La invención de uno mismo no surge de la nada, la identidad se desarrolla a través de los otros

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En esta ocasión vamos a conversar un poco acerca de la comunicación y la personalidad, esto desde el marco del self, entendido como el corazón instintivo de la personalidad, es decir, el núcleo del yo auténtico.  Según Herbet Mead la comunicación es una conducta que le permite al individuo ser un objeto para sí mismo.  Así es que cultura, identidad y discurso constituyen el sendero que durante toda la vida recorre el ser humano para contestar a la pregunta ¿quién soy yo? Y la sociedad y la escuela no están ajenas ni a la pregunta ni a la respuesta, porque ambas forman parte del lugar donde se vive y experimenta, pero, sobre todo, se dice.

 

En este espacio compartido, un individuo emerge de los procesos de interacción social no como un producto final relativamente completo, sino como uno que se constituye y reconstituye a través de las variadas prácticas discursivas. Ahora bien, Mead dice la comunicación es una conducta que le permite al individuo ser un objeto para sí mismo. Es una instancia de expresión del self: al tiempo que afecto a mi interlocutor con lo que digo, me afecto a mí mismo con lo dicho. Cuando un mensaje es estímulo tanto para la persona que lo transmite a una segunda como para sí misma, se convierte del mensaje en un conjunto de símbolos significantes. Dice también que no es lo mismo el llamado de una gallina a sus polluelos o el aullido de un lobo a su manada y la comunicación de símbolos significantes. La comunicación humana involucra al self. uno conversa con su self como uno conversaría con otra persona.

 

Mead explica la comunicación humana como la consecuencia de la capacidad del individuo de objetivarse. Esto es, reconoce que el individuo tiene habilidades reflexivas, auto conciencia y, a través de símbolos significantes, se puede comunicar con los demás y afectarlos de la misma manera en que se afecta a sí mismo. Nos explica cómo un individuo se transformará en persona al aparecer el self. Esta persona desarrollará habilidades reflexivas al adquirir un lenguaje y experimentarse como parte de un todo social.  Es precisamente, aquí donde la naturaleza de la comunicación humana es relevante, en tanto que la persona no sólo es un individuo sino una persona en posesión de un self social, es decir, un individuo con autoconciencia. La persona, como un todo, determina la naturaleza de su comunicación con los demás. Es el todo (la persona, el individuo con auto-conciencia, el individuo con habilidades reflexivas) el que determina la naturaleza de sus partes (la comunicación con los demás). El individuo incorpora los procesos sociales generales y los organiza en su experiencia personal, lo cual constituye la base y prerrequisito para el máximo desarrollo del self individual.

 

Uno de los aspectos mejor logrados de la teoría del self de Mead es su explicación del yo y del mi. El yo es la parte reactiva de la persona en las actitudes de los demás. El yo, afirma Mead (1934), da un sentido de libertad, de iniciativa. El mi, por el otro lado, representa una organización definida de la comunidad ahí en nuestras actitudes, la cual demanda una respuesta, pero la respuesta que tiene lugar es algo que sólo pasa. No hay seguridad en cuanto a ella. La relación del yo y del mi es curiosa e interesante. Son entidades que existen de manera independiente y, sin embargo, se pertenecen, están juntas. Son partes de un mismo todo. Su separación, nos dice Mead, no es ficticia, es real. No. son idénticos. El yo no es calculable, predecible. El mi demanda una respuesta del individuo de acuerdo con una situación, sin embargo, el yo que es la entidad que provee la respuesta, el mi nunca llega a dar la respuesta perfectamente adecuada a la situación. El yo tanto llama al mi como responde a él. Tomados juntos constituyen una personalidad tal y como aparece en la experiencia social. El self es esencialmente un proceso social en marcha con dos fases distinguibles, sin ellas no podría haber responsabilidad consciente y no habría nada novedoso en la experiencia.

