Liberales y Conservadores

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La tragedia de México, tragedia que sigue vigente en nuestro país y en la vida política de los demás países de América Latina. Haber salido del coloniaje para no poder instaurar regímenes democráticos, sino sobre dictaduras de todo tipo. Hasta el grado de que nuestros mejores escritores escribieron en su tiempo novelas dedicadas a personajes que hicieron de sus gobiernos la vergüenza histórica sobre la cual se encuentra su herencia de muerte y latrocinios. Así Augusto Roa Bastos Yo, el Supremo; Gabriel García Márquez escribe El otoño del patriarca; Carlos Fuentes su bella narración de La muerte de Artemio Cruz; Mario Vargas Llosa Conversación en la Catedral y luego La fiesta del Chivo; estos libros viniendo tras las huellas que inició Ramón del Valle Inclán con su novela Tirano Banderas; novelas políticas que hoy son un clásico de las letras hispanoamericanas, como lo es la novela de Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura y guatemalteco de origen que escribe El señor presidente. Novelas que hablan de la importancia que la política y las cosas que sufre el pueblo o los pueblos, dejando una clara huella de que nuestros escritores de fin de siglo XX, tenían conciencia de los males que traen a sus países donde se sufre la dictadura por 20 ó 30 años cuando bien nos va como sucedió con el porfirismo hasta 1910.

 

En el caso de México, desde su fundación, los problemas han estado ahí, nos cuenta Juárez en su libro, recordemos que él, nos habla de la situación del país y su entidad porque lo vive directamente, no es que se lo contaron, José María Heredia y Juárez ven y viven en primera persona lo que sucede en el triste destino de nuestra patria en el siglo XIX: … Se convocó desde luego a los pueblos para que eligieran a sus diputados con poderes amplios para que constituyeran a la Nación sobre las bases de Independencia, Libertad y República, que se acababan de proclamar, hechas las elecciones se reunieron los representantes del pueblo en la Capital de la República y se abrió el debate sobre la forma de gobierno. No es el lema de la revolución francesa: Libertad, Legalidad y Fraternidad que recorrió pueblos de Europa y América, convirtiéndose en ejemplo de revolución que barría con lo viejo de ancianos regímenes monárquicos. Una patria que a tientas en la oscuridad y con los privilegios intocados de quienes bajo el reinado de 300 años hicieron los mismos, y ahora, estaban dispuestos a arriesgar todo su poder económico para que nada fuera cambiado.

 

Escribe Juárez: … El partido monárquico-conservador que cooperó a la caída de Iturbide más por odio a este jefe que por simpatías al partido republicano, estaba ya organizado bajo la denominación de El partido Escocés y trabajaba en el Congreso por la centralización del poder y por la subsistencia de las clases privilegiadas con todos los abusos y preocupaciones que habían sido el apoyo y la vida del sistema Virreinal. Quién dice que cuando se hace una revolución en verdad cambian las cosas. Se sabe que todos sus líderes, los principales, terminan siendo matados por sus correligionarios o los traidores que siempre están infiltrados por todos lados: así Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, así Emiliano Zapata y Venustiano Carranza, así Francisco Villa y Álvaro Obregón, por no citar a Felipe Ángeles y Francisco Serrano. Muchos más, que inician la revolución y se encuentran el paredón o la traición como les sucedió a Zapata y Villa.

 

Cuenta Benito: … Por el contrario, el partido republicano quería la forma federal y que en la nueva Constitución se consignasen los principios de libertad y de progreso que harían próspera y feliz a la vecina república de los Estados Unidos del Norte. El debate fue sostenido con calor y obstinación, no sólo en el Congreso, sino en el público y en la prensa naciente de las provincias y al fin quedaron victoriosos los republicanos federalistas en cuanto a la forma de gobierno, pues se desechó la central y se adoptó la de república representativa, popular, federal. En la Constitución de 1824 la batalla fue por dar al país un régimen político, poco espacio había para alcanzar más, pues no había las condiciones para comprender los sufrimientos del pueblo, sus carencias que eran muchas.

 

Benito escribe: …pero en el fondo de la cuestión ganaron los Centralistas, porque en la nueva Carta se incrustaron la intolerancia religiosa, los fueros de las clases privilegiadas, la institución de comandancias generales y otros contraprincipios que nulificaban la libertad y la federación que se quería establecer. Ver esto por parte de Juárez y por los liberales ha de llevar a la Revolución de Ayutla y a la Reforma, en un siglo donde la riqueza y el clero con su fortuna mal habida en todo el país no estaban dispuestos a ceder un ápice. Cuenta Benito: Fue la Constitución de 1824 una transacción entre el progreso y el retroceso, que lejos de ser la base de una paz estable y de una verdadera libertad para la Nación fue el semillero fecundo y constante de las convulsiones incesantes que ha sufrido la República y que sufrirá todavía mientras en la sociedad no se recobre su nivel, haciéndose efectiva la igualdad de derechos y obligaciones entre todos los ciudadanos y entre todos los hombres que pisen el territorio nacional, sin privilegios, sin fueros, sin monopolios y sin odiosas distinciones, mientras no desaparezcan los tratados que existen entre México y las potencias extranjeras…

 

Visión de las cosas, de los hechos políticos y económicos, de la ideología religiosa que se había impuesto a lo largo de los siglos desde que llegó con los invasores españoles, trayendo la cruz sagrada, pero también los males que no sólo en el Alto Clero hay, Juárez cuenta cuán malos son los pasos del clero, aún en los territorios más pobres del país que apenas surge de un coloniaje férreo y ajeno a la justicia para sus conciudadanos. Antes, al contrario, ofenderlos y sojuzgarlos, es lo que el antiguo régimen trae consigo, a un país que se creía ya libre de sus males.

 

Sobre la Ley, él nos dice en Apuntes para mis hijos: … tratados que son inútiles, una vez que la Suprema ley de la República sea el respeto inviolable y sagrado de los derechos de los hombres y de los pueblos, sean quienes fueren, con tal de que respeten los derechos de México, a sus autoridades y a sus leyes; mientras finalmente que en la República no haya más que una sola y única autoridad: la autoridad civil del modo que lo determine la voluntad nacional, sin religión de Estado y desapareciendo los poderes militares y eclesiásticos, como entidades políticas que la fuerza, la ambición y el abuso han puesto enfrente del poder supremo de la Sociedad, usurpándole sus fueros y prerrogativas y subalternándolo a sus caprichos. Todo lo que escribe es de primera persona, Juárez ha visto y vivido todo tipo de injusticias, pues en sus pasos como profesionista ha de saber lo que es la hipocresía cuando se viste de ideología para fundar un reino de propiedades materiales aquí en la tierra. Muy duros tiempos ha de vivir el joven Juárez al iniciar su carrera de abogado. Tanto lucho para llegar a ser un hombre dedicado al derecho, en una sociedad dominada por las ambiciones más vulgares y crueles en contra de los más débiles. La defensa de los pobres le ha de llevar a la prisión y a casi perder su título como defensor de la Ley y de los desprotegidos. No es extraño que cuando llega a ser la máxima autoridad de nuestra patria se convierta en un férreo defensor de la Ley, de la Norma por la cual todo buen mexicano debe transitar.

Su destino le tenía el dar muestras a cada momento: el fusilamiento de Maximiliano fue uno de los momentos más graves para imponer la Ley.