María Antonieta

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María Antonieta llegué tarde, con la bolsa atiborrada de certezas, harta del tráfico y de cuentas por pagar.

 

Además, el niño lleva muchas noches lloré y lloré. Le hablo y le hablo, pero no entiendo sus balbuceos. Y llora y llora y me enloquece.

 

He seguido tus consejos de cantarle, de hablarle, entibiar su leche, sobar sus pies con fresca pie. Bañarlo con agua tibiecita. Pero al parecer está instalado en alterar mis noches.

 

Ya no puedo dormir, de pronto cierro los ojos y aparecen las cuentas, las presiones del día, que batallo para recoger al niño de la guardería; adicional, falta mucho para la quincena y la tarjeta de crédito está al tope.

 

En la alacena falta azúcar, café y pan ni se diga. Y la bolsa de pañales está por acabarse.

 

Tenías razón María Antonieta. No sirvo para esto de cambiar pañales y preparar biberones. Ni para las jornadas maratónicas ni para el amor ¡Caray! ¡Los niños salen tan caros! Y la vida ni se diga.

 

Estoy segura que me lo dijiste muchas veces, ahora eres un disco empolvado que no quise escuchar.

 

Yo no sirvo para la maternidad, ni para el matrimonio. Es cierto.

 

Anoche, el cansancio me dominó y olvidé al niño en la bañera. Tuviste que venir a sacarlo muy temprano todo mojado y tieso.

 

María Antonieta. ¿Dónde estabas anoche? ¿Dónde?