La enseñanza de la palabra

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“La elocuencia es la señora de todas las artes”

Tácito

 

La palabra tiene la formula redentora de la humanidad, por ella misma; la humanidad se humaniza, es la palabra el puente luminoso por donde transitan las ideas. Es por la palabra que el hombre se transforma, trasciende y se empodera de su entorno, pues; si con el aire el ser humano existe, es con la palabra como el ser humano se expande en todas las potencias de su ser.

 

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de dialogar con profesores del Estado de México sobre la formación que debe inculcarse en materia de Oratoria, viéndose a esta mas allá de la bella arte de hablar en público para convencer y conmover con impacto y persuasión; y las grandes interrogantes de esta charla fueron: ¿cómo enseñar a un joven a hablar? ¿qué técnicas son las más apropiadas para ser reproducidas por el alumnado a la hora de hablar en público? Y como podrás imaginar amigo lector, hubo diversas aristas de respuesta a estas interrogantes.

 

Es evidente que en la actualidad existen diversas escuelas, cursos y/o talleres que auspician el desarrollo de técnicas que nos permiten aprender a hablar en público, sin embargo; esto ha desembocado en que existan desde los métodos tradicionales de enseñanza en el campo de la Oratoria, hasta sus derivaciones; que pretenden incluir las bondades de los adelantos tecnológicos como un apoyo al momento de hablar ante el auditorio.

 

Atrás quedaron los tiempos en donde en los planteles de educación básica se nos preparaba para leer una efeméride, dar un mensaje o ser maestros de ceremonias, de manera técnica o más bien mecanizada, hoy; los jóvenes de nuestros días creen poco en la utilidad real de la palabra, en la eficacia que tiene un mensaje contundente, en las ventajas o desventajas de participar en un concurso de Oratoria o declamación, máxime si se toma en cuenta que quienes en ocasiones son designados como representantes para hablar en público son los menos interesados en hacerlo y simplemente “lo hacen”.

 

Mucho se ha rumorado sobre la importancia de la comunicación oral en la humanidad, en el sentido e importancia de la palabra hablada: en el qué si es necesario o no hacer de la Oratoria una materia obligatoria y curricular en los planes de estudio. Muchos saben hablar, pero no saben comunicar y los escalofriantes resultados se pueden justipreciar en el desempeño profesional; en la actividad política y en la construcción de liderazgos que necesariamente tienen que proyectarse en la sociedad. Hacen falta voces que se atrevan a retar a su destino y puedan ser pronunciadas diáfanas y cristalinas para denunciar verdades.

 

El debate se centra evidentemente en si se debiera enseñar el arte de la Oratoria a todos o no, o si la Oratoria se convierte en un arte de masas o es un arte selectiva y en algunos casos elitista; esto tendrá que ver necesariamente en el aspecto practico, con el desarrollo de competencias y la formación pedagógica. Si bien, no debe obligarse a un ser humano a prepararse para disertar en público a través de la competencia (concursos); lo cierto es que lo se les debe inculcar, es la necesidad de prepararse para poder hablar correctamente en un auditorio como parte de su necesidad humana de formación básica.

 

Y es que, se ha combatido la obligatoriedad de que el conocimiento se memorice y no se analice, que por supuesto tiene sus alcances en la Oratoria; pues ya Aristóteles en su obra: “Retorica” nos marca los pasos para el correcto desarrollo de una disertación, señalando la necesidad de memorizar un mensaje para después poder decirlo correctamente ante un público; y es aquí donde entra el derrumbe de los mitos, pues: no siempre una persona que sobresale en el aspecto académico tiene las herramientas necesarias para hablar en público y viceversa, no siempre el que tiene las capacidades natas para enfrentarse a un auditorio y hablar, tiene las cualidades académicas necesarias para desarrollar un mensaje elocuente. Lo ideal es que ambas características fueran identificadas en el alumnado; en caso contrario, alguna de ella o ambas se pueden desarrollar y perfilar para modelar el espíritu del orador. Todo esta en el deseo de querer hacerlo.

 

Es importante señalar que toda persona que aspire a emitir un mensaje en público debe desarrollar bondadosamente su capacidad de análisis y síntesis, debe entender lo que dice para después poderlo dar a entender a los demás. Esto influye decididamente en adaptar el conocimiento a quien lo disertara; no podemos poner palabras rimbombantes o con gastos culturales demasiados desarrollados que se escuchen elegantes pero que no sean comprendidos por quien emite el mensaje o quien lo escucha. Además; es evidente que se requiere la habilidad de saber interpretar el universo que nos rodea, dándolo a entender a los oyentes, simulando a la garza que se desmembró así misma para darse a sus crías, dando vida a quien nos rodea a través de la palabra.

 

Resulta significativo señalar que los jóvenes deben disfrutar el uso de la palabra, rompiendo figuras acartonadas y muy teatralizadas al momento de hablar, pues de lo contrario los movimientos se vuelven mecanizados y poco efectivos, y pareciera que no comparten el mensaje con el que se pretende convencer al auditorio; esto en atención a que con la palabra se dice algo que se vuelve diferente a lo que se expresa con el cuerpo, voz, ademán, ritmo y expresión no verbal son un todo que nos permiten generar un mensaje de impacto; que inspira y deleita en el discurso.

 

Pero lo más importante entre todos los aspectos que se deben considerar al momento de enseñar el bello arte de hablar en público, es sin duda la utilidad practica y los beneficios que consigo trae la palabra ya que de la mano del estudio asiduo y constante nos dejará las más bellas notas de trascendencia; pues es esta el vehículo motor que nos persuade a crear mundos, a caminar en la vereda de la esperanza, a realizarnos y a dejar una huella en la conciencia de quienes nos escuchan, pues si por la palabra el hombre se expande por su enseñanza el hombre se agiganta.