La apacible Toluca al inicio de la Revolución

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[email protected]; Facebook: Rodrigo Sánchez; Twitter: RodrigoSanArce

 

Decía el Profesor Mosquito que el Estado de México no fue a la Revolución. La Revolución vino al Estado. Es muy cierto este dicho: mientras el norte del país era incendiado por revolucionarios a partir del 20 de noviembre de 1910, nuestra entidad vivía muy tranquila en los últimos tiempos del Porfiriato.

 

Dos meses antes, Toluca disfrutaba las fiestas del Centenario con bombo y platillo. Había venido el enviado especial de España, el marqués de Polavieja, acompañado de su hija María de los Ángeles, a presenciar desfiles, combates de flores, bailes en palacio, obras en el Teatro Principal, inaugurar obras…

 

Cada vez que don Porfirio pedía informes al gobernador Fernando González     –hijo del presidente manco Manuel González, compadre del viejo dictador–, el parte siempre era sin novedad. Los ricos hacendados y la clase acomodada estaban más ocupados en sus boatos, en visitas de obispos y nuncios papales, en concursos de belleza y en festejar al héroe de la paz, don Porfirio.

 

Encima, por estos lares no tuvo tiempo de llegar Francisco I. Madero durante su campaña política desplegada por el país en 1910. De hecho, el apóstol de la democracia había sido encarcelado desde principios de junio. De la cárcel sólo saldría al exilio gringo y a levantarse en armas con su Plan de San Luis.

 

Pero Toluca seguía inmutable: había un silencio ominoso y se hablaba de paz. Las noticias no corrían tan rápido como lo hacen hoy y a veces se impedía el flujo de información. Así son las dictaduras. Tal vez el gobernador González, que seguía reportando sin novedad, como el hombre más poderoso de la entidad era el único que pudo haber sabido algo, pero prefería hacer mutis.

 

Esta dinámica informativa y el papel de los medios lo analizó a fondo el escritor y periodista michoacano José Ángel Aguilar en su libro La revolución en el Estado de México (GEM, 1987; edición que, por cierto, estuvo al cuidado de nuestro editor Ricardo Garduño). Nos platica que el norte estaba incendiado y en el Estado de Morelos, los zapatistas levantaban a las comunidades en contra de los hacendados azucareros, al tiempo que avanzaban hacia Guerrero.

 

No sería sino hasta el mes de abril de 1911, cuando Zapata había tomado ya el mando de la revolución suriana a raíz de la muerte de Pablo Torres Burgos, que sus huestes por fin entran a tierra mexiquense por el sur y las noticias sobre la guerra comienzan a conocerse en nuestra apacible ciudad capital.

 

Los zapatistas ocuparán las tierras mexiquenses de los volcanes Popo e Izta, desde Ecatzingo hasta Chalco. Ocuparán también la Tierra Caliente del sur, desde Ocuilan hasta Temascaltepec. Con todo, será hasta diciembre de 1914 que los zapatistas, al mando de los generales Francisco Pacheco y Genovevo de la O, por fin entren a Toluca e impongan como gobernador a un joven médico de 21 años: Gustavo Baz Prada. Pero esa es otra historia.

 

Mientras tanto, la tranquilidad parecía reinar en Toluca. El Profesor Mosquito recoge el testimonio del periodista Germán Vilchis, respecto a la paz de los sepulcros que se cernía sobre la capital en los albores de la Revolución:

 

Durante los últimos años de la opresiva paz porfirista, nuestra ciudad cobra su perfil político dentro del gran feudo extendido de uno a otro confín de la República. Los días se deslizaban monótonos en la calma gris de la provincia, dando a las gentes su tono grave y circunspecto. No se escuchaban públicamente voces airadas de las víctimas, los mensajes promisores de los videntes, ni el apasionado verbo de los apóstoles; tampoco ocurrieron insurrecciones ni motines agoreros, la tenebrosa sombra de don Porfirio se imponía sobre las conciencias como una deidad olímpica, vengadora y terrible en un mundo de espíritus abatidos.

 

No obstante, era ésta una calma chicha pues en Toluca ya había personajes que secretamente simpatizaban con las ideas de los hermanos Flores Magón, que recibían y circulaban periódicos como Regeneración y El Diario del Hogar de Filomeno Mata y, de forma natural, en tiempos posteriores se adhirieron a la causa maderista contra el viejo dictador aferrado al poder.

 

El grupo lo encabezaba el liberal Valente Enríquez, seguido de hombres como el profesor Cirilo T. Cancelada, el pintor Ildefonso Velázquez, el poeta Heriberto Enríquez, Leodegario Arce, los doctores José de la Serna y José Guzmán, los abogados Leopoldo y Gustavo Vicencio, Enrique Enríquez y Eduardo González Pichardo, el notario Francisco de P. Castañeda, el famoso escritor Leopoldo Zincúnegui Tercero, el sastre Lucio Sánchez y el electricista Aureo Garcés.

 

Hay más nombres de personajes antirreeleccionistas, incluyendo mujeres y jóvenes, muchos de los cuales conspiraron en una casa de la calle Josefa Ortiz de Domínguez. Pero por esta ocasión es suficiente, ya habrá tiempo de referir todos esos nombres para hacerles justicia. Terminaré diciendo que de la conjura sabía el gobernador, pero jamás se tomó la molestia de importunarla. Le restaba importancia y estaba seguro de aplastarla cuando quisiera.

 

Es así como Fernando González se afanaba en mantener la calma en Toluca, pero no duraría mucho tiempo más como gobernador: se fue en mayo de 1911 junto a su amado presidente, don Porfirio. Y aunque la revolución no había llegado a Toluca, de todos modos lo alevantó y se lo llevó para siempre.