LA PINTURA RELIGIOSA: EL DESCENDIMIENTO

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Cronista de Las Tradiciones Populares

Madrid (INTERNOTI) Al continuar con el tema de la pasión de Cristo, les comparto ahora una de las obras de arte que, a mi juicio, es una de las más bellas que jamás se hayan pintado.

Cuando tuve oportunidad de estar frente a ésta imponente obra en el Museo Del Prado me quedé impresionado, la obra es poseedora de una belleza extraordinaria. Así es, se trata del óleo realizado hacia 1435 por el pintor flamenco Roger Van Der Weyden, llamado “El Descendimiento” , la obra mide 220 * 262 cm, los personajes son de tamaño muy similar al de una persona real, una verdadera maravilla.

Esta obra está principalmente enfocada en  la pasión que experimenta la Virgen María ante el sufrimiento y la muerte de Jesús, ese  inmenso dolor de una madre frente a la muerte de su hijo.

 Para traducir el tema en imágenes,  Weyden  escoge el momento en que José de Arimatea, Nicodemo y un ayudante sostienen en el aire el cuerpo de Jesús, y María cae desmayada en el suelo sostenida por San Juan y una de las santas mujeres.

La riqueza de sus materiales -el azul del manto de María es uno de los lapislázulis más puros empleados en la pintura flamenca de la época- y sus grandes dimensiones, con las figuras casi a escala natural, evidencian ya lo excepcional de la obra. El espacio poco profundo, de madera dorada, en que Weyden representa a sus figuras y las tracerías pintadas de los extremos superiores -imitando también la madera dorada-, al igual que el remate rectangular del centro, las hacen semejar esculturas policromadas.

 Además, el engaño óptico se refuerza aún más por el fuerte sentido plástico que Weyden imprime a sus figuras, siguiendo el ejemplo de su maestro Robert Campin, como hace en todas sus obras tempranas.

Weyden maneja con maestría las figuras representadas en un espacio limitado al fondo y en los extremos, donde los movimientos opuestos y complementarios de San Juan y la Magdalena cierran la composición. En el interior de ese espacio sobresale el juego de diagonales paralelas que diseñan los cuerpos de Cristo y de María, poniendo de manifiesto su doble pasión. Impactan los gestos, la contención con que se expresan los sentimientos y el juego de curvas y contra curvas que une a los personajes.

La obra fue encargada por la Cofradía de los Ballesteros de Lovaina hoy en Bélgica para su capilla en la Iglesia de Nuestra Señora de Extramuros. En las esquinas superiores están representadas pequeñas ballestas. Adquirida por María de Hungría en el siglo XVI, pasa después a manos de su sobrino Felipe II. Éste la coloca en la capilla del Palacio de El Prado hasta su entrega a El Escorial en 1574.

 Desde ese año estuvo allí hasta 1936 en que se traslada al Museo Nacional del Prado, a donde puede ser admirada.