Lo que la lluvia se llevó

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Cuando deja de llover, me gusta ir al parque, sentarme en una banca y mirar a la gente pasar, parecería que nunca lloran, que la lluvia se llevó el dolor, que se lleva todo el dolor del mundo para enterrarlo muy hondo, a veces no hay un parque o gente que pueda pasar frente a mí, pero mirar después de la lluvia sigue siendo hermoso, porque, llega la noche con su capa gris, me cubre y me abraza o si no, renace el sol y los colores de la tarde son más intensos, así es la lluvia de transformadora.

Seguramente ese domingo quería transformarme, pero no alcancé a escucharla. Estaba sentada en la banca mirando al suelo, las hojas de los árboles querían abrazar mis pies y yo jugaba con ellas, pero mis movimientos eran lentos, así que me puse de pie, miré al árbol de al lado sacudirse las gotas y como siempre dejé de pensar en el mundo y comencé a pensar en mí.

Fue cuando llegó trasparente y fría como siempre, me pregunto si pensaba en el amor, se rió de mí y dijo –¿ha de ser muy guapo no?–, en realidad ahora que lo pienso bien, no lo era. La miré sin cuestionar su risa, yo estaba muy triste, no parecía comprenderlo, pero me dijo –mira, ven, ya viste aquí del otro lado de la banqueta, hay una mancha blanca y una negra, ¿se parece a un ying yang no?, en verdad parecía un ying yang, recordé un poco su significado, pero no pensé más allá.

Lo que  quería decirme aquel día, necesitaba escucharlo en palabras humanas,  la maestra en Psicología, Susana Caballero lo dijo, lo descubrió después de trabajar por mucho tiempo, estudiar el ying yang, otras costumbres y visones de la cultura oriental.

Dijo que por ser mujeres o hombres nos han quitado tanto a las mujeres el derecho tal vez de mostrar rudeza, fuerza, cansancio, entre otras cosas, como a los hombres el derecho a llorar, de mostrase sensibles, a amar el mundo sin sentir vergüenza, que pensáramos en aquello que nos quitaron y que deseamos tener.

Que además los seres humanos somos como el mundo y como el ying yang, somos seres completos y necesitamos dualidad, no la dualidad encontrada en otro, sino en nosotros mismos, pero también necesitamos del otro, claro está, ya que somos humanidad.

Recordé los memes feministas de moda, en donde dicen que no necesitamos de nuestra media naranja, porque ya estamos completas,  no es verdad, no estamos completas.

En masculinidad hegemónica se habla de lo que se les ha quitado a los hombres a causa del patriarcado, del machismo y los roles, pero no hay una teoría que hable de lo que se nos ha quitado a las mujeres, no como derecho legal, sino como personas.

Necesitamos reconocer qué se nos ha quitado espiritualmente y nos gustaría tener para así llegar al equilibrio entre hombres y mujeres, ya que como sociedad se nos ha reprimido  la parte hombre de cada mujer y la parte mujer de cada hombre.

Ya lo había leído antes en La poética de la ensoñación del filósofo Gaston Bachelard: las síntesis de anumus y anima son diferentes, pero estas síntesis se oponen precisamente porque están todas bajo el signo de la síntesis esencial, de gran alcance que reúne un mismo arcano las potencias de animus y de anima. Estas síntesis tan abarcadoras, tan sumamente consolidadas en lo sobrehumano, son fácilmente destruidas por el contacto con la vida cotidiana.

También en Octavio Paz, en algún poema  y por supuesto en Carl Jung  quien expone que el inconsciente no está hecho de recuerdos olvidados sino que mantiene siempre la androginidad.

El mensaje fue entendido equivocadamente desde que Platón escribió El Banquete en donde narra la historia de cómo los seres duales, completos con características de ambos sexos atacaron el Monte Olimpo y en respuesta Zeus descargando toda su rabia y la rabia de los dioses, lanzó un rayo que hizo que cada ser se dividiera en dos mitades. Mitades incompletas y castigadas eternamente a buscar su otra mitad.

Mitad que comenzó a buscarse fuera de sí para querer completarse por medio del amor, no se entendió que esa mitad tenía que encontrase dentro de cada una y uno.

Simone de Beauvoir también lo dijo el día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal.