MARÍA

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Mamá María tuvo problemas para conciliar el sueño después de que murió el abuelo. Entonces era clienta frecuente de las tabletas para dormir, las flores de bach y las valerianas.

Su vida era una rutina cronometrada, a las seis de la mañana estaba con el desayuno en la cama; a las ocho, comenzaba su jornada laboral; como toda buena patrona inspeccionada cada una de las actividades que se realizaba en su hacienda.

Salía a darle de comer a las gallinas, a recorrer en su yegua Camelia sus tierras, alrededor de la una de la tarde hacía una parada en un frondoso árbol para tomar el almuerzo que le preparaba la servidumbre. Así sucesivamente hasta llegar a las ocho de la noche, hora de ponerse la piyama tomar sus infusiones e ir a dormir.

Pero ese día, desde a las tres, había suspendido sus actividades y se retiró a su alcoba porque de pronto entre los peones y el ganado que se había escapado y un pastizal que estaba seco se había encendido. De pronto sintió cansancio en cada uno de sus huesos, le faltó el aire y se desvaneció al momento de bajar de su yegua. Al parecer el almuerzo le había caído mal o alguna cosa extraña le subía por el cuerpo. El doctor llegó media hora después. Le recomendó reposo y bajar la intensidad a su jornada laboral a sus sesenta años ya no estaba para montar yeguas ni inspeccionar cosechas. Pero ella era fuerte, resistente y feliz mientras las valerianas tuvieran efecto positivo.

El médico le extendió la receta al capataz y lo mandó al pueblo a comprar  los medicamentos en la botica.

El capataz no tardó en realizar el mandado, entonces el ama de llave Justina tomó la hora e hizo que ingiera las tabletas. A Mamá María se le aletargó el cuerpo y las piernas no le respondían. Sintió sueño y el  capataz le suspendió las actividades de la tarde. Se respiró silencio por el resto de la tarde.

Esa noche la dosis no fue suficiente para mantener sedada a Mamá María, de pronto, sintió frío, se levantó a arroparse, buscó sus tabletas para dormir su dosis diaria. No tenía necesidad de prender la luz pues iluminaba la habitación perfectamente, caminó despacio a su mesa de noche, buscó las tabletas, tomó el vaso de cristal que resbaló de su mano al escuchar un ruido estridente que al parecer provenía del patio. Buscó su escopeta que regularmente estaba detrás de la puerta. No encontró nada, dio un golpe con su pie en el piso, se puso sus botas, salió a hurtadillas de su recámara sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

La vista la tenía borrosa, pero su casa la conocía en cada palmo y esos ruidos se escuchaban como de una ceremonia satánica. Arrastró sus pies por las escaleras, andaba a hurtadillas. Se detuvo ante una maceta donde tenía una hoja elegante, el tamaño de la planta y la penumbra la cubrían.

Entre su visión nublada el estruendo y su imaginación crearon una escena de película de terror: observó antorchas encendidas, hombres y mujeres semidesnudos, pintados de manera extraña, sintió como le corrió el sudor, se estremeció su cuerpo, cuatro hombres con túnicas negras y cadenas en los pies cargaban al hombro a una muchacha no mayor a quince años, estaba atada; se resistía cuando la colocaron en una mesa al centro, con una daga de doble filo le sacó el corazón un encapuchado vestido de blanco. Mamá María quiso gritar y no pudo, con trabajo volvió sobre sus pasos y se resguardo en su habitación y cerró con doble llave.

Tuvo miedo por la escena que habían presenciado. Sintió ese miedo de niño como cuando se te aparecen criaturas espeluznantes bajo la cama. Se metió con dificultad a las cobijas, tomó  sus tobillos con todas sus fuerzas. Fue esa noche una niña desprotegida. Lloró hasta que se quedó dormida.

Al otro día amaneció con un ojo lloroso y jaqueca. Se levantó tarde, no cabalgó en su yegua y no fue a inspeccionar la jornada.

Buscó en el patio central algún indicio de la escena nocturna. No encontró nada, ni rastro de sangre, ni tambores ocultos.

El capataz la observaba a lo lejos; la veía asustada y retraída. Dibujo una sonrisa de triunfo. El plan estaba en marcha. Le urgía volver loca a la abuela para encontrar los centenarios que el abuelo había dejado.