La fiesta mexicana

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“México, México, te llevo en el corazón”

En la encrucijada de una realidad que lacera la sapiencia mexicana encontramos, por un lado: familias que lamentan la desaparición de un familiar, la pesada loza de no saber que habrá pasado con su vida; personas que acuden a la asistencia médica sin recibir el trato que dignamente merecen; un México de oportunidades arrebatadas por la violencia sistemática que se vive dentro de la sociedad; este es el México pluricultural de los claroscuros donde la muerte se celebra con la vida y el dolor se canta, pues como buenos mexicanos también de dolor se canta; este es nuestro país, donde no existe suficiencia económica pero los supermercados se saturan cuando hay venta de “ofertas” que nos orilla a comprar más de lo que se necesita y que en ocasiones no se ocupa.

 

Nuestro país es un muestra de que el ser humano puede subsistir aún en la tormenta, es como una muestra clásica de la resiliencia popular; de esa que no se da en seminarios, ni cursos especializados, es la selección natural de nuestros más hondos anhelos: “caer sí, pero quedarse en el suelo jamás”. Esta mínima radiografía del sentir mexicano no es sino el parteaguas de nuestra tradición mexicana, de jolgorio, de vida, de dolor con sabor a disfrute, porque la fiesta tradicional mexicana es en esencia un escape de nuestra realidad, donde la enfermedad se oculta y el sueño se espanta.

 

Si bien es cierto, en el calendario oficial de actividades del pueblo mexicano no existe una confirmación de fechas que garanticen “las fiestas”, lo cierto es que el pueblo de México se da el “tiempecito” para festejar de manera oficial y extra oficial todo el año, desde el inicio de año hasta su conclusión y dentro de todas estas fiestas oficiales, populares, religiosas y sociales; en los meses de septiembre y diciembre hay fiestas “de guardar” para el pueblo mexicano.

 

Septiembre: tiene el cobijo de nuestro nacimiento, porque en septiembre nacimos como nación; es la época en la que nuestros niveles estatal y federal de gobierno han tomado como bastión para rendirle cuentas a la ciudadanía y mientras para algunos no nada hay de festejo en esto, para otros es suficiente razón para generar la tradicional algarabía con la que tiempo atrás se celebraban los logros del país, que aunque no visibles para todos, siguen siendo logros.

 

Seguramente amigo lector, al igual que a mí; pensar en septiembre te motiva a pensar en edificios públicos teñidos de luces tricolor (verde, blanco y rojo) con águilas sobre una serpiente iluminadas para dar vista y colorido a la rutina y a la dinámica social. Calles con imágenes de los rostros de nuestros héroes independistas, puestecitos donde lo mismo se pueden adquirir bigotes de fantasía o aretes alusivos a la época, cascarones de huevo rellenos de confeti o de harina, trajes regionales, sarapes tricolor, espumas e infinidad de artículos que tienen el único fin de dar colorido a la verbena mexicana, porque aún un el tumulto de dolor social “sobran los motivos para festejar” o mínimo “pa´ olvidar las penas”.

 

Y es que libres o no, nuestra independencia se celebra con orgullo patriótico, y aunque curiosamente pocos saben que se celebra el inicio de la guerra de independencia con el famoso grito de Dolores, que no fue propiamente ni el 15 ni el 16 de septiembre, esta fiesta tiene su auge en el festejo del cumpleaños de Don Porfirio Díaz, el famoso presidente al que algunos ungen con el mote de dictador. Sin enredos ni discordias es la fiesta de septiembre; la fiesta nacional del orgullo patrio, donde nuestras autoridades policiales y militares son honradas con el famoso desfile en el que pasan lista ante el mandatario del poder ejecutivo.

 

En las casas mexicanas la gastronomía típica de estas fechas es diversa: pambazos, sopes, enchiladas, tostadas y toda clase de antojitos mexicanos se degustan con el tradicional aroma mexicano; las aguas tricolor hacen su presentación en las mesas del convite (limón, horchata y jamaica) donde las familias mexicanas agasajan su paladar y el tequila se convierte en la bebida que alivia las penas, que hace olvidar los sinsabores y que nos permite dar el tradicional grito de jolgorio; entonando que somos orgullosamente mexicanos. Amigo lector: somos herederos de la raza azteca, esa que tanto nos llena de orgullo y que nos convierte en valientes defensores de una historia que es reconocida en el extranjero y que en este lado del mar poco nos atrevemos a defender.

 

Los trajes tipos y tradicionales hacen gala de su presencia y ornamentan las diversas latitudes del pueblo mexicano: en los convivios mexicanos, en el grito protocolario que se da en la plaza cívica, en las delegaciones, en las embajadas, en el consulado y sobre todo en las casas mexicanas, que a pesar de los sin sabores por los que atraviesa la encrucijada mexicana son aspectos únicos de una mexicanidad que nos permite identificar que tan unidos somos, y que tan orgullosos estamos de nuestra patria irradiando luz al escuchar el sonoro repique de campanas.

 

Nuestra música tradicional nos hace vibrar y recordar el México que se nos fue, el México que existe en el ideal de sus ciudadanos, orgullosos de la música de banda, del mariachi mexicano y de las norteñitas, aunque en ellas se lleve un poco de dolor y de amargura; y uniendo sus voces a las nuestras los paisanos en el extranjero con orgullo y nostalgia entonan las canciones que les recuerdan a su tierra.

 

Y aún en la incertidumbre, bajo el velo de la noche, en el alba de un nuevo día, en la esperanza de un mejor país, en la prosperidad de una existencia, los mexicanos repicamos con algarabía sin igual: ¡Viva México! ¡Viva…!