Música genera una historia plástica. En memoria de Ennio Morricone

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Hace unos días se nos adelantó Ennio Morricone, considerado como uno de los compositores más grandes en la historia de la música cinematográfica. Hasta hace unas semanas era uno de los compositores cinematográficos en activo con trayectoria más larga y exitosa. A finales de los años cincuenta comenzó su aventura. Escribió cerca de seiscientas bandas sonoras, lo que supone una capacidad de trabajo impresionante. Fue siempre constante en el cine italiano, también colaboró en diversas producciones estadounidenses y francesas, entre otras.

 

Abarcó casi todos los géneros desde el thriller, en Frenético y Los intocables de Elliot Ness; hasta el western, con El bueno, el malo y el feo y La muerte tenía un precio. No olvidó pasar por el bélico en extraordinarios filmes como De las Ardenas al infierno, y la inolvidable La batalla de Argel; el histórico en Giotto y La misión o el cine de aventuras en El desierto de los tártaros y El secreto del Sahara. Pero, realmente, el grueso de su producción está dedicado al drama: Lolita, Sacco y Vanzetti, Cinema Paradiso, Malena, Átame, Bugsy

 

Con Ennio Morricone nos hayamos frente al verdadero paradigma del compositor de cine como autor, además de frente al paradigma del músico eminentemente moderno, posmoderno incluso, antes de tiempo y de que la etiqueta alcanzara notoriedad teórica, nudo gordiano de síntesis entre la asimilación de la tradición, el desarrollo y proyección de la música de cine hacia territorios de fértil y creativa liberación de los estereotipos creados por el Hollywood clásico en un apasionante recorrido por la producción cinematográfica de autor nacida de los nuevos cines de Pasolini, Bertolucci, Cavani, Petri, Bellocchio, Taviani; el cine popular europeo de Leone, Montaldo, Verneuil, Molinaro, Faenza, Tornatore; las producciones estadounidenses con pedigrí de autor como Malick, DePalma, Joffe, Nichols, Beatty, Levinson, Stone e incluso de los géneros menores como el soft-porno o el Giallo de Mario Bava o Dario Argento, que van a recorrer los últimos cuarenta años de la historia del cine.

 

Vale la pena, en homenaje, detenerse brevemente en la sigificación de la música en la creación del Cine. Hay que señalar que con la aparición del sonoro, se provoca la consagración de la música como elemento esencial en el discurso visual. La competencia de los compositores y las cada vez mayores posibilidades técnicas de esta industria han dado origen a una rama particular y propia dentro de la historia de la música. Se ha generalizado el uso de la orquesta como vehículo habitual e idóneo, por la diversidad y riqueza de sus timbres, para la inmensidad de matices que la imagen requiere en cada momento.

 

Tan es así que se genera un lenguaje específico cuyo elemento base desciende del leitmotiv wagneriano, aunque solamente aparezca en fase de exposición. Sin embargo, se han mezclado sin traumas, músicas de todo tipo de procedencias: populares, étnicas, modernas… rompiendo los límites que, fuera de la pantalla, el espectador no acepta con facilidad. Por lo ya expuesto hablar de música de cine no significa un estilo, sino un formato nuevo para posibilidades musicales nuevas.

La creación de cine se ha convertido en una complicada y amplia cadena de  largo proceso. Por su naturaleza, la labor del músico de cine, generalmente un compositor, se coloca al final de esa larga cadena, cuando ya la película ha sido rodada y montada. Esto colocaría al compositor frente a una cómoda posición si no fuera por los problemas de la producción, pero no podemos dejar de valorar la genialidad de muchos compositores, que saben salir al paso de situaciones complicadas con mucho más que la simple maestría; y por otro lado, no siempre la realización cinematográfica deja en tan malas condiciones al compositor. En muchos casos, la música forma parte del proyecto desde el principio, de tal manera que se nutre ésta con los matices de la realización y viceversa.

 

Durante La era de Oro de Hollywood, que ocurrió entre 1930 y1950, cada estudio contaba con un departamento de música, en el cual trabajaban compositores, orquestadores, cantautores, pianistas de ensayo, directores musicales, músicos de orquesta, coreógrafos, copistas, editores y ejecutivos musicales. Inicia un nuevo período para ella dentro del cine. La afluencia de compositores Europeos a Hollywood, cuya formación era, en su mayoría, de conservatorio, marcaría el estilo que tomaría para las películas en aquella época. Estos compositores estaban fuertemente influidos por la música de Wagner, Brahms, Mahler, Verdi, Puccini y Strauss, por lo que provocó una tendencia hacia lo operático y sinfónico.

