Los días en la ciudad

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Ring, ring, ring, era la séptima vez que marcaba y sólo se escuchaba entrar una voz recordando que la llamada sería re direccionada al buzón, hasta ese momento, no pensaría que para la octava simplemente se escucharía que “el número que usted marcó, está fuera de servicio”; quizá no debería de preocupar a nadie este tipo de sucesos, ¿Quién no ha pasado por esto?, a menos que el motivo sea que acabas de acompañar y ser testigo de que tu hija adolescente de 14 años abordó el autobús aproximadamente a las 14:00 hrs. en un municipio del Estado de México considerado con más zonas de alto riesgo para mujeres, según datos de la propia Secretaría de Seguridad del Estado.

Traté de mantener la calma, suelo ser paciente, cualquier cosa podría haberle pasado al teléfono, pero… ¿a cinco minutos de haberle dejado?, mmmmm, un sudor frío recorrió mi espalda, imagino que me ericé más que el gato cuando se siente intimidado, persistía con poner en orden mis ideas, de acomodar lo lógico sobre lo ilógico o de colocar una valla de conciencia entre la realidad y los prejuicios, me hubiera gustado decir que lo logré, sonaría a una mejor historia; desesperado, con la férrea pretensión de alcanzar el colectivo, salí en carrera hasta tomar el vehículo estacionado en la pensión a dos cuadras; imaginé, que el autobús, más que trasportar gentes, paseaba mi tranquilidad por las atestadas calles de autos y los ríos de bulla mezclados entre los motores y transeúntes agitados por el intenso calor, ese que se siente a cinco días previos a la declaración oficial de la primavera.

Mientras avancé las primeras cuadras, un remanso de febril cólera, ingresó y creció como torrencial marejada, desde el contacto de mis pies con los pedales del acelerador y el freno, hasta pasar por mis manos en el volante y terminar con mis palabras, ¡Maldita ciudad!, vociferé las veces que sentía los minutos transcurrir y las llantas sin inmutarse un metro adelante; podría decir que no sé por qué no recordé, aquellos fragmentos del poeta Efraín Huerta de su poema Los Hombres del Alba, en la Declaración de Odio que dice:

…Ciudad negra o colérica o mansa o cruel,

o fastidiosa nada más: sencillamente tibia…

 

…¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos

como una cabeza cercenada con los ojos abiertos.

Estos días como frutas podridas.

Días enturbiados por salvajes mentiras.

Días incendiarios en que padecen las curiosas estatuas

y los monumentos más estériles que nunca…

 

…Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,

criadero de virtudes deshechas al cabo de una hora,

páramo sofocante, nido blando en que somos

como palabra ardiente desoída,

superficie en que vamos como un tránsito oscuro,

desierto en que latimos y respiramos vicios,

ancho bosque regado por dolorosas y punzantes lágrimas,

lágrimas de desprecio, lágrimas insultantes…

 

Pero, mi angustia siempre pecó de obvia, hubiera sido extraordinario haber recordado la obra de Huerta en el momento, a cambio de tanta maldición que resonó al interior del auto durante los casi diecisiete  minutos que tardé en hacer la siguiente llamada a otra hija que se encontraba en el lugar donde sería el destino de la primera: ring –sonó solo una vez y contestó- ¡Hola!, no quise explicar todo el suceso y solo me limité a preguntar si había llegado su hermana menor… un silencio acompañó una oleada de posibles respuestas que se aglutinaban en torno a un esperado SI… mmmm, espera… si, va llegando; como si el alma saliera del cuerpo y se desdijera de su conducta, de seguro que se sentiría así, un avasallador bienestar que dulcemente caracolea por el tímpano, llega a las papilas gustativas y se enjuta en cada poro de todo el cuerpo.

 

Muchos de nosotros vivimos, coexistimos en una ciudad, a veces en un ancho bosque regado por dolorosas y punzantes lágrimas, en otras, simplemente se transita con la idea de no involucrarse más de lo necesario; cualesquiera que sean los motivos para estar o no en el coloso de concreto y sonoro rugir, mantenerse atento con la seguridad, no prejuiciar y establecer un estado de realidad consiente, puede evitarnos momentos de angustia e intranquilidad. Hasta la próxima, mi estima y admiración siempre.