La migración

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Por años, el tema ha sido recurrente entre algunos grupos literarios, y más aún entre aquellos pensadores sociales que han visto el crecimiento de un chauvinismo recalcitrante y poco creativo.

 

Escudados en la defensa de su territorio, los chauvinistas denostan contra todos aquellos que no nacieron en su terruño y pretenden su exclusión de beneficios, publicaciones, eufemismos que sólo demuestran un regionalismo a ultranza sin sentido.

 

Sin embargo, y en eso no piensan, todos de alguna forma somos migrantes. Por más que se digan locales de cuarta o quinta generación, en algún momento de la historia familiar se migró hacia un lugar u otro en busca de la fortuna, un sitio donde vivir mejor o simplemente por las ganas locas de migrar hacia otro lado.

 

La historia de la humanidad es así. Migraciones de los pueblos originarios que llegaron a estos valles en busca de un sitio mejor para vivir. Pueblos enteros que han migrado de su origen para internarse en otro rumbo y adoptar costumbres e idiosincracias.

 

La lamentable muestra de racismo que se ha planteado con la llegada de los centroamericanos nada más demuestra lo que ya sabemos, sobre todo aquellos que hemos decidido migrar hacia un rumbo diferente, y cortar con el pasado familiar, con la situación económica o la disputa política.

 

La literatura misma está llena de migrantes. Escritores que buscan en una universidad un estudio más avanzado. Artistas que planean su obra en un lugar alejado de sus raíces. Poetas que nostálgicamente recuerdan su tierra en poemas llenos de melancolía. La letra tiene sangre de nostalgia.

 

Es por eso que no entiendo esa posición estúpida hacia los migrantes. Y no me refiero exclusivamente a los centroamericanos que circulan en estos días por nuestro país, sino a aquellos que se sienten los dueños de lo local y quieren que todos aquellos no nacidos en sus tierras no puedan expresarse de manera libre en donde ellos se expresan.

 

De alguna forma u otra, los que no hemos nacido en la tierra que nos alberga hemos sufrido ese chauvinismo tonto y sin sentido. Que porque no eres de aquí no tienes derecho a opinar sobre los de aquí, o a publicar en los medios de aquí, o a ser catalogado como parte de esta sociedad.

 

Ser coherentes con nuestro pasado es más que una posición vital, es una forma de ser conscientes de que somos migrantes eternos en esta tierra desde que el primer hombre levantó la mirada y contempló la maravilla del cielo.

 

No es fácil aterrizar en un sitio. Llegamos casi vacíos. Sin amigos, sin aquello que nos hacía fuertes y seguros. Es empezar de nuevo, arrimar el alma, dicen los cantores, para arrimar el corazón.