La oratoria en la política

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“La palabra es una habilidad básica para los políticos y la política”

 

La palabra tiene la bondad de hacer arder nuestra existencia, de darle un matiz de fuego a nuestras ideas, de permitirnos extender nuestra presencia más haya de nuestros labios; la palabra nos permite recrearnos en una forma escultórica. Porque efectivamente, en la política si no hablo no tengo rostro.

Clara dualidad de las Ciencias Sociales, desde la política en la Roma Clásica de Marco Tulio Cicerón hasta nuestros días; política que no tiene voz no tiene presencia, porque palabra y política se han eslabonado como una cadena  fuerte y vigorosa que empodera los anhelos de la humanidad por alcanzar el poder y definir los rumbos de la sociedad.

Por eso, resulta fundamental que quien decida participar en las tareas diarias de la política, tenga la oportunidad de prepararse para enfrentar a un auditorio, que ya no es el auditorio silencioso que presenciaron nuestros antecesores, sino el auditorio que  cuestiona, revira, reta y que algunos casos demuestra tener más capacidades en el manejo correcto del arte del bien decir; lo que nos conmina a pulir nuestro lenguaje, a edificar un mejor puente en que transitemos desde la idea para construir posteriormente, los hechos que den sentido a nuestra existencia.

Nadie podrá negar que el paso acelerado de la humanidad hacia la modernidad, no ha podido demeritar en nada el valor que tiene la palabra en el ser humano; no podemos permitirnos esconder una lámpara que de suyo a iluminado a muchas generaciones. La palabra se convierte en el vehículo motor de las ideas, en el carruaje sempiterno que nos arrastra fuera de la caverna de la indiferencia, me atrevo a decirlo: la palabra le da alas al pensamiento y le permite surcar el horizonte de las conciencias que habidas de respuestas, permiten que se posen sobre ellas los nidos de la palabra que como lámparas van a iluminar y compartir; iluminar a quienes nos rodean y compartir su brillo al que hábil decida incendiar su propia hoguera.

Porque en efecto, el bello arte de la palabra no le ha permitido a la humanidad permanecer callada; más bien le ha dotado de técnicas depuradas que le permiten pulir las gemas depositadas en su alma. Porque, por más irónico que esto parezca, el hombre ha aprendido a conquistar planetas en el espacio, a dominar los elementos de la naturaleza, incluso ha aprendido a demostrar su supremacía animal; pero no ha aprendido a dominarse a sí mismo, a darle cause al torrente de la palabra y con ella contribuir a que el mundo del que tiene a lado tenga un sentido de magnificencia, es más; no se han encontrado las palabras adecuadas para que habrán el candado que le sujeta a pensamientos limitantes.

Por eso creemos importante que aquellos que hacen practica la política en instituciones partidistas, asociaciones gremiales o en la vida misma; retomen el ejercicio del arte del buen decir, que abreven de quienes mediante el verbo dominaron su existencia y se convirtieron en líderes indiscutibles de su generación; porque hoy más que nunca, se necesitan hombres y mujeres que hablen por México, que empleen la palabra menos para dividir y más para unir, porque añoramos un país de gente que piensa, que habla y siente su tierra y que sabe que nada hay más poderoso que la palabra convertida en acción. Cuidado con aquellos que mucho hablan y nada comprometen, en aquellos que extienden diametralmente la palabra y acartonan las ideas para irlas desmoronando como guijarros que arroja el mar.

Esto resulta de una utilidad magna si tomamos en consideración que, la ciudadanía conoce el actuar de sus gobernantes por medio de la palabra, escrita en algunos casos y hablada en la gran mayoría; lamentable es observar como nuestros representantes no respetan a su auditorio al hablar en público, al otorgar datos que no son verídicos, al pronunciar o anunciar datos faltos de coherencia, al no utilizar una correcta dicción, al entorpecer las ideas dilapidando las palabras, o simplemente realizando una lectura errónea de un texto. Es importante referenciar bajo ese supuesto, que si bien existe la figura del asesor de discurso, este no puede invadir la propia personalidad del asesorado y que en ocasiones esta actividad se convierte en disímbola, pues no representa el pensamiento de la autoridad, quien al sentirse fuera de su contexto, desbarata los ligamentos retóricos de una intervención en público, para dar paso a la improvisación o espontaneidad que en muchos de los casos termina con una mala percepción ciudadana.

Bajo esta premisa resulta evidente, que los actores protagónicos de la política y lo público debemos esforzarnos por edificar el templo del verbo en nuestro interior, a través de una lectura activa y permanente; debemos labrar nuestro discurso desde nuestra propia personalidad para que este genere una conexión con el auditorio al cual nos dirigimos y al cual particularizamos el mensaje; procurando técnicas de modulación de voz, de dicción, de agilidad verbal y mental, de entonación y de una correcta respiración. Esto no deja de lado el compromiso que como ciudadanía tenemos para darle voz a nuestras propias ideas, para empoderarnos de nuestro momento, para cuidar nuestro liderazgo y otorgarnos un reflector que en el ámbito profesional nos permita despuntar, recordando que toda protesta lleva una propuesta, que en la actividad de la política todos estamos imbuidos, y que somos corresponsables de nuestro entorno y de nuestro momento.

Es importante entonces, darle vida a la Oratoria en la actividad política, pues es la palabra la herramienta del liderazgo que modula la forma de nuestro actuar político, revistiendo con un traje de solvencia moral al que ejerce la actividad política. Somos agentes de cambio en nuestra época y debemos esparcir el polen libertario de la palabra, para que esta refulja fuerte y sonora en los valles donde muchas voces han sido sosegadas, para recobrar la voz de muchas mujeres que han sido amordazadas por el lastre que viene aniquilando su dignidad; acabemos con la violencia verbal hacia el humano, porque también ahí entendemos la importancia de ejercer este bello arte con la enseñanza de Marco Fabilio Quintiliano: trabajar las virtudes del hombre.

Hoy en día, necesitamos líderes que hablen por la patria, por sus necesidades, por aquellos silencios espasmódicos que son el resultado de aquellos años donde solo se extendía la mano. El reto que tienen nuestros gobernantes es grande, su silencio o su palabra serán juzgados y evaluados: sobre su palabra se clavara el pebetero del olvido o del reconocimiento. La tarde presenta el umbral del crepúsculo y no queda más que velar las armas, afilar la elocuencia, disertar con vista a la marea, controlar su fulgor y entregar como luceros mejores y más propositivos resultados a los ciudadanos, que gozan de la escucha pero también alaban el sello de los hechos, recordando que: de las palabras que hoy digamos, mañana seremos testigos.