Manuel Alejandro Q. Ceballos

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En un intento por aprender correctamente la escritura, llegué a la Escuela de Escritores Juana de Asbaje en Metepec. Fui a la entrevista previa una semana antes del comienzo de clases; la maestra Flor Cecilia me cuestionó sobre mis preferencias en la lectura, mis conocimientos, mi cultura general. No voy a contarles cómo salí de esa oficina. Lo importante es que me habían aceptado y que la maestra Flor me enumeró todo cuanto iba a aprender ahí, además de recomendarme –por el trabajo que le presenté, cargado de drama– escribir teatro.

Comenzaron las clases. El día martes fue muy ameno. Mauricio Carrera ofreció una gran primera sesión poniendo ejercicios, dinámicas y lecturas para mostrarnos las distintas herramientas de las cuales echar mano para lograr cuentos objetivos.

El día siguiente, miércoles de poesía, en que Pedro Salvador Ale nos hacía babear con su cátedra. Imperceptibles, dos horas pasaron volando. Todo mundo salió a refrescarse, yo permanecí sentado tratando de asimilar las palabras del profesor, como si fuera a lograrlo. Afortunadamente me interrumpió una mano ofreciéndome una golosina que acepté. Vamos afuera, ¿no? dijo la voz del dueño de la mano y las golosinas y accedí.

Preguntas de rutina, el “tengo hambre” de rutina, el “yo vine a ver qué aprendo” de rutina. Me contó que venía de una familia de escritores y que ya había publicado, que conocía a los profesores y me mostró su libro, que más tarde compré.

Fui a casa con el libro en mano, no pude leerlo pues, caí rendido luego de mi nuevo horario de quince horas en continua actividad. Efecto Secundario era el libro, y el poeta Manuel Alejandro Q. Ceballos, mi nuevo amigo a quien agregué a Facebook al siguiente día.

No fui a clase al día siguiente, ni volví ningún otro. Mi constancia habitual se había manifestado. En un acto de autoengaño le escribí a Manuel para que me informara sobre las tareas de las clases a las que no pude asistir por “complicaciones en el trabajo” mas poco a poco se fue olvidando el asunto.

Un día me llegó la invitación para dar una lectura en la Universidad de San Juan del Río y no tenía una obra física qué presentar. Volví a llamar a Manuel para que me diera referencias sobre su editor.

Cuando salió el libro recibí una llamada. Era él, invitándome a un festival que ya no se concretó, pero el contacto ya era más constante. Fui como espectador a la tercera Feria de Letras Iberoamericanas; ¡tercera, y yo no sabía que eso existía! En aquella mesa aparecían tres poetas de distintas partes del mundo. A mí no me cabía en la cabeza cómo era posible organizar algo tan grande, ¿cómo alguien tan joven?

Luego de eso vi su nombre en el cartel del Festival Internacional de Poesía José María Heredia, era algo que me volaba la cabeza. Me daba gusto, eran alturas inimaginables para mí y yo vivía a través de él, un sueño.     

Después de un año, nos enfrascamos en un festival de cuento breve del Centro Toluqueño de Escritores, la amistad por fin se hizo tangible. Por primera vez ahondamos en nuestros asuntos personales, dejando a un lado a los escritores y sus obras, éramos humanos. De ahí a la fecha todo se ha vuelto una locura, no hemos dejado de estar activos, no hemos dejado de abrir puertas, no hemos parado un solo día. En unas horas dará inicio la 5ª Feria de Letras Iberoamericanas de Literatelia y la constante en mi cabeza es que de la cabeza del Manu siempre salen cosas buenas.