La pasión del Señor

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“Concédeme que más que conocer como fueron tus sufrimientos de la Pasión, aprenda yo a seguir tus huellas en el camino que recorriste entre la adversidad.”

Jorge Fuentes Aguirre

 

Es propio de esta época de reflexión, donde los rayos del sol se tiñen de un rojo carmesí -en la ventura de la distancia-, que nos refugiamos en la historia misma de la humanidad; esta época suele ser para muchos de paz, de reflexión e introspección, de penitencia y sacrificio; época en que las actividades cotidianas se detienen y existe una armonía en nuestro ser, hablamos de la denominada “Semana Mayor” o bien de la “Semana Santa”; del recuerdo de la misericordia en la humanidad.

Las cortinas de la monotonía se rompen y existen periodos de descanso, la sociedad habla del amor, pretendiendo convertir su realidad a la civilización del amor, pletórica de respuestas y ungida de exaltación humana, somos testigos de cómo el viento se vuelve propiciatorio para renovar nuestra existencia, para edificar nuevos cimientos de luz en medio de la tormenta.

La sociedad vive convulsa ante las preocupaciones de una modernidad que nos inunda, en donde parece que estamos preparando los fines apocalípticos, donde el hombre se desprende del propio hombre para convertirse en una máquina; y es ahí donde se renueva constantemente el principio de la dignidad humana, en donde nos preocupamos por dominar el universo, pero nos hemos desatendido de dominar nuestro propio ser, encontrándonos en una real encrucijada, esperando presurosos la llegada del descanso espiritual que evoca la época, para que –irónicamente- podamos vivir en mayor medida nuestro contacto con el mundo, alejados de la espiritualidad.

En síntesis, esperamos la llegada de la Semana Santa, para abstenernos de la reflexión propia de estos días, y es que sin distingos de creencias, de religiones o ateísmos; es la época de la Semana Mayor una época que cambia el ambiente que percibimos: los centros turísticos de nuestro país se muestran pletóricos y rebosantes, pero con singular contento podemos justipreciar que los sitios religiosos de la fe cristiana cumplen su cometido y se presentan como lo que son: lugares de oración y reflexión.

Esta forma de concepción de una nueva religiosidad nos imbuye necesariamente en la búsqueda constante por rescatar el tradicionalismo de nuestra fe, es una época propicia para pensar que es lo que como sociedad estamos construyendo, cuál es el legado que estamos obsequiando a las nuevas generaciones; época para reflexionar sobre qué tan necesaria es la formación religiosa en nuestros días, alejados de fanatismos exacerbados podremos decir que esta semana nuestro máximo anhelo, es reencontrarnos con nuestro propio ser, benigno, dócil y sin malicia.

Surgen de esta manera muchas inquietudes, si bien es cierto la fe lleva aparejada la presencia de dogmas (verdades indiscutibles e irrefutables) también lo es que es necesario fundamentar nuestra fe. Existen estudios históricos, forenses, psicológicos y jurídicos principalmente, que demuestran la existencia de datos fidedignos que arrojan luz sobre la presencia histórica y real, de la vida pública de Jesús, sin embargo; nos ocuparemos en este espacio de los momentos que concelebramos en las representaciones públicas de la vida de Jesús “el Cristo” y en su posterior pasión y muerte salvífica.

De Jesús “el Cristo” se ha escrito y dicho bastante, creyentes y no creyentes han aportado de forma minuciosa datos coherentes que nos permiten convalidar nuestra fe y en ciertos casos, incluso acrecentarla. Entendamos que Jesús “el Cristo” era un ser humano que desde los diversos enfoques que pretendan fincarle fue, es y será un líder, que pretende dar a conocer la verdad al mundo, hijo de María y José, de oficio carpintero, celoso de la ley divina; pero que forjado a los pies del poder divino, se convierte en Maestro de la ley pues la vivifica y proclama.

Carpintero por oficio y predicador, en toda la extensión de la palabra por convicción; Jesús “el Cristo” tiene diversas facetas en su vida, aquellos que lo hemos concebido desde un tinte artístico y romantizado, podemos errar en nuestra percepción, y  hay que entenderlo, pues Jesús era un ser humano como nosotros con cualidades, con necesidades, con pensamientos propios y con ideales muy bien cimentados que le llevaron a ganarse con su carisma, la voluntad de un pueblo que luchaba en contra del paganismo; un pueblo en constante confrontación pues luchaba por liberarse del yugo de la Roma imperial, un pueblo de pescadores que, oscos en su forma fueron domados por el espíritu afable del Nazareno.

Muchos fueron los momentos de paz y de alegría que Jesús compartiría con sus elegidos, más había días que era inevitable la confrontación con la clase sacerdotal, que era un grupo privilegiado de Judea, que con el espíritu mesiánico imponían la ley dada a Moisés y se convertían en juez y parte de la misma; diversas fueron las confrontaciones con los sacerdotes del pueblo de Israel, pues la rigidez del cumplimiento chocaba con la benignidad de hacer propicia la verdad ante la ley; ese era el espíritu de Jesús.

Sin duda amigo lector, podrás traer a tu mente, según la tradición bíblica diversos momentos de tensión y confrontación en la vida pública de Jesús; pero han sido dos particularmente los que hemos elegido para potencializar el ejemplo: la expulsión de los mercaderes del templo y el perdón otorgado a una mujer adúltera, haciendo vivo el espíritu propio de ley de dar justicia al necesitado y restituir el orden dado en la escritura.

Desentrañado de la escritura bíblica, Jesús-Cristo pudo experimentar como ser humano: emociones y constantes contradicciones entre lo que enseñaba a sus elegidos y lo que veía; que pocas veces ponían en práctica, y de la mano de lo ya previamente comentado (un tinte artístico y romantizado),  uno de los pasajes más desgarradores también de su espíritu mesiánico: “la Última Cena” en donde se nos presenta un Jesús (hombre) lleno de tristeza y soledad, que siendo presa de sus propias preocupaciones se cuestiona sobre lo que será su futuro y sobre la misión que habría de impulsar.

Sin embargo, la escritura bíblica nos muestra un dato revelador, en el evangelio según Juan capítulo 17, versículos 1, 11 y 13 al hablar del “gozo y la alegría” de Jesús en el momento mismo de celebrar la última cena con sus elegidos ¿Qué pensaría en los instantes mismos en que celebraba la conocida “Cena Pascual”? En verdad dice la propia escritura: él deseaba celebrar esa cena con sus elegidos, lo que nos permite tener una concepción de un Jesús más humano, más real y sobre todo más empático con los suyos.

Habrá sin duda quien niegue tal presupuesto, pero no podemos dejar de lado la oportunidad de entender que en los hechos salvíficos de la misión en Jesús existieron momentos que deben ser replanteados no para modificar nuestra fe, sino para reanimarlos y vivificarlos, pues no existe más pasión que la pasión por nuestra propia vida.