La mística palabra mexicana

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¡La palabra en todas partes! ¡La palabra en todos los tiempos!

¡La palabra en todas las ocasiones de la vida, en los excelsos instantes del alma!

 ¡La palabra! ¡Siempre la palabra!

Horacio Zúñiga Anaya

 

 

El hombre trasciende el tiempo y el espacio con sus ideas, da lustre a su existencia a través de sus actos, pero es su palabra; el sello infinito que marca su paso por el mundo, transformando realidades, recreando conciencias, conquistando voluntades.

 

México es el pináculo de la palabra que lleva en el hachón de su verdad; el misticismo de una raza y la exaltación venturosa de un pueblo guerrero. Por la palabra en su máxima grandeza, dice el maestro Zúñiga: “los hombres y los pueblos han hablado mejor”.

 

Desde su origen, la palabra mexicana fue un venero de bondades y arquetipo constructor del alma humana, piedra angular de los que pretendían gobernar y de los portadores del mensaje divino; el orador fue, es y será desde entonces, un portador de la sabiduría, capaz de poner un espejo delante de quien le escucha, un faro límpido para transformar el alma cándida de todos aquellos que se encuentran bajo su amparo, para encontrar la razón de su existencia.

 

En la simiente del México prehispánico la palabra jugo un rol preponderante, de manera activa construyo un puente indestructible, y se convirtió por virtud propia en la educadora de una Nación; a través de los Huehuetlatolli “los dichos de los antiguos”, los antiguos mexicanos fueron formando el alma de quienes les escuchaban convirtiéndose en maestros estoicos, que enseñaban lo mismo del humanismo como virtud poderosa, que de convivencia armónica entre la propia familia, llámense: valores, respeto a los mayores, ética, forma de comportamiento moderado y mesurado desde temprana edad e incluso la manera de evitar hablar escupiendo (decir mentiras) pues en la palabra debería y debe existir verdad.

 

La palabra en esa época de nuestra historia fue un arma poderosa, que ejercía su dominio y empoderaba a quién destinado a ello dirigía los destinos de una Nación: lenguaje de dioses, mensajera de verdades y portento de virtud; fue la palabra cincelada bajo el velo de la filosofía prehispánica.

 

Fue hasta la llegada de los proclamadores de verdad, los evangelizadores del Viejo Continente, que el discurso fue tomando un nuevo matiz; un matiz de redención y de esperanza, el discurso tomo forma de política y de amor, amor en los labios de del Rabí de Galilea, y política en quienes influenciados por las ideas liberales  propugnaban por la emancipación del ser humano.

 

El discurso del México naciente fue mutando; por un lado se hablaba de humanismo y de virtudes, de una palabra que cual antorcha llevaba el fuego robado a la conciencia de lo divino, palabra cincelada en el alma del gobernante que le llevara a revelar el amor a su pueblo, como en el poema de Nezahulacoyotl “el rey poeta”:

 

“Amo el canto del zenzontle,

pájaro de cuatrocientas voces.

Amo el color del jade

y el enervante perfume de las flores,

pero más amo a mi hermano: el hombre.”

 

Y por otra parte, había dolor y represión, la grandeza de un pueblo se convertía en paganismo, en incivilización; el espíritu creativo se transformaba en la conquista constructiva que metafóricamente derrumbara templos para edificar el reino de los cielos en la tierra; palabra en transformación, que empleaba el lenguaje de los liberarles para sentenciar con dedo flamígero: “muerte a los opresores” por qué la América era para los americanos.

El incensario de la palabra que siempre perfumada retumbaba en los actos públicos, ahora se mezcla con olor a sangre y dolor; copal de la esperanza en la cruz y escudo de combate que los guerreros águila y jaguar cambiaron para recitar los rezos marcados en el tiempo con las cuencas del rosario.

 

Luz y sombra de la palabra, fuerza de guerra y paz de la esperanza; nuestro fuego se consumía para dar paso a la palabra metafórica, palabra continuada a la sazón de su transformación en los misioneros que cantaban el amor y regocijaban su corazón anunciado la verdad; verdad que ha marcado los destinos de la humanidad. Palabra sí, como dijera Zúñiga, palabra hirviente en el corazón de los mexicanos que necesita desembocar en los mejores discursos de redención y prosperidad: palabra que exalta a nuestra raza y que fusiona la cultura para dar paso a la voz de aquellos que no pueden callar.