¿Mando yo?

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El punto de quiebre en la educación de un menor es tan obvio como el dejar de establecer reglas.  El domingo pasado, observaba como una joven madre, en aras de calmar a su hija de unos tres años, era capaz de todo, de darle una bebida (misma que ella le sostenía), de permitirle jugar en un espacio prohibido, sin siquiera llamarle la atención.

 

Las odiosas comparaciones son canijas, pero en otros tiempos, la mamá le habría dado una buena nalgada y asunto arreglado, se habría quedado quietecita sin hacer más escándalo; pensar que eso, en nuestros días, resulta impensable, pues se nos echarían encima esos grupos en defensa de los derechos de lo que sea, argumentando violencia excesiva, abuso y violación a su libertad (sic).

 

El niño debe aprender a madurar paulatinamente, no podemos pensar que es capaz de tomar alguna decisiones sin la consulta o acuerdo con un adulto; debe tener claros los referentes sociales con respecto a lo permitido o no permitido (ojo, no hablamos de bueno o malo); y si bien debe crecer en libertad, ésta debe estar acotada por normas mínimas de comportamiento.

 

Sin embargo, pareciera que los niños del hoy han aprendido que en casa, mando yo. ¿Quiero un dulce y no me lo dan?, pataleo, chillo y gritoneo hasta que me lo compren; ¿que deje de utilizar su celular porque vamos a comer?, por supuesto que no, sus juegos son mucho más importantes que la convivencia; ¿levantarse temprano para ayudar en las tareas de casa?, nunca, la sinergia con Morfeo es mucho más significativa.  Citando al Buki, Marco Antonio Solís filósofo nacional, ¿A dónde vamos a parar?

 

Paradódicamente (no, no es error), estamos inmersos en un contexto hostil, por la exigencia social por un alto a la violencia, que se pretende extinguir con violencia.  Seguiré pensando que, si bien muchos de esos protestantes son adultos, viven sin una visión clara sobre lo que podemos y no podemos hacer y suponen que se deben romper las reglas para lograr las cosas. Muy probablemente muchos de ellos crecieron con la creencia y la vivencia de que con pucheros se obtiene lo que se quiere.

 

Se trata de saber, por convicción, hacia dónde movernos, por ejemplo, respeto que una persona decida pintarse los cabellos de rosa, siempre que tenga claridad del por qué lo hace y la significación que tiene en su vida, igual que decida tatuarse, pero de eso a permitir que un niño de primaria lo haga, sólo porque quería probar hay un mundo de irresponsabilidad en medio.  Al menos que lo haga cuando esté en condiciones de pagárselo solo, ¿o no?

 

Por evitar problemas muchos padres ceden en todo, en la hora de dormir, en la hora de comer, en qué comer, en el momento para hacer la tarea (si es que la hacen); con el tiempo, sin darse cuenta, han cedido el mando de la casa a los hijos.  Luego no anden quejándose porque no terminaron los estudios, son holgazanes sin oficio ni beneficio, siguen de mantenidos en sus casas sin expectativa alguna, pues saben perfectamente que no habrá consecuencias de sus decisiones.

 

Y aquí estamos, como sociedad silente ante éstas y muchas otras visiones del mundo; sólo atino en coincidir con el filósofo y escritor inglés Edmund Burke, Hay un límite en que la tolerancia deja de ser virtud.

 

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