Visión y Expresión

 

 Virginia García Arriaga

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¿Cómo podemos vivir juntos siendo diferentes? primera parte

martes, 25 de abril de 2017
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vivamos juntos con nuestras diferencias, algo propio de un pasado lejano, pero yo no lo creo.

En la época moderna el único puente que se puede establecer entre el mundo de la objetividad (la economía) y el mundo de la subjetividad, es decir, la cultura o la moral, sigue siendo la política.

Las ciencias sociales nacieron cuándo Maquiavelo afirmó: "Los asuntos políticos deben ser tratados en términos políticos y no en términos religiosos".

Lo religioso era a la vez objetivo y subjetivo: el mundo fue creado por la voluntad de Dios, pero por un Dios racional.

No obstante, esta unidad se rompió. De un lado, algunos escogieron la ciencia; fueron sobre todo los italianos.

Otros hablaron de la culpabilidad, de la falta, de la gracia; fueron por lo general los alemanes y los pueblos del norte de Europa.

No se podía continuar con esa separación y surgió la pregunta de cómo atravesar el río de un lado a otro.

Todo el mundo propuso la misma respuesta: por medio de la política o, mejor aún, por la ciudadanía.

Mas allá de nuestros roles privados, públicos, económicos, morales o culturales, existe el hecho de que pertenecemos a un mundo político.

Aún si las ideas políticas de ciudadanía no han sido siempre democráticas, éstas han sido durante mucho tiempo lo contrario del "democratismo" y siempre han llevado en sí mismas un propósito democrático.

Fueron Maquiavelo, Tomás Moro o Erasmo quienes, en primera instancia, definieron lo político.

Dos países, Francia y Estados Unidos, fueron inicialmente más lejos formando aquello de lo que todo el mundo hablaba, pero que no se expandía mucho.

El Estado-nación nos remite a la identificación del Estado con la nación, nos remite a la República en sentido estricto.

Esta experiencia fue seguida a continuación, como ocurrió con los países bolivarianos de América del Sur.

La tradición franco-estadounidense no es superior a la otra gran tradición, inglesa y en especial holandesa, que prefiere limitar los derechos políticos a favor de los derechos individuales.

En la Declaración de los Derechos del Hombre se encuentran tanto artículos inspirados del uno como del otro.

Este rasgo resume el primer periodo que hemos vivido. En el mejor de los casos, el acceso a la ciudadanía debía ser iniciado por la educación, aunque en su ausencia no sería muy difícil obtenerla.

En 1848 se crea la República francesa y tres meses más tarde, en junio de ese año, se dispara sobre los obreros que están en las barrio.

La democracia política se convierte en una democracia contra lo social y contra los obreros.

Los grandes republicanos franceses de finales del siglo XIX se opusieron a la Comuna de París y, de manera más general, fueron hostiles a los obreros.

En ese momento se plantea una pregunta extremadamente difícil de responder, que dominó un siglo de la historia de Francia: ¿se pueden reconocer derechos sociales que son diversos, fragmentados? Se reconocen derechos a los mineros, a los metalúrgicos, a las mujeres trabajadoras, etc. La primera ley social que reglamentó el trabajo nocturno fue votada a propósito del trabajo de los panaderos.

¿Cómo podría tomarse en cuenta esa diversidad de derechos sociales? La respuesta sería: tomando en cuenta un cierto universalismo.

Muchos han considerado que si los obreros trabajan cincuenta horas en condiciones insalubres, si los niños de ocho años pueden ser llevados a trabajar en minas de carbón, ¡ese universalismo se convierte en un mal chiste! Otros han afirmado: las libertades burguesas son engañosas, a diferencia de las libertades reales, las del mundo del trabajo.

Todo esto produjo el gran fenómeno comunista, del cual la historia reciente nos da muestras que hoy está agotado.

Ese proceso se desarrolló en los países que habían reconocido el papel político del sindicalismo.

Esa es la definición de la Sodaldemocracia: el sindicalismo posee una expresión política, "posee" un partido político, como fue el caso hasta hace poco en Gran Bretaña y como es el caso aún en Succia.

Las cosas son muy difíciles de resolver, pero por lo menos en esta parte del mundo hemos tomado la costumbre de reconocer que existen derechos de los trabajadores y que estos emanan de un principio general, que no es de la misma naturaleza que el de la democracia política.

Esto entraña un problema de igualdad, pero acá el problema en el que hemos vivido por más de un siglo, y sobre el cual muchos conti-núan reflexionando, es el tema de la justicia.

¿Qué es justo y qué es injusto? ¿Qué es un salario justo? ¿Cómo discutir una convención colectiva y cómo se forma una ley social? En siglo estamos muy apegados a nuestros derechos cívicos y sociales, pero estos han retrocedido brutalmente desde hace más de veinte años, tanto como la capacidad de negociación y la parte del ingreso nacional que se destina a los trabajadores.Tenemos derechos civiles, derechos politicos y, ahora, decimos que queremos también derechos culturales.

Los derechos culturales significan el derecho de actuar según características de nuestro ser (el sexo), de nuestras convicciones, de nuestro origen, etc. La gran dificultad es que todo parece atomizarse.

Cada uno en su propio rincón puede respetar una norma particular. Una mujer lesbiana, sadomasoquista, negra, tiene el derecho de organizarse a su manera.

Pero lo que "hace sociedad" está en riesgo de desaparecer a causa de un verdadero fraccionamiento de lo social.

No se sabe cómo va a combinarse este número casi infinito de identidades con la ciudadanía.

Al mismo tiempo, otros afirman que todo esto implica la muerte de la República.

Estos dicen: "Detengamos todo, volvamos a la unidad nacional", lo que, de otra parte, somos totalmente incapaces de hacer dado que la televisión, los conocimientos científicos, etc., están ampliamente globalizados.

 

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