La pareja

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La diferencia entre lo que se escucha por obligación y lo que se escucha por placer no sólo se define hacia la música, sino también a las pláticas ocasionales que se alcanzan a oír en los autobuses, cafeterías, restaurantes, bares o sitios de reunión, incluyendo las oficinas. Cada momento obtiene un sentido propio, una insulsa realidad o un interesante resultado.

 

Esto aplica para momentos irracionales que uno pasa en el transporte público matutino, rumbo a su lugar de trabajo, cuando las voces son más intensas por el resultado deportivo, la película vista el día anterior, la noticia social de moda, generalmente sobre artistas televisivos. Ante todo esto, siempre surge una plática interesante y poco valorada, en lo normal a un volumen no tan alto y sin aspavientos viscerales.

 

En estos días de obstrucciones callejeras, bardas que se caen sin motivo alguno, choques mínimos que estorban la circulación de toda la calle, me ha tocado por vecino de asiento a una pareja de adultos no tan mayores (tal vez 45 ó 50 años) que platican sobre lo que se viene en los diferentes festivales culturales de la zona, las diferentes ofertas de los supermercados más grandes, y hasta el hecho de que el perro del vecino ya no ladra tan fuerte como en días pasados.

 

Una pareja común, nada fuera de lo normal, posiblemente un oficinista que trabaja en una dependencia oficial y una empleada de mostrador de una papelería que viven juntos o son esposos o amantes o simplemente novios.

 

A ellos les escuché decir acerca de quién era Michael Nyman, el que abría Quimera 2016, o Emir Kusturica, o Pablo Milanés (que aquí me pareció que ya era una exageración de la ignorancia porque a Milanés lo escuchamos hasta en la sopa hace algunos años).

 

Esto me trajo a colación aquella vieja disputa de hace años cuando se cuestionó el hecho de la presentación de artistas netamente populares por encima de artistas dirigidos más hacia la élite culta.

 

Lo popular, se dirimía en aquellos días, no era precisamente lo correcto en un festival que siempre se había vestido con un traje de cultura rimbombante. No es lo mismo poner un grupo de norteña en un foro importante si al mismo tiempo un cuarteto de cuerdas tocaba en un teatro cerrado.

Por años, la discusión entre lo popular y lo culto como parte de una misma cultura ha provocado opiniones que van más allá de la cordura y el eclecticismo. No tiene nada de malo que un grupo de banda norteña se presente en un festival cultural, o que un cuarteto de cuerdas clásico haga un concierto en un foro popular, por ejemplo, un mercado.

 

La cultura se ha dicho hasta el cansancio se diferencia entre lo popular y lo culto por las interpretaciones individuales. Ser culto no implica el hecho de conocer de grandes maestros de la música clásica o contemporánea, sino que debe conocerse también acerca de lo popular y populachero. Que no te guste, es una decisión personal, pero al final de cuentas, toda aquella expresión humana de arte, por muy extraño y barriobajero que sea, es una expresión cultural. Para todos hay, y si los exquisitos consumidores de cultura no quieren ver la expresión popular como una manifestación cultural, entonces viven en un error magnificado por el desdén hacia lo que conforma un pueblo. No son sólo los pintores o escritores o músicos quienes determinan la cultura, son también los carniceros, las lavanderas, los comerciantes y los franeleros, además de todos los oficios que existan, quienes dan forma a nuestra cultura, pésele a quien le pese.