LAS PLUMAS DE FERNANDA

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Cuando me dijo que le gustaba la poesía de Blanca Varela, el inconsciente freudiano, o simplemente un resorte poderoso, me llevó a desempolvar, en automático, como niño desesperado, estos versos:

Las manos a la altura del aire
a dos o tres centímetros del vacío
no se mirará nada preciso
la polvareda que pasa
el inesperado cortejo de plumas

Y es que ella tiene varias plumas, o lenguas, o idiomas, en muchos tonos, desde el susurro frágil e inseguro, hasta el de una madura locutora de la BBC de Londres, que sentencia, muy femenina, sus cuestionamientos filosóficos.

Hemos hablado por teléfono tres veces, mensajes escritos y de audio por wasap unas cinco, un encuentro accidentado pero relajado vía skipe.

La sincronía se ha encargado con sigilo y laboriosidad de los desencuentros (esto es casi una exageración, pero algo de verdad tiene)

Hace algunas semanas me hizo una entrevista con sendas fotografías sobre un proyecto cinematográfico que llevo cocinando. Su pluma, su escritura, tiene la sintaxis invisible de quienes, desde las ligas mayores, subyugan y someten a seguir leyendo hasta el final.

Y ahora, aquí yo. Escuchando su voz, la de la grabación, con mis audífonos, bañado, embatado, desayunado, medicado y con un café prohibido que me resucita, y me da fuerzas, porque cuando se  escribe sobre alguien a quien uno admira, todo se hace cuesta arriba y hay que redoblar esfuerzos. Qué complicado es escribir sobre alguien. Las palabras no aparecen, surgen letras que van labrando vocablo por vocablo, imprecisos, desubicados, y hay que ir entonces por los reemplazos, y volver, a volver a escribir, y contradictoriamente con ese placer que los escritores conocemos.

He visto sus fotos. He sentido su voz. Y todavía no la he visto en vivo (sólo por aparatos) Y la cita cumbre que algún día se dará para darle las gracias personales por haberla conocido (la tecnología nunca bastará pues) llegará, como llegó el momento de escribir.

Feminista, coherente en su transparencia absoluta, como quien la ve en un corte multiaxial, me cuenta que le falta poco para terminar la carrera. Me dice, tras una pausa, que Alfredo Bryce Echenique y Mario Vargas Llosa tuvieron que ver con su vocación, como que la empujaron amablemente a un oficio que no se imagina abandonar. Hablamos también, sobre su generación, sobre el país (este territorio sobre diagnosticado), sobre la lucha constante por tener fe en esta tierra, donde según ella la historia nos juega en contra, sobre su inteligente feminismo, sobre el sueño de saltar en algún momento a la radio y a la televisión, sobre su sensibilidad, aquella que la encarna y viceversa, sobre el automatismo social, la frivolidad que duele, y sobre algunos secretos blancos.

Todo en ella va entre líneas, y es una deliciosa contradicción para una persona clara. Deben ser las manifestaciones del misterio. Como la sensibilidad y adrenalina únicas, que afloran, también, cuando aparece su pluma, nuevamente, semana a semana, para que miles la lean.

Se llama Fernanda Milla de León, tiene 20 años, es periodista de la emblemática revista Caretas, con casi setenta años de existencia. Y sobran los motivos para escribir de alguien como ella. Es una dama de blue jean y polo. No hay un mundo para su edad, y quiere tener fe. Y quiere también, que las minorías sin voz tengan por lo menos, un megáfono.

Así es ella, y existe. Ojalá la conozcan. O para suavizar el halago, existe.