 

La unión de música y drama adquirió mayor importancia, pues los compositores tomaron elementos de la ópera que apoyaban los hechos dramáticos y aumentaban la emoción de las películas. Sin embargo, unos años más tarde, cuando iniciaba Ennio Morricone, los nuevos compositores buscaban con sus partituras la exploración de un sonido renovado, fuera de la figura orquestal y que de igual forma tuviera sentido dramático. Libres ahora de los estudios de producción, sus composiciones eran cada vez más experimentales, llegando a fusionar diferentes géneros, formas y estilos entre los que se resalta la música popular, el Jazz, el Rock, el lenguaje  contemporáneo de la primera mitad siglo XX y la música sinfónica. De estas casi dos décadas de transformación, es que figuras como Bernard Herrmann, Elmer Bernstein, Jerry Goldsmith, Henry Mancini, Nino Rota y Ennio Morricone adquieren su más que merecido lugar dentro de la historia de la música para cine, por sus excelentes aportes en la composición de una que funcione cinematográficamente, pero que de igual forma, ésta pueda salir de una pantalla para convertirse en la atracción principal de una sala de concierto.

 

Destaca que la paleta estilística de Ennio Morricone fue muy variada, por ejemplo, sus tratamientos melódicos y armónicos de los argumentos en situaciones de cine. Fue capaz de generar con la música ambientaciones complejas y exactas que suponen un importante beneficio para las películas que cuentan con su banda sonora. Su música es muy italiana, emotiva y cercana, evidenciando con una impresionante exactitud las emociones y sensaciones de los personajes. Una de sus genialidades es que siempre aporta cosas que no vemos en la película, su intención era original y personal, lo que supone un enriquecimiento añadido para las cintas que tienen la suerte de contar con su banda sonora.

 

Por otra parte vale la pena señalar que en su concepto estilístico quedaban en segundo lugar las funcionalidades descriptivas o rítmicas, y su sincronía solía ser ligera o inexistente. Se destacaba de forma excepcional en la generación de ambientes destacando su contribución al western: cuando dominaban las bandas sonoras sinfónicas y nacionalistas estadounidenses en este género, en los años sesenta, él supo crear un mundo sonoro totalmente nuevo que reflejaba con gran exactitud y belleza el que vemos en la pantalla: duro, emotivo, solemne, heroico, dulce, divertido… lo hizo posible todo ello logrado con una mezcla de texturas y timbres inéditos en el cine hasta ese momento.

 

Sin duda Morricone fue pilar en el cine de Sergio Leone lo cual le da una cierta personalidad musical con la que logra un importante avance estético en lo referente a sus bandas sonoras, desde el novedoso y atractivo concepto inicial fue desplazándose hacia un estilo cada vez más moderno y atemporal, de cierta concomitancia pop. Así es que si el director de fotografía Vittorio Storaro se ha convertido, gracias a sus colaboraciones junto a Bernardo Bertolucci o Francis Ford Coppola y a sus numerosos y prestigiosos premios internacionales, en el mejor representante mundial de pintores de la luz dentro de la historia del arte visual italiano, hay que destacar el relevante el lugar de prestigioso privilegio que ocupa el compositor Ennio Morricone (Roma, 1928-2020) dentro de la cultura oficial y popular de la Italia de la segunda mitad del siglo XX, especialmente desde que, a comienzos de los años sesenta, cuando casi arrancaba su carrera profesional en el cine, se encontrara con el gran director Sergio Leone.

 

Sin olvidar su continuo trabajo autónomo para las salas de conciertos al margen de la gran pantalla y su estrecha relación con agrupaciones de vanguardia e instituciones oficiales de la música italiana contemporánea. Así que también es uno de los iconos más importantes y reconocidos de la cultura italiana de los últimos cuarenta años. Por expresarlo en otras palabras, Morricone es, posiblemente, el primer gran exponente de la teoría del autor dentro de la música cinematográfica europea, cuyo nombre se eleva incluso en importancia por encima de los títulos y los directores para los que trabajó, como lo muestra entre otros, Quentin Tarantino, cuyo cine se erige en el auténtico paradigma que define hoy la posmodernidad dentro de la historia del cine.

 

Pocos compositores de la historia del cine han alcanzado un grado de popularidad y fama tan elevado como el conseguido por Ennio Morricone, quien además ni siquiera ha necesitado un Oscar de Hollywood para ello, aun cuando ganó dos estatuillas.