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La vida

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Los humanos, animales, plantas, insectos, bacterias y otras formas orgánicas, compartimos el ciclo de nacer, desarrollarnos, reproducirnos y morir. Este lapso que se da entre la primera y la última etapa es lo que se conoce como la vida aunque, sabemos que no siempre se cumple en su totalidad. La medicina dice que para lograr una vida de calidad, todos los órganos del cuerpo deben cumplir íntegramente con sus diferentes funciones, es por eso que recomienda el cuidado personal como medio para conseguir una salud óptima, traducida a vida plena.

El valor de la vida es importante. Es por eso que existen leyes que la defienden como lo más preciado. Nada, nadie debe atentar, violar o impedir el derecho a ella.

Para la mayoría, creo, la vida es graduarse, conseguir un trabajo estable con buena paga, comprar un auto decente, no ser borracho o drogadicto, conseguir una buena mujer y tener un par de hijos que no digan muchas groserías, así como mantener la salud hasta el fin.

Todo esto, por supuesto, es la voz de pequeñas lecturas con las que quise nutrir el tema.

La vida para mí es la existencia que tiene el individuo, su interacción con el mundo, las experiencias que conformarán esa historia personal que nadie más podrá tener. Nadie puede vivir por nadie y es aquí donde el humano decide -a diferencia del resto de los seres vivos- cuáles serán sus memorias al final del camino.

Sé de un hombre cuya licenciatura está aún etiquetada como pendiente, sin perder la calidad de importante; que entregó un libro de poesía escrito por él a sus padres en lugar de la tesis; que obtuvo un empleo seguro y de buen sueldo el cual desempeñó aceptablemente por años, mas tuvo que dejarlo para ser poeta. Ahora sale y lucha cada día por conseguir un poema, uno solo: uno importante, digno de quien pretende amar la poesía y que dejó todo por ella; que tuvo un auto viejo que renovó poco a poco y que destrozó en una noche de copas. Compró otro más pequeño, con el que difícilmente chocará, pero se avería constantemente. Desde luego, no hace falta insistir en su gusto por los tragos. Todo esto lo ha vivido junto a una mujer que apoya sus decisiones, que a pesar de sus tropiezos, lo respeta y hace lo más importante que puede hacer una pareja: nunca ha dejado de orillarlo a la felicidad, y una vez al día -cuando menos- consigue su cometido. Ella, vaya que sabe de sueños y él sueña con ella los hijos del futuro.

Pero todo esto también es poco asertivo; no podemos argumentar mucho de la vida basándonos en estas líneas. Al parecer, los estoy defraudando. No, queridos míos, no comprendo de la vida ni las composiciones mínimas de las que habla la biología; no sé qué es un monómero o una biomolécula; ni la importancia de los genes y los orgánulos, ni mucho menos.

Yo sé de anocheceres en el desierto, del amanecer en primavera. Sé de la carne de Dios, del viaje en su nombre donde habremos de encontrarnos con nosotros mismos. Sé del fruto bajo la piel del amor. Sé de los besos que extienden su tacto hasta el corazón, sé de la lengua que alcanza los ojos. Sé que la cara oculta del sol es una sonrisa. Sé de la mano que regala trozos de cielo, del arcoíris de medianoche. Sé del misterio. Del rumor de la madrugada, de su canto sagrado. Sé de la puerta que abre el sexo, de las cicatrices del destino. Sé que los poemas viven, que las palabras viajan en el viento; que no se pierden en él, y pueden ser bombas capaces de derribar dioses o extender la misma vida. Sé de hombres y mujeres que deciden hacer el amor, cada quién desde su sitio; desde hacer crecer un árbol o enseñar una canción a sus hermanos, hasta regalar su tiempo en una biblioteca, enseñando a sus alumnos lo importante de escribir, y con ello hacen su vida y encaminan muchas otras.

Fuera de esto, no sé más de humanos, animales, plantas, insectos, bacterias u otras formas orgánicas, ni de instituciones, religiones o ciencias. No sé nada. No quiero saber nada.