Lenguajes nuestros IV

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Para restablecer el extraviado tiempo, donde hablabas con el viento, el árbol, el río, la luna y la noche, un olvido llegó a tus hijos y tus nietos. A nadie le importa entender una lengua extraña que va en desuso. A mí me enseñaron a escuchar pero no a hablar. Me dijeron que no lo hiciera porque sufriría mucho, pero como sí tengo oídos y todos los días miro con mi corazón cada sonido, finalmente comprendí.

 

Mis labios mudos, mi boca vacía de palabras del lenguaje que mi madre habló desde su vientre. Me llené de un mundo donde mi memoria imaginaba lo que tú hablabas en un rincón oscuro, la noche era ideal para decirle a mi padre lo que ese día habías vivido, él a su vez te acompañaba con palabras bellas, juntos acariciaban la luna con esos ojos que me prestaron, a distancia corta estaba yo, había entrado junto a ustedes en esa visión de  mundo del cual nunca escaparía, el mundo de un niño mazahua, que no sabía de dónde venía ni a donde iba, jamás sería igual a mis hermanos que hicieron caso de sus consejos, con esa pereza mental, olvidan que vienen de las entrañas de una lengua que tiene voz propia, que recorrió el mundo para que nacieran.

 

Ya no estás aquí madre, te escucho cuando invoco mi linaje y puedo pronunciar esta idea con la mirada de tu corazón, escuché con tus ojos este mundo que huye de su identidad, porque nos enseñaron a sentir vergüenza, cuando sólo era orgullo lo que debíamos llevar en nuestro atuendo.

 

Ya voy en ese sendero donde las huellas de mis abuelos descubro y pronuncio la palabra bella que me da alas, con la libertad de sentir que soy un verdadero mazahua, el que va con la frente en alto, se reconoce en su color de piel, en esa forma de andar por la vida con esa identidad que no perdió, ahora la pregona y tiene ese sitio que nunca fue arrebatado, porque no perdí el rumbo de esa luz que hizo señas dentro de mi alma.