MEMORIAS DEL “GORDO” IGLESIAS

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[email protected]; Facebook: Rodrigo Sánchez;
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Nací un miércoles mientras los dioses, asustados, se metían bajo la
cama, se declaraban en vacaciones y tuve el trabajo de declararme un
“pequeño dios”. Antes de saber hablar como todos fui creando mi mundo
de sonidos, y cuando digo crear un mundo lo digo con toda la conciencia:
ni antes ni después nadie produjo esos sonidos, es posible que alguien
haya expelido algunos muy semejantes, nunca iguales (Roberto
Fernández Iglesias, “Autobiografía” en Recits, GEM, Toluca, 1973).

Conocí al “Gordo” Roberto Fernández Iglesias cuando yo era muy niño, al
iniciar los 80. Me parecía una inmensa mole que siempre caminaba y se
contoneaba con algún libro, morral o periódico bajo el brazo, con su imagen y
atuendo particular: gesto adusto, vozarrón, gorra de beisbolista, barba medio
tupida y cana, gran pantalón de mezclilla, playera sin cuello, tenis Converse
juveniles.
Ya luego me enteré que la mayoría le decía el “Gordo” Iglesias y que se trataba
de un personaje sobresaliente en Toluca, escritor para más señas, aunque con
un acento raro, como que no era de por estos lares.
Canciones retorcidas (INCUDE, Panamá, 1973) es el título de un libro que por
muchos años tuve en mente pero no recordaba bien de qué trataba ni quién lo
había escrito (“¿serán las letras de un cantante loco?, ¿serán canciones de
protesta?”). Ya entrando a la juventud, en la biblioteca de la casa me volví a
topar con este libro: ni más ni menos que era un libro de poemas del “Gordo”.
Por la contraportada supe que no siempre tuvo barba.

La educación fue carcomiendo ese mundo y aprendí a usar las palabras,
primero con mucha dificultad, luego vi que con ellas lograba las cosas
hasta creer dominarlas. No me satisfacía en absoluto ese lograr cosas y
gustos, si para ello tenía que ceder mi capacidad de dios sustituto de los
vacantes. Entonces sucedió el acontecimiento más importantes de mi
vida: descubrí que las palabras sirven para crear mundos más exactos,
completos y, sobre todo, comunicables; descubrí que con el significado
tangencial de las palabras podría lograr nuevos y nunca visitados mundos
(“Autobiografía”…).

Por mi padre, el “Profesor Mosquito”, también conocí al “Gordo”, ese señor
grandote que lideraba uno de los grupos culturales más importantes de Toluca:

tunAstral, al que hacía mucho tiempo, cuando todos sus integrantes eran muy
jóvenes, mi padre les había dado una conferencia: Uso y abuso del vocabulario
prohibido (1967). El mismo grupo que todos los lunes por la noche llevaba a
cabo tertulias culturales en el restaurante “Biarritz” del portal de la calle 5 de
febrero. Además, mi hermano Alfonso era muy amigo de todos los tunAstrales
y seguido se juntaba con ellos; con él también conocí al “Gordo”.

Aprendía y aprendía cuanto los libros proporcionaban, encontré que
amontonar ladrillos –palabras– no era más que otro instrumento para el
pequeño dios que soy. Ahora, situado aquí, voy intentando liberarme de la
esclavitud en que me tienen las palabras; intento liberarme de la vagancia
de los dioses… (“Autobiografía”…).

En los 90, siendo estudiante de la Universidad me topaba con el “Gordo”
Iglesias cuando él era profesor de la Facultad de Humanidades. Ya me
reconocía bien: “es Rodrigo, el hijo del Profesor Mosquito”.
Más adelante, al iniciar el siglo XXI, tuve oportunidad de conocer más de cerca
el trabajo de la contraparte del “Gordo”: Margarita Monroy, la parte femenina de
tunAstral e incansable promotora de la lectura, con un método que ella misma
había creado y que enseñaba a estudiantes de diferentes niveles.
Por cierto, siempre me pareció que el título En tiempo de recuerdo
(CONACULTA-FONCA, 2000, Toluca), es nombre muy bonito para un libro
cualquiera, más para uno de poesía.

Un día quiso hacer
una serie de poemas
que hablaran de flores
y árboles y lluvias y lugares
lejanos o familiares
llamándolos por su nombre
y de personas sencillas
o simples si era posible
Al empezar a escribirlos
fue enterándose
No conocía
más que dos o tres flores
unos cuántos árboles
y los ríos y mares
se alejaban y nunca
había sentido la lluvia
y los lugares no dictaban versos
y las personas sobraban

en las palabras
(Canciones retorcidas…)

En los últimos años, cuando lo encontraba en las calles, en ferias del libro o en
algún evento, casi siempre al lado de Margarita, siempre me saludaba y me
daba un ejemplar de Cambiavía. Tengo varios ejemplares de este suplemento
cultural que editaba el “Gordo”, así que no fueron pocas las veces que me lo
topé. Por ese tiempo también coincidí con uno de sus hijos en la Facultad de
Ciencias Políticas y Sociales, el famosísimo Daniel Monroy.
En los últimos años siempre saludé al “Gordo” sentado en su silla. La edad
comenzó a hacer estragos en su salud, aunque no en su ánimo, pues siempre
mantuvo ese espíritu fuerte y combativo que lo hizo ser ave de tempestades.
Uno de sus libros, Furiosa sustancia (GEM, Toluca, 2010), resume ese espíritu.
La última vez que pude saludarlo fue en el homenaje que le rindió la Feria
Internacional del Libro del Estado de México (FILEM), los primeros días de
octubre del año pasado, un homenaje muy emotivo con la presencia de
muchos de sus amigos que tuvieron la fortuna de reconocer su trayectoria.


Nos creó
pero nacía con nosotros
y
así
va
a
morir

si es que

muere

(Celebrar la palabra, GEM, Toluca, 1984)

Podías admirarlo o no estar de acuerdo con sus maneras y opiniones, pero el
“Gordo” nunca te dejaba indiferente. Lo que digo es muy poco y existen voces
más autorizadas que la mía para hablar sobre él. Ellas y ellos saben quiénes
son y le deben estudio crítico de su obra, así como una buena biografía.
Lo cierto es que este “Gordo”, uno de los más importantes escritores
toluqueños (sé perfectamente bien que nació en Panamá, pero ¿y qué?, eso
no le quita lo toluqueño), hace mucho tiempo vino a convulsionar y recrear la
anquilosada escena cultural de nuestra capital y ya nadie le puede regatear el
mérito de ser uno de los más grandes personajes que ha visto pasar Toluca.