EL RINCÓN DE DAVID

 

David Martín del Campo

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¿Y LA ROSA?

martes, 14 de febrero de 2017
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No se habla de otra cosa. Trump y el muro. Se quejaría Emilio Carballido, ¿y de la rosa? ¿Quién habla hoy de las rosas?

El tema se reduce a tres adjetivos hermanables. Lo que ocurre, diría Perogrullo, “es que allá son diferentes, distintos, desiguales a nosotros”.

De ahí que los Estados Unidos se hayan convertido en un polo de irresistible atracción migratoria.

Ya no es el mítico oro de las travesías colombinas, sino el vulgar dólar que preside George Washington, predecesor, por cierto, de míster Trump.

Diferentes, sí, porque el mestizaje de allá no fue como el nuestro, es más; casi no lo hubo.

Llegaron familias de peregrinos a colonizar esos territorios casi vírgenes, y cuando estorbaban los nativos (mohicanos o comanches), rifle y persecución.

Distintos porque allá no son católicos ni hablan español, casi.

Son “anglos” (cualquier cosa que ello pueda significar) y no le rezan a la Virgen de Guadalupe.

Desiguales porque Estados Unidos fue una nación que prosperó a partir del trabajo esclavizado.

En México se abolió la esclavitud con la Independencia, allá tardó el asunto medio siglo más, y de algún modo ha persistido esa condición de trabajar a lo supeditado, malpagado e irregular.

Ese nicho laboral, el de los oficios más ingratos y denigrantes, lo ocupan los “ilegales”.

Esto, por cierto, no es ninguna novedad.

Hablemos ahora del manido muro. Los bancos tienen muros, lo mismo que los conventos, los cuarteles, los castillos y los baluartes.

Los muros se construyen para evitar el asalto del enemigo (o el pecado, en el caso conventual).

Barreras, cercas, bardas, rejas, celosías, mamparos que evitan el asalto del malhechor.

Ya lo decía Jean Paul Sartre, “el infierno son los demás”, porque el otro, el distinto, es a quien debemos rechazar.

Si el “otro” invade nuestra casa se llevará nuestros caudales, nos quitará el sustento, abusará de nuestras mujeres, dormirá en nuestra cama y se almorzará el desayuno, como en el cuento de Ricitos de Oro cuando los ositos retornaron al hogar.

La historia ha sido la elevación de uno y otro muro, y después la devastación del mismo.

La línea Maginot en la Francia de 1939; la Gran Muralla China erigida para detener las hordas mongólicas; el Muro de Berlín para evitar la fuga de los ciudadanos orientales que buscaban abandonar los beneficios del sistema prosoviético; el muy efectivo Muro de Cisjordania, cuyos 700 kilómetros separan a Palestinos de los asentamientos judíos en el oriente de Israel.

La cuestión clave, entonces, se reduce a la pregunta: ¿migrar o no migrar? Cuando se abandona el terruño (además de la dosis natural de aventura), es porque la vida ha llegado a niveles insufribles.

Se migra para mejorar, para tener libertad, trabajo, mejores condiciones de vida. En el Génesis está el mandato de Jehová: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”.

Pero sin visa, hoy, eso es más que imposible.

Migrar o no migrar, decíamos, porque eso ha sido la historia misma de la humanidad.

Los neanderthales que dejaron África para llegar a las mesetas centroeuropeas (y luego los cromañones), los cazadores primigenios que alcanzaron América por el estrecho de Bering, los europeos que en el siglo XVII zarparon por cientos de miles “para hacer la América”, los chilangos apoderándose de Querétaro tras el terremoto de 1985, los millones de turcos en Alemania, los italianos en Argentina, los cubanos en Miami, los “mayitas” en Cancún, la séptima tribu de Aztlán que llegó al gran lago para fundar Tenochtitlan.

Trump y el muro. No se habla de otra cosa en estos tiempos de cerrazón, que no otra cosa es el manido fenómeno.

Pretender la obstaculización de las corrientes migratorias, visto de ese modo, es un esfuerzo que a la larga será asimilado por la historia... aunque eso no nos quita el Jesús de la boca.

Mi abuelo migró de los Altos de Jalisco, en 1916 para salvar la vida. Mis tatarabuelos maternos llegaron de Aragón en el siglo XVIII.

Yo sólo migro con la lectura, donde a ratos me encuentro con alguna rosa. Y su perfume, del que deberíamos hablar sin tanto rollo ni corrección política.

 

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