Las nubes son el hogar de los sueños

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Durante el camino que es la vida, he sido duramente lastimado por la ausencia repentina de amigos; poco a poco marchan, poco a poco el cielo oscurece y las aves van hacia sus nidos, poco a poco encuentran sus nidos. Yo he permanecido quieto, contemplando la luna hasta su último brillo, también ella se marcha, luego vuelve, siempre vuelve y me mira frente a ella porque vuelvo, siempre vuelvo, a su caricia, a su cobijo.

 

Hablo de un mundo nocturno porque es ahí donde ocurría el encuentro. Salíamos todos del trabajo, recorríamos la ciudad como ratas avanzando aprisa entre la gente para reunirnos en el Dalí y pedir al comienzo dos vacas; para hablar de tonterías y asuntos serios. Es ahí donde nacían, y en la cruda, donde maduraban los sueños de la poesía, de los viajes, del amor: de la trascendencia. Salíamos del bar convertidos en lobos soñadores de lunas.

 

Pero poco pudimos hacer con esos sueños, era complicado sujetarlos con nuestras garras y siguieron el curso hacia su pueblo de nubes.

 

Aves, ratas o lobos; todos marcharon a sus nidos o madrigueras para ser hombres.

Mientras cuestiono con la mente, la puerta de algún bar del centro se cierra a mi espalda. Vuelvo a los pasos nocturnos; me han de llevar por las calles hacia algún refugio, hacia alguna fiesta, a reunirme con los otros, los que quedan, proscritos de las buenas costumbres.

 

La luna ilumina mis colmillos  y responde: No hay mejor lugar que la noche.

 

Ambos lo sabemos.