La escritura mexicana (II)

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“Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas cosas que al ser desarrolladas se pierden”.

Juan Rulfo

 

Se vierte en el tintero de la inmortalidad la idea que fluye en el pensamiento del escritor; quien pinta realidades, crea mundos y destruye tempestades. La escritura mexicana definida en el contexto político y social de su tiempo ha convertido a nuestros luceros en bellos cielos de ilusiones, porque mientras se plasmen los momentos de nuestra historia mexicana; las letras tendrán el sitial de excelsitud donde las nuevas generaciones conocerán las manos que han construido su destino.

Vergel del escritor que beben los lectores, copa que calma la sed de la ignorancia, esta es la palabra hecha escritura; este es el espíritu mexicano que ha quedado prendado a la inmortalidad de letras de oro gambusinas, que dieron luz a la mística mexicana. Y es que la escritura mexicana tiene el candor que añoran las frías letras del viejo continente, tienen el ungüento redentor del alma latinoamericana, tiene sin duda; los brazos benevolentes con que se abraza un pueblo para edificar una América unida, que se hermane como quería Ernesto Guevara: desde México hasta el estrecho de Magallanes, porque constituimos una sola raza mestiza que se habla y se escribe día a día.

Y ahí está la escritura mexicana, legando tras la tinta de las letras, luz al mundo; pues los escritores mexicanos tienen el alma latina con una cultura propia, hermanados en el dolor social y el orgullo cultural de una sola raza, pero desprendidos como racimos del viñedo que se crean y recrean en las latitudes de la humanidad.

Es así como en el pináculo de las grandes luminarias mexicanas, recordamos con honor a: Carlos Fuentes Macías, hombre que hiciera con su pluma un campo de batallas; valiéndose del talento cultural que hereda la escritura, ocupó cargos diplomáticos en favor de la patria, luz de la escritura; se considera precursor de un movimiento que hiciera detonar la nueva etapa de la novela latinoamericana. Entre sus obras culmen podemos citar: “La región más transparente” y “La muerte de Artemio Cruz”, en el centro de tan magistral obra se encuentra el México de carne y hueso, el de historia y lucha; México el puente de cercanía con el capitalismo y el gran aliado de la hermandad latinoamericana.

En el sur de nuestro país lleno de colores y de dolores, de belleza natural y de inspiración monumental surgió la pluma melodiosa y necesariamente embriagadora del poeta chiapaneco Jaime Sabines Gutiérrez; hombre que se convierte en inspiración de bastas generaciones, por que el amor no tiene rostro sino presencia, en él nos recreamos “los amorosos”, porque dos seres se crearon para unirse y no quedarse solos; en lo emotivo de un poema, en la fluidez del pensamiento mexicano, en los poemas que brotan de la pluma de Sabines entendemos que se necesitan en nuestro sistema político almas de poeta que sienta la necesidad humana; que humanicen las respuestas para nuestro país y se musiten versos redentores llenos de alegría en voz de quienes dirigen los rumbos de una Nación.

Por qué las mujeres también son escritura, porque sus suaves notas alcanzan los más grandes hilos de milagrería, milagros resucitadores de la escritura mexicana que levanta de su tumba a los pesimistas hombros de la Patria. Entre las nubes de algodón del esplendor de las letras mexicanas encontramos a Elena Elizabeth Poniatowska Amor, quien plasma desde el periodismo y el activismo social las letras que hacen gala de la realidad mexicana; mujer que levanta el rostro al sol, para consumar la marcha del liberalismo femenil, porque da rostro a la mujer al darle vida en su tintero, como no recordar en su obra “Hasta no verte Jesús mío” la lucha a la que se enfrenta la mujer posrevolucionaria, porque sin importarle los títulos de nobleza hace votos por un sacerdocio literario, mujer que plasma desde sus vivencias periodísticas una campana de recuerdo a los hechos históricos que dejaron cicatriz en la Nación mexicana; “La noche de Tlatelolconos recuerda que el brazo se levanta para protestar ante el autoritarismo, que la juventud mexicana es el caldero de cambio en la idiosincrasia mexicana, que el 2 de octubre no se olvida por que la lucha social no encuentra eco en los momentos mórbidos del silencio total.

En el umbral de estas grandes mentes nos encontramos con Alfonso Reyes Ochoa, hombre de letras que actualmente está en la mira de las realidades mexicanas pues se ha convertido en estandarte de la administración pública federal con la promoción de su “cartilla moral” que busca liberar el sentido de pertenencia y deber moral de los ciudadanos mexicanos; diplomático, ensayista, poeta y novelista, exalta la cultura helénica como una forma muy propia de redescubrir a los clásicos para emular sus loas en el contexto contemporáneo; no por ello deja de lado el orgullo estoico de sentirse cobijado por la grandeza mexicana; en su “Visión de Anáhuac” recrea un mundo de pertenencia a la cultura mesoamericana, de luz histórica pero de nostalgia recreada en la grandeza de un pueblo que pide a gritos recuperar su casta y la potencia de sus glorias.

En las loas de sus obras y en la majestuosidad de pensamiento, mujeres y hombres de las distintas épocas de la literatura mexicana han hecho referente en nuestra Nación, creando un foco de atención en el valle transparenté del Anáhuac, en el corazón de la América guerrera; de la América contemporánea que busca su equilibrio entre el modernismo universal y su esplendoroso pasado histórico. Seguirá el hilván de nombres que han hecho libertad en un pueblo de pocos lectores; ahí donde Rosario Castellanos Figueroa, Fernando del Paso Morante, Samuel Ramos Millán, Salvador Elizondo Alcalde, Efraín Huerta Romo, Carlos Monsiváis Aceves y muchos otros nombres sublimes de la literatura han dejado su huella imborrable; seguirá plasmándose cultura a través de las letras, el gran reto será encausar la realidad mexicana, escuchar el lamento de un pueblo, y recrear el maravilloso presente para presentarlo luminoso en un futuro, inspirando por medio de las letras un mejor porvenir y un mejor pueblo: más crítico, próspero y propositivo.

Porque la escritura mexicana es gala de la idea y luz del pensamiento.