Los últimos días de junio

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Todas las fechas llegan. La cita se cumplió y después de ser contacto de Facebook por diez años, ahora se reúnen por cuestiones de trabajo.

 

Mientras se da el encuentro, ella se pregunta, ¿qué hace diferente a la persona detrás de las imágenes en las redes sociales? ¿qué lo hará distinto fuera de facebook? ¿Cómo confrontará la despersonalización de las imágenes virtuales con la viveza del individuo que sólo se manifiesta a través de la tecnología?

 

Después de unos meses de concertada la cita, la fecha ha llegado y el sitio de encuentro impávido los espera. Él, estaciona el auto, apresura los saludos, camina aprisa y sube las escaleras con una ligera agitación de los sentidos. La entrada para la sala de grabación está cerca. Un ligero aroma a magnolias lo conduce sin equivocación hacia donde ella espera.

 

Casi por llegar, él asoma el rostro de felinos ojos buscando en su propia escritura: Toca la puerta, ábrela, cruza el umbral/ del otro lado hay colores no vistos/ sonidos no escuchados, mis manos esperando tu cuerpo.

 

Ambos se buscan con los ojos, acercan impetuosos el saludo de sus cuerpos experimentando la tibieza de la vida fuera de la era digital. Se abrazan buscando las respuestas de lo diferente, se miran ante el asombro de la sensibilidad que da la tibieza de la vida.

 

Cada uno toma su lugar, inician la lectura de los versos. Siguen los ladinos movimientos con el cortejo de la palabra poética de los últimos días de junio. Juegan alternadamente con las tonalidades de sus voces: Busco tus besos,/ una caricia/ tu sonrisa erguida./ Te veo lejana, inaccesible,/ acaso en la memoria/ Estiro la mano, encuentro el vacío, la nada, / A penas el recuerdo./ Mejor cerrar los ojos, guárdame las ganas, / pensar que el posible.

 

La atmósfera de la cabina sube de tono; el rostro, manos y cuerpo en movimientos delineados acompasan el aliento  sensible de la lectura: Una vez más, al despertar, / te imaginé a mi lado/ con besos lentos, geografía recorrida a labios,/ manos al encuentro de/ los ángulos de tu cuerpo, / mi lengua hurgando tu humedad./Sólo cerrar los ojos/ para crear otras realidades, / otros mundos,/ otros mundos posibles,/ otros mundos deseables.

 

El ambiente se torna caliente por los resuellos de su entrecortada respiración, el agitado pecho de ambos juega a desnudarse, a tocarse con las manos, pero las palabras los envuelven en una lúdica humedad silenciada por los versos. Sólo versos. Palabras que los juegan en un devenir de tonos sensuales. Las cortas líneas los hacen libres y al mismo tiempo los limitan. En un fluctuar de poética, las respiraciones marcan el ritmo de la lectura mientras los afilados ojos desnudan el alma más del otro.

 

El encapsulado tiempo de la cabina se termina. Hay que volver a los escuchas, a los mirones que también fueron arrastrados por el acompasado ritmo de la poesía en voz alta. Se silencia la lectura sosteniendo una mirada de pupilas dilatadas. En el cierre del cuerpo poético, ellos se despiden.