 

De acuerdo con lo que se ha venido planteando la invención de uno mismo no surge de la nada, ni siquiera de unos reductos del Yo preexistentes, tal y como afirma la teoría preformacionista, sino que el individuo (la materia prima), los procesos constitutivos (las herramientas) y los agentes (constructores) son materia constitutivamente de origen y destino social. En esta misma línea Erving Goffman (1959/1981) concibe que la conformación de la identidad personal se basa en el supuest  o de que la persona puede diferenciarse de todos los demás. Aunque resulta difícil apreciar cómo la identidad personal desempeña un rol estructurado, cuando estamos sometidos a un continuo tránsito de información, puede que exista un contenido objetivo, aunque interpretado por la persona, con una continuidad en el tiempo. Identidad social y personal están conectadas en las interacciones, se crean mediante la situación y se transforman mediante la interpretación de las expectativas de los actores sociales. De este modo, el individuo es un agente interpretativo. Este posicionamiento es heredero del Interaccionismo simbólico desde el que se sostiene que el lenguaje, como sistema de símbolos significantes, actúa a modo de enlace entre la conducta como proceso social y el sistema social identificado con la sociedad organizada.

 

Sin embargo, la identidad se desarrolla a través de los otros, pero el vehículo de acción no es otro que el lenguaje a modo de acto de introspección, conversión de la identidad en objeto gracias a la acción de un poderse hablar y escuchar críticamente a sí mismo. Desde esta perspectiva entre identidades personales e identidades sociales se inserta una tercera instancia, la identidad del Yo, mediante la que se permite al individuo identificarse como uno a través del tiempo y de las situaciones de interacción. De acuerdo con Mead el Yo ha de concebirse, pues, como la respuesta del individuo a las actitudes de los otros hacia él, respuesta que se produce a partir del momento en que se asume una actitud hacia los otros. Ahora bien, los Mi o roles introyectados que dependen del aprendizaje sociocultural, el tiempo y el lugar pueden modificar el Yo. De acuerdo con Mead (1934), el yo provoca al mí pero, al mismo tiempo, reacciona ante Él. Tenemos entonces que la persona se torna consciente de sí mismo, cuando reconoce su co-existencia, nos dirá Lev Vygotsky (1887/1934), adquiere conciencia de sí como siendo de ese modo y no de otro. Y se reconoce a sí mismo reflejándose en los otros. El planteamiento según el cual, llevado a extremos, el yo es un producto involuntario de las situaciones, podría apuntarse como sucedáneo de la metáfora del espejo en la que se anula la capacidad interpretativa individual, lo cual supondría una distorsión del tan nombrado looking-glass-self de Charles Cooley (1902), al restringirse indebidamente su uso a la influencia de la sociedad sobre los individuos. Desde esta óptica se considera que la noción del Yo como espejo remite a una interpretación especular, de modo que el yo social surge como reflejo valorativo de las actitudes y opiniones de los otros con los que interacciona sobre uno mismo, siendo indispensable la interiorización del otro en la formación de la conciencia. Finalmente, a partir de algunas reflexiones de Michel Maffesoli, será interesante encuadrar los temas que se han manejado aquí en función de un devenir cultural.

 

Me parece que lo que nos señala este autor son cuestiones fundamentales para insertar lo que se ha venido diciendo en un contexto de crecimiento social en tanto hombre social. Tenemos entonces que la propuesta de Maffesoli se basa en un despertar de la sensibilidad intelectual, necesaria para la comprensión de la vida cotidiana en tiempos posmodernos de múltiples cambios. Además, demuestra que el conocimiento intuitivo y el conocimiento racional, no son antagónicos sino que, por el contrario, se fusionan en la cotidianidad y permiten comprender nuestra subjetividad y nuestro entorno, porque la intuición es partícipe privilegiada de un inconsciente o imaginario colectivo, el cual tiene como esencia un saber agregado que se preocupa de la subjetivad y de lo relativo.

 

El bien y el mal, lo verdadero y lo falso, están en una constante participación mística. Desde esta perspectiva sería importante revalorar la sensibilidad en el mundo posmoderno que posibilita rescatar todas estas experiencias que subyacen de manera subterránea, lugar al que las confinó la modernidad porque privilegió exclusivamente el conocimiento intelectual, en construcciones donde no se excluyan la vivencia ni la emoción y que se retome la banalidad propia de la cotidianidad