La noche del sábado

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Dos sujetos se encuentran encerrados en sí mismos, tratando de proteger sus vidas. Sus corazones laten rápidamente, más que cualquier otro momento que puedan recordar en sus vidas. Ella llora del miedo que toda esta situación provocó. Él trata de estar calmado, pero siente el mismo temor. Ambos cierran sus ojos y ven pasar cada momento especial, pensando que este será su último día.

 

Retrocedamos el tiempo y hagamos de la situación que los aterroriza como nuestra. Era un sábado normal de vacaciones de verano. Día de ver películas y series, de sólo comer entre descansos, cambia de entretenimiento y ve el fútbol, refiriéndonos al lo que le sucedió a él. Ella sólo tiene una actividad importante y lo llama trabajo, es animadora de una fiesta.

 

En la noche ella lo visita y él mucho tiempo la ignora. Su excusa consiste en que está viendo el fútbol. Llega el medio tiempo, ella quiere ir a comprar antojitos para su cena. La noche puede ser peligrosa y más si eres mujer en un país de Latinoamérica, él se ofrece a acompañarla, al final la distancia es corta, son tres cuadras.

 

Las conversaciones entre ellos están distorsionadas, la situación que están viviendo los sobrepasa y por ello me limita como narrador. Ella hace su pedido que consiste en tres empanadas con crema y queso. Mientras lo completan, ambos van a una tienda cercana por un refresco de cola y dos paletas de hielo. Después de pagarlas, van por los antojitos.

 

Caminan de regreso a la cuadra donde ambos viven. En la esquina se detienen por un hecho bastante tonto: él le comenta que no sabe bailar esa canción que es tradición en cada fiesta y ella le responde que allí mismo le va a enseñar. Esperan algunos minutos en lo que inicia la canción, nunca comienza y siguen caminado por la segunda cuadra.

 

Es allí donde se escucha la tormenta provocado por un cañón. Él desfamiliarizado con el sonido piensa que son fuegos artificiales, por ello mira al cielo; ella ve la delgada línea entre la vida y la muerte, exclama: –¡Corre! –

 

Ambos corren y pronto un joven de menos de 25 años los rebasa, una patrulla lo sigue y acorrala (refiriéndome a este último). Y aquí estamos donde esta anécdota inició. El miedo los sigue dominando, no tienen a donde correr, tampoco donde resguardarse. Un buen cristiano les abre las puertas de su casa y junto con su familia les ayuda a tranquilizarse.

 

Los dos sujetos regresan a casa, el suceso de esta noche los ha marcado y les hace reflexionar en que verdaderamente la vida es un momento que se debe de disfrutar, un momento donde el orgullo, la monotonía y el enojo no debe triunfar, un momento donde se debe romper con la barreras y explotar de amor.