertirse en el pináculo de las virtudes de quienes le rodean.

 

Hombres y mujeres en nuestros días buscan que la verdad aflore soberbia, que tenga una respuesta taumaturga a los anhelos de excelsitud en la humanidad, que fulgurante transforme nuestro destino; pues quien obra con la verdad, aspira a la magna obra del ser humano: la búsqueda del bien, el perfeccionamiento de su especie y en efecto, quien busca el resplandor de la verdad termina por trabajar por un mundo justo, equitativo y equilibrado.

 

Es entonces la justicia, una necesidad que debe ser palpable en nuestros actos, procurando el engrandecimiento del ser humano, fomentando que en nuestros días se hable menos de opacidad, corrupción, nepotismo y tantos males que aquejan no solo a las instituciones públicas sino a la sociedad en su conjunto; debemos reeducarnos en el plano de la búsqueda constante de los valores, propiciando que nuestra idea alcance como una chispa el pebetero de la conciencia humana. Todos queremos un mundo más justo, el eje central está en saber cuál es nuestro parámetro de búsqueda; definiendo los resultados tangibles de alcanzar la justicia, para no repetir el círculo de nuestra historia y proclamar ante el pueblo la gallarda agonía de la defensa pretoriana para Jesús de Nazaret: “Justicia, Justicia para este hombre”.