Má ¿De dónde son los cantantes?

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Llenan de trinos el citadino centro. La maldita necesidad ha hecho que los necesitados pájaros cantores, desde un humilde cancionero hasta el egresado de conservatorio, lancen sus canciones al frio viento.

El humo del caliente café entra por tus fosas nasales y Farolito de Agustín Lara horada gratamente tus tímpanos. Lo que no lastime su bolsillo sale al final el pedimento. Y así, por todo el portal y café de Las Sombrillas, los artistas, lira en ristre y voz acompañante y sobre todo ahí la llevan, como dice Danny, quien buen cantautor y no se diga de las rítmicas marimbas de esta tierra, que deshaciendo las maderitas lanzan un danzonaso que no emociona a los hieráticos tolucas, haciendo famosa su canción Estrellas de la Noche.

En las calles son los tragafuego, los equilibristas, los que cachan más de tres pelotas, los que te limpian el parabrisas… y hasta los mimos, actores de la vida real: un listísimo sujeto en Hidalgo, casi esquina con Aldama, con una perenne epilepsia, provoca la conmiseración del viandante y recibe regular cantidad de morralla. No deja de retemblar en su centro terrestre su frágil cuerpo y todos se la creen, excepto su vecina que vendía gorditas de haba. Después de conocértela y luego de comprarle su toluqueñísimo producto nos dijo:

-¿Usté también cayó? Este no tiene nada. Cuando ya juntó y ve que no hay gente, recoge sus centavos y se va más derechito que usté y yo.

Y ve al Mercado 16 de septiembre y mientras glotonamente te zampas un arroz con hirviente caldo de pollo y verduras en el puestazo del gordito David, el duelo que casi siempre va te recuerda a Luis Arcaraz: Viajera que vas por tierra y por mar…

Así, si un pequeño viendo al astroso par le pregunta a la progenitora, como la canción de Miguel Matamoros:

-Mamá ¿y de donde son los cantantes? La respuesta obvia sería:

-Creo que de la necesidad.