LA FECHA

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Se dice fácil; “medio siglo”. Las calendas se cumplen, aunque hoy algunos se preguntan la razón de esos no tan muchachos marchando por las avenidas para conmemorar la fecha. Era el grito con el que concluían muchas de las asambleas estudiantiles de antaño, y no dudo que el presidente electo se haya liberado de corear la susodicha consigna… “¡dos de octubre, no se olvida!”

    El siglo XX mexicano se podría definir por tres fechas palmarias. Nacimos en aquel siglo con el gobierno en decadencia de Porfirio Díaz: años de paz y progreso afrancesado pero sin democracia. Cuando Francisco Madero lanzó la consigna para emprender la insurrección nacional contra el patriarca –y que sólo obedecieron los ingenuos hermanos Serdán–, quedó aquel 20 de Noviembre como el Día de la nueva nación que sobrevendría tras la rebelión a que invitaba aquella proclama.

    La segunda fecha es la de hoy, en aquel agitado 1968. Ese 2 de Octubre ocurrió lo que algunos temían, que fue la disolución violenta e inmediata de un movimiento social errático iniciado diez semanas atrás en las céntricas calles de la ciudad capital. El gobierno del presidente Díaz Ordaz no supo resolver el conflicto por la vía del diálogo (un diálogo provocador, a ratos anarquista) porque lo suyo había sido siempre la disyuntiva de la coptación o el despliegue de la fuerza represiva. Y fue lo que ocurrió.

    La tercera fecha de aquel siglo ocurrió al término del mismo, cuando en la elección del 2 de julio del año 2000, triunfaba un candidato de oposición y el partido del régimen perdía, por lo mismo, el control político. Es decir, la vieja consigna del Partido Antirreleccionista de Madero (elecciones libres y acatadas) por fin era una realidad.

    Las tres fechas tienen como denominador común –lo que son las cosas– el asunto de la democracia. En 1910 contra la arrogancia despótica del viejo dictador que se sentía, de algún modo, como el káiser mexicano. El 2 de octubre de 1968 vino a representar la inquietud ciudadana de participación en las estructuras del poder, ante el anquilosamiento del aparato del PRI, que en términos prácticos se manejaba como el Partido Comunista de la URSS… pero con tintes liberales. El 2 de julio de 2000 quedó extinto por fin el control del PRI sobre la sociedad y, sobre todo, sobre los procesos electorales. Esa fecha nacería, por fin, la nueva y defectuosa democracia mexicana, donde participan muchos partidos variopintos y ganan los que obtienen mayoritariamente el apoyo de la ciudadanía.

    La inminencia de la XIX Olimpiada, que sería inaugurada diez días después, fue lo que orilló al gobierno a decidir (hace medio siglo) el golpe tajante en la plaza de Tlatelolco, y que en cuestión de horas desmembró y liquidó al errático movimiento estudiantil. Una semana después cuando las delegaciones deportivas iban llegando a la ciudad de México, el país había “cambiado”, para mal, para bien.

La masacre de Tlatelolco, por lo demás, no fue la única de ese siglo. Recuérdese el Bombardeo de la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, donde el 16 de junio de 1955 la aviación argentina atacó a los manifestantes concentrados alrededor de la Casa Rosada (donde habitaba el presidente Domingo Perón) ocasionando la muerte de más de 300 personas. Igual habría de ocurrir con la Plaza de Tiananmen, en 5 de junio de 1989, cuando el ejército chino atacó a los manifestantes apoderados de la plaza de Pekín –que demandaban la apertura del régimen– y que fue reprimida a fuego de tanques, ocasionando la muerte (nunca se sabrá) de varios miles de personas. Lección para todos: “Con la Democracia no se juega”.

En ese contexto se inscribe la matanza de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, la noche del 26 de septiembre de 2014, cuando la policía municipal, en contubernio con elementos de bandas delincuenciales “desaparecieron” (del planeta) a los muchachos que pretendían organizar una manifestación de protesta. Fue el precio que debió pagar el partido de Peña Nieto en las urnas, el 1 de julio pasado; fecha que nunca olvidará.